El calvario de vender libros

Ramón Rocha Monroy

abril 25, 2007Publicado el: 3 min. + -
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Libreros y autores, e incluso lectores de todos los tiempos coinciden en que no hay tarea más ardua que la de vender libros. Las librerías son negocios de baja rentabilidad, pero exigen mucho más que otros negocios: buen gusto, olfato y sensibilidad para tomar el pulso a los posibles compradores.

Una librería es un centro de cultura, pero nadie debe olvidar que también es una inversión que necesita utilidades, pues sin ellas no podrá ser sostenible. Las librerías no pueden ser temporales; el retorno de la inversión es lento y puede durar muchos años. En realidad, debe ser más difícil liquidar que abrir una librería.

Los libros son, como dice un autor mexicano, "las mercancías menos mercantiles"; entonces exigen vendedores que no sólo sean negociantes, sino, en gran medida, seductores, en un mundo que antepone cientos de miles de bienes de consumo a la compra de un libro.

Los autores solemos ubicarnos entre los grandes saboteadores de las librerías por ese afán romántico de regalar nuestros libros. Si Borges dijo que vender los libros propios es de guarangos, pues es más fino regalar. Pero si dejáramos de lado esa concepción romántica de creernos seres excepcionales tocados por el soplo del Espíritu Santo, y valoráramos la escritura como cualquier oficio, entonces aprenderíamos a cobrar por nuestros libros. ¿Se ha visto algún ebanista que regale las mesas que fabrica? Al contrario: las pondera por el material, por el acabado, por los tallados artísticos, y jamás olvida decir el precio. Podrá hacer una rebaja, pero no la regala jamás. En realidad, no hay oficio cuyo producto sea así nomás regalado, excepto los libros y, en general, las obras de arte. ¿Por qué? ¡Es inaudito!

Un librero sabe de antemano que su mercado es reducido. Incluso la calidad de los libros que adquiere están por lo general marcados por las preferencias rutinarias de los lectores. Abundan quienes piden esas grandes cagadas que escriben Cuauthémoc Sánchez, José Luis Benítez, Paulo Coelho o cualquier otro oficiante de la autoayuda o divulgador de filosofías orientales. Pero un librero de corazón tiene que exhibir también libros de Borges, de Ítalo Calvino, de Faulkner, de Joyce, de Virginia Wolf o Walter Pater aunque sólo sea para que se empolven. Júzguese el riesgo que corren los libreros de países con analfabetismo funcional alarmante.

Un inversor que quiera ganar dinero en un golpe de dados jamás se dedicará a vender libros. Hay un hálito de vocación espiritual en el alma de los libreros. Como dice el autor mexicano, "en el alma de todo buen librero habita, casi con seguridad, el espíritu de un lector."

Debemos a Gabriel Zaid un retrato ideal del librero, cuando dice que es aquél "que sabe provocar encuentros felices con una sabia mezcla de adivino, maestro y comerciante". Y advierte que "hay algo quijotesco en el empeño de sostener una librería en un país al que no le importan las librerías".

Escribo estas líneas en homenaje a los libreros, en el Día Internacional del Libro.

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