Columna con quimba

Ramón Rocha Monroy

marzo 29, 2007Publicado el: 3 min. + -
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Se me ocurre que estos terrenos pedregosos y áridos donde se nos concede arar unos renglones podrían ser más amenos si a la mitad o al remate incluyéramos una quimba o un aro.

En realidad, se me ocurrió ayer, cuando una columna casual remató con un hermoso verso de Jaime Saenz. Poco después, encontré inopinadamente ese volumen de Poemas de Adolfo Costa du Rels que traduce y prologa Eduardo Mitre (Ediciones Altiplano, La Paz, 1988). Son páginas tan reveladoras sobre la memoria del ser amado y perdido, y traducciones tan ceñidas al original en francés y, al mismo tiempo, tan llenas de vida propia, que no resistí la tentación de intentar la presente columna con quimba.

La cueca esta habla de esos fantasmas que nos obsesionan, aquéllos que el tiempo les importa un ardite y por eso no nos dejan en paz. Puede ser, como en el caso de Costa du Rels, el hijo perdido o, en tantos otros casos, el amor perdido, tema tan recurrente en la canción popular que precisamente un bolero se llama ídem.

¿Cómo vuelven esos fantasmas? Es evidente que frecuentan los sueños, en cuyo escenario se presentan tan vívidos que no quisiéramos despertar. Pero el poeta señala otro camino: el de la palabra que conjura, que cita a esos fantasmas como esa "arcilla con que vuelve a diseñar a su criatura", según la precisión de Eduardo Mitre. "Escribir es revivir en el doble sentido del término: rememorar y resucitar al objeto del deseo".

Rito melancólico, sin duda, el de resucitar fantasmas con veintiocho precarios caracteres. ¿Cómo revivir ese aroma de salmón y nuez moscada que desprendía su más profunda piel? ¿Cómo describir ese mohín tan gracioso o ese estertor sirio con el que iniciaba el goce de la pequeña muerte? ¿Cómo volver a oír el runrún de esa voz felina y desgarrada por el abuso de la vida?

No hay otra fórmula que intentarlo en la más espesa soledad, pues cualquier interferencia espanta a los fantasmas de la memoria. "La escritura, rito genésico, comporta el mismo régimen del duelo: la soledad, el rechazo de la diversión, el ensimismamiento melancólico, la preferencia por lo crepuscular y nocturno", vuelve a apuntar Mitre, y tiene razón: la escritura es una invocación, un velorio, una misa de nueve días o de cabo de mes.

"Poesía y fantasma, ambos hijos de la memoria, son una sola y misma cosa. Pero el fantasma y la poesía no son la obra sino la sombra de la obra", sugiere Mitre por última vez en esta cueca.

Dejo la lectura, pero mis ojos ávidos tropiezan con un nuevo reclamo: es el título de un diálogo de Gorgias, el sofista celebrado por Platón, que escribió una vindicación de la mujer de Menelao y le dio un nombre maravilloso: Encomio de Helena. No Elogio, como acostumbraba titular Borges, sino Encomio. Ojalá esta cueca mereciera llamarse Encomio de la memoria. De mi memoria brota un verso de Costa du Rels que quisiera me sirva de quimba:

Piadosamente yo debería haber dejado

Pasar al olvido esta trágica historia…

¿mas qué Dios se dignará arrancarnos

Del implacable infierno de la memoria?

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