Escribí esta nota luego de compartir una mesa donde brillaban, como estrellas de la cocina criolla, un plato de ranga, otro de habas pejtu y otro de ají de patas. La constelación era enormísima como la Vía Láctea, pues en otras mesas refulgían astros solitarios, planetas, satélites y asteroides de la más variada especie, como platillos de fricasé, chorizo criollo, mondongo, y, por supuesto, meteoritos de llajua.

Almorcé en La Barca, que ahora es una usina del sabor criollo en el barrio de Siete Calles, en el corazón de Santa Cruz de la Sierra. El dueño me vio saboreando un extraordinario chaqe de trigo y me dijo: “Si los paisanos te vieran comiendo chaqe en Santa Cruz, no sé qué dirían.” En efecto, parece absurdo desplazarse casi 400 kilómetros al sur para buscar la misma comida que encontramos en la llajta, pero la culpa es de La Barca, pues no en vano más de mil comensales se disputan un lugar para disfrutar de su excelente almuerzo.

Hasta ahora no aclaré que el dueño es Jorge Caero Soto, mi amigo de la infancia, criado como yo en la brava Villa Galindo. Hace muchos, muchos años que emigró a Santa Cruz, como cientos de miles de cochabambinos, y ahora habla cortadito, ama a Santa Cruz, mantiene dos columnas en el semanario Número Uno, que son muy leídas, y se lo puede ver a diario al timón de La Barca, mientras su valerosa señora dirige el regimiento de cocineras que ofrecen, además de la sopa, siete suculentos segundos, y muchos otros manjares a la carta.

La Barca tiene linaje. Inició su travesía hace por lo menos 40 años, en una pequeña casa de Las Siete Calles. Andando el tiempo, los fundadores admitieron al Chino Caero como hijo político y llegado el momento descansaron luego de una larga vida laboriosa, cediendo el turno al joven matrimonio.

Ahora La Barca tiene un edificio de tres pisos en el corazón de ese populoso barrio y ha generado la Quinta La Barca, ubicada en la zona del Campo Ferial, frente al Hotel Bouganvillias. Esta Quinta se abre sólo sábados y domingos, pero recibe una multitud de comensales que degustan allá todas las delicias juntas de la cocina cochabambina. El álbum de fotos de mi amigo Caero está llena de notables: desde Xavier Azkargorta y todo el Seleccionado boliviano que fue al Mundial, hasta Laura León en la cúspide de su carrera, pasando por artistas, políticos, reinas de belleza y turistas de todo el mundo.

El Chino Caero fue hombre emprendedor desde muy joven. No tendría catorce años y ya hacía trámites y negocios en Cochabamba. Era todavía menor de edad pero ya se compró un bello automóvil modelo 38 al cual bautizó con el melodioso nombre de Chiki Chiki Bang Bang. Gracias a ese coche y a una vieja cámara fotográfica, el Chino conserva un envidiable álbum de fotos de los muchachos del barrio, algunos de los cuales ya han muerto, en tanto que otros ya iniciamos nuestra tercera dentición.

A mi amigo Jorge Caero Soto, piloto mayor de La Barca, a su señora y a sus hijos, este recuerdo de su carnal Ojo de Vidrio.