Una mañana de enero nos encontramos con Carlos Mamani Condori a hablar de historia y de historias desde una ventana a la ciudad encantada que nos habita al pie del Tata Illimani. La conversación fluía sin piedras, empujada por las aguas frescas de la cebada, y yo le conté la historia de un chico argentino, que cuando tenía 13-14 años, gracias a su vecina de Tapiales –los monoblocks estilo soviético que se alzan a un costado de la autopista que une Buenos Aires con el aeropuerto de Ezeiza-, amiga de mi madre, conocí al cacique coya Eulogio Frites, entonces presidente de la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA).

Eran los años más duros de la dictadura militar que estaba asolando a la Argentina, aniquilando a toda una generación de jóvenes idealistas de las ciudades. Eulogio había nacido en el otro extremo: la puna, pastoril y ancestral, el altiplano argentino, enclavado en el noroeste, feudal y chupasangre, limítrofe con Bolivia. Era el corazón de la Argentina Andina –donde hizo foco y de la que ya había hablado Kusch- pero que, esos años, estaba tan lejos mentalmente de la capital rioplatense como la península de Kamchatka, en la Siberia. Ahora, la cosa sigue más o menos así, me confirmó mi amigo sociólogo de Las Espigas, Roque Taborga, quien trabaja en apoyo a las comunidades puneñas.

No recuerdo los detalles del primer encuentro con Frites, ni su fisonomía, su ropa; sí que lo visitaba en una casa de una planta en la calle Balbastro, en el barrio porteño de Parque Chacabuco, que oficiaba como sede del AIRA. Allí, también asistí a una reunión (semi clandestina) del CMPI, el Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, que sesionó en la ensangrentada Buenos Aires de 1978. La reunión del CMPI, le contaba a Carlos, significó para quien escribe, toda una revelación y una iniciación, que tal vez nunca había imaginado así. En el local de Balbastro, a media luz, con las cortinas cerradas, seguramente con el miedo de muchos a flor de piel, allí estaban los dirigentes indígenas de muchas naciones de varios países de las Américas e incluso de Europa, ya que asistió a la convocatoria algún representante de los Inuits.

Los norteamericanos me impresionaron mucho: ataviados con sus atuendos ceremoniales, sus adornos de plumas, sus collares, repartían una hoja mimeografiada donde estaba impresa la Plegaria por la Tierra de Black Elk, Alce negro, el hombre santo de los Sioux, esa que dice:

“Gran Padre, Gran Espíritu, otra vez susténtame sobre la tierra y reclínate para escuchar mi endeble voz. (…)

Me hiciste recorrer el buen camino y el camino de las dificultades, y donde se cruzan el lugar es bendito. El día va, el día viene, para siempre, eres la vida de las cosas. (…)

Escúchame, que el pueblo pueda de nuevo

Encontrar el buen camino

Y el árbol protector.”

Era el único blanco que estaba allí, en medio de un clima de fraternidad pero cortado a daga por lo que estaba pasando afuera, la sangría que lo ensombrecía todo. Pero era “el hermano Pablo” ―como me honró Eulogio al presentarme. “Un joven solidario con nosotros”, explicó el dirigente máximo de los indígenas argentinos y cien ojos me miraron para llenarme de una luz que no se altera.

Carlos se había estado sorprendiendo con la historia esta. Me preguntó:

―¿En verdad me estás hablando de don Eulogio Frites?

―Sí, Eulogio Frites, el líder de los coyas…

―!Qué increíble, Pablo! ¡Qué historia más bella! Eulogio Frites es ya para nosotros, los historiadores aymaras, como una especie de mito; el luchaba por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas cuando muy pocos lo hacían…

Su emoción aumentaba. Me comentó de la idea de poder traerlo al corazón del Kollasuyu, a Bolivia, a La Paz, para poder reunirlo con otros ancianos valerosos y sabios y poder escucharlo y recibir sus enseñanzas. Me comprometí con Carlos a buscar entre los papeles que guardaba en Buenos Aires, los testimonios de mis encuentros con Eulogio, para compartirlos aquí, con él y con los jóvenes de la Asociación de Historiadores Aymaras. Era un riesgo: debía sumergirme en una montaña caótica de escritos, de publicaciones, de cosas que tenía guardadas en una baulera oscura, un sótano. Con esos papeles –que hoy tengo conmigo aquí, en La Paz-, le dije, veremos cómo era Eulogio, qué cosas hablaba, y podremos nutrir la intención de un encuentro con él. Si lo deseamos, vamos a encontrarlo. Terminamos de celebrar la historia recobrada, y luego nos marchamos. En mi corazón, la belleza irredenta de Chuquiago Marka poseía más fuerza.

