Hay buenos amigos a quienes no puedo convencerlos de que no sé cocinar, ni siquiera cocer un buen arroz. Soy cronista gastronómico, pero gran parte de lo que escribo en esta línea son nostalgias de una época pasada en que comía fino y bien. Ahora combino la dieta insípida con excesos criollos que pa qué te cuento, con un resultado visible: que tengo las mismas medidas que Carla Morón, sólo que mal distribuidas: 60 de cabeza, 90 de pecho y más de 90 de cintura.

Sin embargo, me regalaron un apetitoso lomito de cerdo que sólo requería introducirlo en horno y cocerlo a fuego lento porque ya venía adobado. Me fui de visita a casa de mis hijos y el único horno que hallé era parte de la vieja cocina que Carmelita, mi madre, había usado y abusado en vida. Lo prendimos igual y dejamos pasar el tiempo, a fuego lento, mientras despachábamos un aperitivo. De rato en rato abría la puerta del horno, metía la mano para comprobar que el fuego estaba lento y volvía con una sonrisa a la sala. Pero la espera comenzó a alargarse demasiado. Inquieto, mi hijo Manu abrió la puerta del horno y comprobó que, de tanto abrirla, lo único que yo había conseguido fue apagar el fuego. El lomo no se cocía ni madres.

Como se hacía tarde, sugerí que lo cociéramos en agua con un buen chorro de vino, y me aceptaron. Así el lomo se coció como para preparar un chupe y se fue destripando irremisiblemente. Lo probé y había perdido el sabor. No quedaba otra que salpimentarlo, echarle un poco de limón y freírlo a la sartén. Al fin comimos pedazos de carne de cerdo, dizqué lomo, fritos en aceite. ¿Debo agregar que comimos con resignación?

A veces suelo preparar una pechuga de pollo al horno, de esta manera: preparo en el pirex un fondo de aceite, vinagre de manzana, sal y pimienta. Sumerjo la pechuga. Corto una cebolla en grandes trozos y machuco un par de ajos. Agrego un puñado de almendras y a cocer. No me sale mal, pero el gusano de la variación me hizo intentar la misma fórmula con un filete de surubí con resultados ominosos, porque le había echado vinagre en exceso y me había olvidado del aceite. El surubí tenía sabor a aguas estancadas y olor a sobaco de sapo. Las cebollas se habían chamuscado y secado. Sólo las almendras conservaban parte de su sabor desvirtuado, eso sí, por el exceso de vinagre. Los dientes de ajo fueron mi triste consuelo.

Cuando viví en México me harté de comer tacos y comencé a añorar de tal forma nuestros suculentos caldos que ensayé unas tremendas chankas de pollo cocinadas en olla de presión. Salían tan olorosas que, a la hora de almuerzo, solían aparecer paisanos comensales que se sentaban a la mesa sin haberme prevenido; conflicto que remedié aumentando categóricamente las raciones. Pero tenía que filtrarse el duende de la confusión. Resulta que tenía un tubo de sal gruesa con orificios grandes que usaba continuamente. Un día no me fijé que a su lado había un tubo muy parecido, pero de detergente. Eché el contenido, tapé la olla de presión y luego me sorprendí un tanto del cambio de tono del pito de vapor. Sonaba como estertor de ahogado, como herido en el pulmón que echa burbujas de sangre. Pasó el tiempo de cocción, abrí la tapa y buena parte del líquido se vació en forma de perfumada espuma de detergente.

Aquella vez nos resignamos a comer tacos al pastor.