Consejos de Antonio Andaluz

Ramón Rocha Monroy

junio 5, 2007Publicado el: 4 min. + -
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Llamarse Antonio Andaluz es una ventaja de nacimiento: suena a marquesina iluminada por candilejas. No es el único privilegio de este escritor peruano radicado en Santa Cruz, pues, al parecer, tuvo una madre maravillosa cuyo recuerdo ha plasmado en su novela "Balada para una Varona" (Editorial El País, Santa Cruz, 2007), un éxito de la Feria del Libro.

La ilustra Varona enseña a sus hijos lo que Antonio Andaluz llama "filosofía mamá": esa sucesión de astucias para sobrevivir que las mujeres despliegan para perpetuar la especie.

La prosa robusta y barroca de Antonio Andaluz es un interminable juego de palabras y giros criollos que inscriben el libro entre las mejores páginas de la picaresca universal. Este Andaluz exultante de frases felices pertenece a una de las provincias más ricas del castellano: el que se practica en el Perú (quizá mejor decir en Lima), tan elusivo y gracioso. Este servidor ha cultivado un cariño entrañable por el país hermano, cuya geografía humana es un cocido prodigioso de razas y culturas que jamás acaban de desconcertarnos con ese mestizaje tan variopinto, polifónico, pluripícaro, polisémico y tutti fruti. De esa olla tibia y acogedora saca Antonio Andaluz tremendos recursos estilísticos que le sirven para contar una biografía entrañable y, al mismo tiempo, rescatar una filosofía de vida de ese bazar de olvidos que es nuestra memoria. Y todo al calor de un lema para romper todo protocolo: "Y al que está con pena, consuelo, pero al que se pone solemne, palo."

El protagonista vive en un cafetal gobernado por su santa madre; un rayo cae y destroza el nogal centenario; por las noches brotan del lugar fuegos fatuos, y la familia encuentra allí un tesoro. Lo que sucede después es una lección de vida, pero mayor lección es la memoria de esos años de duelos y quebrantos: "Desde luego, en la casa habían máquinas desgranadoras de maíz –cuenta el narrador--. No sólo eso, las desgranadoras de maíz que habían en la casa eran máquinas por demás sofisticadas, pues se desplazaban solas y tenían dos brazos que, en contrapunto o mano a mano de robótica, terminaban en un total de diez apéndices perfectamente articulados y con una admirable capacidad de sincronizar sus movimientos en torno a la mazorca sostenida corporativamente. Tales apéndices eran conocidos como dedos. (…) Las máquinas salían con desperfectos mecánicos denominados ampollas… defecto de fábrica que era largamente compensado con su habilidad para repararse por sí mismas".

"Comer lo que cultivaste y cosechaste, llena doblemente llena el cuerpo y te llena el alma. En la mesa servida con las ofrendas de la tierra que labraste, los comensales comulgan. Y ese es el postre que se disfruta desde la entrada. Una cosa cada vez más rara, y que extraño hasta desesperadamente, es que se coma con respeto a la comida. Feliz el que todavía toma la leche amando a la vaca del pesebre y el que aún come huevos y plátanos fritos con gratitud a la gallina y al platanal. (…) Para el sancochado de pecho de res que hacía papá, ese domingo salía de la huerta de mamá la col y el nabo, sin los cuales nunca podrá haber un acabado sancochado de res. Para el puchero de gallina, desde luego que, de puente entre la olla y el plato, esa noche de ahí salía el perejil y el culantro, como que del gallinero de mamá había salido la gallina. Pero el caso es que también de la huerta de mamá salían esas finísimas cebolletas arrancadas a última hora para ser picadas y esparcidas sobre el plato ya servido y humeante: verdura sin la cual un criollo puchero de gallina, nunca llegará a ser un acabado puchero de gallina criolla."

¿No es un encanto?

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