* * *

Eulogio Frites… Eulogio Frites… ¿por dónde empezar? Cajas y cajas, ese polvo grato de los papeles que se añejan que también te asfixian con las verdades encontradas signadas en ellos… al final, los pillé en la maraña y hallé más de lo que realmente esperaba.

Ante todo, un cuaderno. Marca Gloria, de tapas marmoladas, azules y naranjas, con espiral: el que todos los chicos argentinos usábamos para ir al colegio. El cuaderno era un pequeño tesoro de investigaciones ancladas a sus páginas. Para empezar, la entrevista –así la titulé- al cacique Eulogio Frites, un manuscrito que ya describiré, con muchas notas que no termino de descifrar: han pasado tantos años, tres décadas, y tanta agua y tanto fuego por mi cabeza y mi piel, pero está allí, anotado en tinta azul y hasta con un mapa del Tawantinsuyu y la puna que trazó el puño del propio Eulogio.

Guardaba otros afanes: unas notas sobre el parque nacional más desconocido de la Argentina, Baritú, en los Yungas de Salta, y una carta que me envió la Jefa del Dpto. de Difusión de la Dirección Provincial de Turismo, Gloria Bozovich, fechada el 28 de noviembre de 1979, donde me indicaba el envío de la información y los croquis solicitados, y me aclaraba que “el acceso a dicha reserva, es sumamente difícil”.

La inevitable historia dentro de la historia: cuatro años después, algo más, partiríamos con mis amigos Fabián Luna, Marcelo Gargiulo y el Horacio a recorrer esas distancias, bajando desde la puna y los valles de la precordillera salto-jujeña. Un viaje irrepetible –cuando no existía el turismo de aventuras, las sendas para los trekkers, ni nada, salvo el albergue para campesinos de los valientes padres claretianos de Iruya y la Prelatura de Humahuaca que enfrentaron a los militares denunciando la explotación infame de los coyas y los bolivianos en los ingenios azucareros y las masacres que hoy son de conocimiento público-; un viaje que nos llevó a los confines meridionales del Baritú, siguiendo el cauce sinuoso de los ríos, y apareciendo en la tristísima Isla de Cañas, un asentamiento aislado de colonizadores andinos en medio de la selva de Orán. De allí, subimos hasta Bermejo, en Tarija, y como siempre repito: entramos caminando a Bolivia, tras una larga travesía por punas, montañas, selvas y valles. (La continuidad de este viaje pueden leerlo en mi artículo La Paz, maravilla y vértigo).

Cuando caminamos esos lugares deshabitados, no lo sabíamos, ni tampoco sabía de ajayus, de almas del territorio, pero lo sentimos, sentí algo fuerte, sumergido en esas soledades verdes, esos cajones de arena y piedra revueltas, esos bosques llenos de nubes bajas, esos lados: luego me enteré que por allí habían combatido, habían muerto y habían desaparecido los del EGP, el Ejército Guerrillero de los Pobres, el mítico contingente armado que encabezó el periodista Masseti, el que escribió ese libro sobre la Revolución en Cuba cuyo título ya lo dice todo, “Los que luchan y los que lloran”, mediados de los 60, en sincronía con el destacamento peruano que buscó abrir un foco en Puerto Maldonado y donde mataron al poeta Heraud: los prolegómenos de la guerrilla del Che en Bolivia de 1967, las épocas donde en cada selva, había una guerrilla, como cantó (creo) Silvio Rodríguez.

