Encomio de Juan José Arreola

Ramón Rocha Monroy

mayo 16, 2007Publicado el: 3 min. + -

Cochabamba era casi una aldea y la única referencia para mi pasión más temprana era la Librería Los Amigos del Libro. Allí me esperaban Rolito Mayorga, Don Juan y el Cura, tres personajes inolvidables. Ellos me permitían entrar al fondo, a los depósitos, donde, debo confesar, alguna vez me robé unos libros, en particular una autobiografía del muralista mexicano David Alfaro Sequeiros, que titula "Me llamaban el Coronelazo". !Y que Werner me perdone! Entonces me topé con un libro misterioso que me cautivó por el título: "Confabulario".

Con la mayor modestia, me precio de haber descubierto a su autor, Juan José Arreola, al menos para Cochabamba. Leí El Guardagujas; leí su Bestiario; leí el prólogo de ese libro maravilloso y sentí que me daba de narices contra la palabra, con la palabra cincelada a la altura de la joyería: "Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande, un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años; pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le llamamos Zapotlán": todavía me acuerdo de memoria.

Arreola, el amo de la palabra, vivió sus últimos días en Guadalajara, soportando una hidrocefalia que le impedía hablar o moverse y sólo le permitía ver y sentir. Cuando fui por primera vez a México en 1980, me encontré con la revista El Cuento, que editaba un trío memorable: Edmundo Valadés, Juan Rulfo y Juan José Arreola. (¡!). Diez años después vi en oferta una colección completa de esa revista maravillosa y todavía me arrepiento de no haberla comprado. Es que era increíble: puros cuentos, de todas las latitudes, muchos de ellos reproducidos en los suplementos que hice a lo largo de mi carrera de periodista.

Arreola era hombre de gran imaginación. Un amigo suyo, nada menos que don José Luis Martínez, gloria de las letras mexicanas, hace memoria: "Recuerdo que él inventó una religión, la Babucha, cuyo icono era un pedazo de madera, que figuraba una sandalia. Simulábamos sacrificios humanos como el de los aztecas y hacíamos ritos a esa deidad. Y acabó toda la escuela dominada por esas celebraciones de la religión de los babuchos. Nos reuníamos a la hora del recreo en un corral de la misma escuela. Era un pesebre abandonado donde simulábamos nuestros sacrificios y encerrábamos a nuestros rehenes que íbamos a sacrificar. Los padres de familia fueron a quejarse porque sus niños estaban perturbados por eso. Y nos prohibieron ese juego complicado. En su libro de memorias, Memoria y olvido, Juan José me atribuye una frase bonita: "Y la Babucha descenderá a los infiernos con su hoja de vergüenza y bochorno." pero Juan José no comía entonces, se la pasaba tomando vino y picando alguna cosa de la mesa, pero nunca se sentaba a comer un platillo completo. Tal vez porque se había puesto mal del estómago que nunca se recuperó. Pero se había arreglado la vida con el vino. Se emborrachaba continuamente."

Allá donde esté Arreola, ahora seguramente con Rolito Mayorga y con mi carnal Alfredo Medrano, le mando un saludo emocionado.

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