Encomio de José Watanabe

Ramón Rocha Monroy

abril 28, 2007Publicado el: 3 min. + -

Debo a la conjunción de un viaje y un compañero de viaje el descubrimiento de la obra de José Watanabe. Durante un vuelo, con su amabilidad seductora y habitual, Juan Claudio Lechín me leyó "El guardián del hielo", acaso su poema más emblemático. "El hielo es el símbolo de la fugacidad, de algo que se deshace inevitablemente. El poeta mira y aprende", explicó alguna vez Watanabe. Recuerdo que Juan Claudio se quedó dormido y entonces tomé el libro y copié algunos poemas en mi libreta de apuntes. Incluso jugué a encontrar un presagio en el verso que coincidiera con el aterrizaje. Ahora encuentro la noticia de que, en estos momentos, se está velando y hoy será enterrado en Lima.

No es bueno narrar un poema ajeno, pero quisiera explicar la tensión de arco que me produjo el ejercicio de contemplación de Watanabe frente a una Mantis Religiosa: lo examina en la arena, le sorprende que no escape, que no se mueva, y comprueba que sólo es el envoltorio de una Mantis. Entonces recuerda la lectura de una enciclopedia: cuando copula, la Mantis hembra introduce en la boca de su pareja un líquido que la disuelve por dentro, y la devora. Aquel macho que el poeta contempla murió devorado de amor. Hasta ahí el poema ya es admirable, pero Watanabe agrega un detalle: la enciclopedia olvidó consignar que en los labios del macho había grabada una palabra de gratitud.

La misma tensión sentí con el poema del cazador de ciervos que apunta a su víctima y genera un lazo magnético que los inmoviliza a ambos: nada más le pide que gire un tanto para perfilar el lado exacto de su corazón. ¡Jamás había leído metáfora más precisa de las artes de seducción!

Watanabe murió a los 61 años y hoy sábado, a las 10 a.m. se celebrará una misa de cuerpo presente en la Iglesia Medalla Milagrosa, del barrio de San Isidro. Treinta años atrás le creció un nenúfar en el pulmón y permaneció allí agazapado a la espera del zarpazo final, que se produjo la noche del miércoles pasado en el hospital de Neoplásicas.

Leo la prensa de Lima, que trae el aviso de la muerte de José Watanabe Varas y recuerdo el testimonio de Eduardo Mitre: me dijo que lee con devoción a Watanabe. Un poeta contemplativo y celebratorio no tiene pierde acercándose a la obra del finado autor de "Banderas detrás de la niebla". "Ésta es tu última noticia, cuerpo:/ una radiografía de tus pulmones, brumas / inquietantes, manchas de musgo sobre la nieve sucia", escribió en ese libro publicado el 2006.

"Miembro de la generación del setenta, José Watanabe nació en Laredo, Trujillo, en 1946. Su padre fue un campesino japonés y su madre una peruana de tierra adentro", dice el cronista. E informa que también fue guionista de "Maruja en los infiernos" y "La ciudad de los perros", películas basadas en las novelas de Enrique Congrains y Vargas Llosa, respectivamente. Entre múltiples guiones escribió asimismo "Antígona", para teatro, y hace sólo meses, tres volúmenes de poemas para niños.

Los amigos le decían El Gran Wata, y aunque lamentan su muerte, lo despiden seguros de que él "habitará entre nosotros", como escribió en uno de sus versos.

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