Para leer a Kafka

Ramón Rocha Monroy

abril 21, 2007Publicado el: 3 min. + -
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La última vez que volví a la lectura de Kafka escogí El Proceso en una primorosa edición de sus obras completas. ese lenguaje evasivo y conjetural y esos personajes y estancias de pesadilla me desvelaron a tal punto que había quedado dormido hasta las diez de la mañana, yo que usualmente digo que el diablo nunca duerme, para justificar mis insomnios.

Supe que eran las diez porque me despertaron con la noticia de que un señor desconocido me buscaba en la puerta. Era la fuerza pública. Corrí a la ventana y vi una camioneta con las ventanas veladas. "Están allí adentro y vienen armados", me informaron. ¿Qué habría hecho yo para merecer semejante visita?

Poco después entró sigilosamente el dueño del edificio y aclaró el quilombo: eran los publicanos que habían venido a clausurar mi domicilio por un pago de impuestos que no cumplí hacía una década.

Recordé que una semana antes los había visitado porque quería regularizar mi situación impositiva. La señorita que me atendió dijo que el registro anterior había sido borrado y que no encontraba ningún antecedente, de modo que podía llenar un formulario y en diez minutos tendría un nuevo padrón.

Me apresuré en llenarlo como si me hubieran conmutado una pena de muerte por un beneficio de libertad condicional. Precisé mi nueva dirección con pelos y señales y en 48 horas el portero del edificio donde vivo me entregó un sobre con el nuevo padrón.

Lo que no sospechaba es que había caído en la celada; más que eso, me dolía la fría actitud con que había sido atendido. Si al menos hubiera captado una mirada de odio, el ojo fijo en la mira del cazador avezado, la media sonrisa del detective, alguna frase irónica, alguna indirecta… No: me trataron con la fría impersonalidad de un cajero de banco. Pero el nuevo padrón había encendido el motor punitivo, y sus engranajes perfectamente aceitados giraban ahora por mí.

Por supuesto que no abrí, y apenas me vi solo corrí al baño y tomé el libro de Kafka con la aprensión que describo en el primer párrafo de estas memorias. Me dije: "Si dejo de leer El Proceso, quizá logre detener a los publicanos", y boté el libro detrás del ropero.

Aquella noche me dolía el inventario de mis pertenencias: todos objetos queridos, íntimos, sin valor comercial, y entre ellos, mis libros sobrevivientes de tantos y tan azarosos traslados. Cuántas cosas inútiles, excepto mis libros que me habían seguido como un ejército en retirada, después de perder la batalla final de una guerra absurda.

Volvieron encabezados por una joven abogada. Les argumenté que los instrumentos de trabajo no son embargables y, entre ellos, estaban mis libros y mi computadora, entre el 90 por ciento de mis bienes. Le pregunté a la joven abogada si iba a echar sobre sus espaldas este atentado y me respondió que, para ella, yo sólo era el ciudadano 777016. Y luego añadió: "Ah, me equivoqué, ni siquiera es el ciudadano 777016, porque le clausuramos el registro". Era tan guapa que no le dije lo que pensaba: "¡Qué eficiencia! ¿Para qué perder el tiempo con nombres y apellidos si uno puede clasificar a la ciudadanía con guarismos? Así no hay homónimos ni desigualdades: todos perfectamente anónimos. Ni rubios ni calvos ni bizcos ni cojos; ni poetas ni músicos ni ingenieros ni comerciantes. Ningún habitante: puros guarismos".

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