* * *

¡Cómo harán los libros que escriben los antropólogos! ¡Cómo los caminaran, los hablaran, los miraran a los ojos! Es raro, muy raro, pero hojeo y hojeo, busco y busco en el tomo que se zampó Carlos Martínez Sarasola, un libro que se llama Nuestros paisanos los indios. Vida, historia y destino de las comunidades indígenas de la Argentina, un libro importante, bonito, por muchos motivos fundador, editado en 1992 y reeditado varias veces más, lo leo y releo, busco y busco y no encuentro muchas o una de las palabras de las que anoté de Eulogio Frites en aquellos 1977, 1978.

¿Cómo se escriben los libros sobre los indios? ¿Cómo será? ¿Será que no será importante que en 1971, en Plaza Flores, los coyas y los mapuches lanzaron el primer grito de unidad de la historia de las comunidades indígenas de la actual República Argentina? ¿Será que se olvidaron anotar que en 1973, en Roque Sáenz Peña, en el corazón del Chaco argentino donde el genocidio prosiguió largamente durante el siglo XX, tobas, matacos y mocovíes se juntaron en un abrazo histórico, superando odios que parecían irreconciliables, fomentados por los colonialistas?

Esas cosas me empezó a contar Eulogio y están registradas en el cuaderno de tapas azules: el proceso de reconocimiento y búsqueda de la unidad de los pueblos indígenas que sobrevivieron a uno de los más aberrantes genocidios que recuerde la historia: el que sufrieron a manos de los liberales que organizaron para su usufructo y beneficio lo que hoy se conoce como República Argentina.

Una patria que nació de la espada que empuñaba la mano guaraní del General San Martín, quien también liberó Chile –en alianza estratégica con los Pehuenches patagónicos- e hizo huir a los virreyes de Lima.

Una raíz indígena que luego fue negada de manera sistemática, cortada a punta de masacres, donde como querían los genocidas, “no se ahorraba sangre” ni de paisanos, ni de gauchos, ni de indios. Eulogio era la punta de lanza de un renacer increíble, inesperado para los poderosos: los indios no sólo seguían vivos sino que estaban dispuestos a defender sus derechos. Eso empezó a cristalizarse en el AIRA, la primera organización autoproclamada indígena que resumía una historia triste, desesperante, humillante, pero que buscaba un cauce de liberación y justicia.

* * *

Quera: fue también la primera vez que escuché sobre la hecatombe. De boca de Eulogio Frites, conocí de la ferocidad del combate y su inevitable masacre y del impacto profundo de la matanza, comparable con lo que sucedió aquí en Kuruyuki.

El me contó de las hondas, las piedras, las lanzas y los fusiles oxidados de algunos que habían participado en los ejércitos de Belgrano en la Guerra de la Independencia, que se enfrentaron contra las carabinas de repetición del ejército argentino en la batalla de Quera, el 4 de enero de 1875.

La historia de la puna volvió a partirse en dos: antes y después de Quera. Era la misma época de la ofensiva melgarejista contra las comunidades indígenas que se experimentaba en Bolivia, las tierras de la puna argentina no escapaban a esa fiebre usurpadora. Un gobernador de Jujuy de apellido Álvarez Prado, por imposición de los grandes terratenientes, anuló de un plumazo todos los decretos de gobiernos anteriores que protegían la propiedad comunal. La violencia se volvió inevitable y el 3 de diciembre de 1874, en el Abra de la Cruz, los puneños vencieron a las tropas provinciales. La afrenta se pagaría con una dureza y una saña ejemplar en los campos de Quera. Uno de los partes de guerra señaló que “el encuentro fue cuerpo a cuerpo entre nuestros valientes soldados y los no menos bravos indígenas de la Puna; sin tener quien los dirigiera, se batían por cuenta propia, pero con valor superior a todo elogio y digno de mejor suerte (…) El enemigo ha presentado en acción más de 800 hombres, entre ellos 300 con armas de fuego y los restantes, armados de lanza y honda; han sufrido 194 bajas y 231 prisioneros. El combate duró tres horas consecutivas…”.

La copla había dicho:

Con hondas y con piedras

bravos puneños,

proclaman que la tierra

no tiene dueños.

Tras la sangre derramada, la puna entera tembló y lloró sus muertos. El gran Domingo Zerpa, el poeta de la Pachamama de Abra Pampa, cantó:

Si hay alguien que me consuele,

yo no quiero su consuelo;

quiero nieve, nieve, nieve,

que un indiecito se ha muerto

con una piedra en la mano

y en los ojos un lucero.

Narrada también por la brillante pluma del Premio Nacional de Literatura, el jujeño Héctor Tizón, en su novela Fuego en Casabindo (1969), Quera sigue siendo parte de la historia de la Argentina secreta, clandestina y olvidada: la historia de la Argentina Andina, la Argentina indígena, la historia del pueblo coya que es también nuestra historia.

* * *

“El salar, como la luna de un espejo, reflejaba la luna y reflejaba, como una mancha informe, la panza, el cuerpo del caballo que galopaba en ese atardecer; el caballo que llevaba incrustado en el lomo a un hombre desalmado. El caballo volaba por encima del salar que la luz de la luna devolvía entonces a su vieja naturaleza de mar. Huían, ambos, de la presencia del Enorme Toro Negro, con mirada de fuego, habitante desconsolado y furioso de las Salinas Grandes, ante cuyos ojos sin párpados, impenitentes, eternamente veladores, quien no pierde la razón pierde la vida” – escribió Tizón sobre la peripecia de uno de los perseguidos de Quera; tal vez el texto mas bello y más sentido que he leído jamás sobre un salar.

Eulogio me contó de la importante fuente de recursos que significaban las Salinas Grandes para los coyas puneños, favoreciendo el intercambio comercial y cultural con la Quebrada de Humahuaca y los coyas vallistos. Pero ya no se cortaba sal libremente: los militares habían adjudicado su explotación a algunas empresas privadas. “Ahora, debemos comprarles la sal a ellos, a los nuevos dueños” ―remarcó Frites. Anoté: los milenarios e históricos dueños de las Salinas deben pagar por su sal. Lo mismo que está pasando hoy en día con el agua de los Andes (así se llama también la empresa), tras las privatizaciones de los servicios públicos que maniataron a los argentinos durante la década de los noventa.

* * *

También están marcadas las señales de la tierra: al lado del mapa de la puna trazado por el propio Eulogio -donde están destacadas La Quiaca, Abra Pampa, Casabindo, Santana, las salinas… una anotación hecha por él que señala “médano (arenoso) / ciénaga (fértil)-, hay notas sobre el cultivo en las terrazas que por allá se llaman rastrojos, sobre las múltiples variedades de papas, de ocas (especie de zanahoria, dulce como batata, aclaré), “maíz amarillo, maíz colorado, maíz blanco de la quebrada”, trazos que parecen ya querer componer un poema sobre la vida de la puna, sobre su fuerza cósmica, su resistencia a seguir siendo alterada por imposiciones externas.

En 1966, el maestro Rodolfo Kusch había escrito y publicado su imprescindible El viaje. Introducción a la Puna, en su libro de relatos radiales, Indios, porteños y dioses.

Con Eulogio Frites, yo viajé por primera vez a la puna, un viaje mental y sentimental, un viaje que realicé desde su corazón al mío, un viaje donde se reflejaba y se me anticipaba el hedor y la grandeza de la América Profunda, por la que se afanaba el pensador argentino –que está enterrado en Maimará, antes de la trepada a la puna, donde habitó los últimos años de vida-, porque, como decía, “en el altiplano volvemos a la pobreza, o mejor, perdemos esa sensación de fácil riqueza que nos brinda la ciudad. Bibliotecas, inteligencia, espiritualidad, instituciones, créditos, de nada valen. Ahí volvemos a cero, y dentro de él asoma nuestra pura vida. Y ahí comprendemos que vivir no consiste sólo en tener cosas, sino en este paso irremediable de lo blanco hacia lo negro…”. Ni más ni menos.

Hoy, los papeles amarillentos del AIRA y las palabras acuñadas de Eulogio Frites me conmueven sin remedio, porque allí estaban anticipadas las huellas de un destino; allí estaban señaladas las huellas y las montañas que caminaría, los rostros que me conmoverían, los motivos y las causas que se volverían mi vida.