Hacia el noroeste, se alza colosal la montaña de Yagua Yagua y más abajo está Saqui, otro confín, del lado del Perú. Hacia el norte, resiste añeja la casa de don Anastasio y algunas más del pueblo viejo, y después los pajonales que te llevan hasta el cerro de Ichucorpa y luego nada, el territorio que se derrama hacia la selva desconocida, donde nadie se atreve a ir, salvo mi amigo el Sebas.

Hacia el sudoeste, brilla la mina, la Warawarani, colgada entre los glaciares y las nubes, y más arriba, las cumbres de los achachilas, el cosmos, el más allá insondable. El camino, como un rasguño en las laderas de piedra negra, se pierde hacia el sur: en mayo, dos mallkus, mi guía Esteban Andia y cuatro personas más murieron ahogados en un lago, lanzados al vacío por una curva envenenada. “Vas a escribir sobre este confín que pocos conocen” –me incita Grover, uno de los maestros de la comunidad, poncho rojo, nacido en Achacachi- “pero vas a escribir que aquí todos apoyamos y confiamos en el hermano Evo”. Y lanza el dardo que justifica este texto: “No como en las ciudades donde por todo le hacen pleito”.

El 2006 que se termina: el año que vivimos apasionadamente. El año que un indio asumió la Presidencia de la República de Bolivia, rompiendo una maldición histórica. El año que empezó la Revolución Democrática y Cultural. El año del cambio que se nota, golpea, vibra hasta en los confines. Antes, llegabas y la gente lloraba, se quejaba del gobierno de turno, del abandono y el olvido. Ahora, hay orgullo porque un compañero, un campesino, un indio es el presidente.

Es muy probable que Grover no sepa quien fue Mao pero su análisis es tan certero como el del Gran Timonel. En Puina, habitan unas 80 familias bolivianas que trabajan como bestias arañando mineral a los cerros, a más de cinco mil metros de altura, de seguro en una faena que por lo dura y por la altitud, debe ser única en el mundo. Pero el oro engaña y no paga lo suficiente. La helada mata a la papa luki y a la oca, lo único que la tierra les brinda (o les quita). Entonces, en Puina, pasan hambre. Todos. ¿Habrá leído Grover las Antimemorias de Malraux? Tal vez, no. Mao marca a fuego dos verdades: la revolución la hicieron en China aquellos que se comían la corteza de los árboles porque los condenaban al hambre y la revolución si es revolución desata en los condenados al hambre tres sentimientos: la esperanza, la confianza y la fraternidad. Ni más ni menos, lo que está pasando en el confín de la República, en Puina, a la sombra del Yagua Yagua. Por eso, hay revolución en Bolivia y por eso hay una esperanza latiendo en la frontera, una fraternidad entre cóndores, una confianza en el viento que se sabe: es invisible pero tiene mucha fuerza. El pez en el agua: aunque no se tenga que comer, hay un aire de liberación que como nunca se respira entre las montañas donde el Sebas, el Grover, el finado Esteban, creen que está enterrado el Inkarrí…

Volver a la ciudad es ratificar y contrastar lo dicho por el profesor: es asquearse con las acciones y declaraciones que promueve en catarata y a mansalva la derecha boliviana en todas sus expresiones, dizque “en defensa de la democracia”, hostigando y atacando al gobierno, valga decirlo, más democrático de toda la historia republicana de Bolivia. Sobre todo es asquearse y sublevarse con los insultos que profieren en los medios de comunicación privados contra el Presidente de la República. No me contaron: el viernes del fracasado paro cívico, UNITEL emitió al aire a un grupo de lúmpenes en Santa Cruz aludiéndole como un “hijo de puta”. El mismo odio chorrean las ondas que lanza al éter la Radio Panamericana. Cómo duele: cuando atacan a Evo, están atacando a los comunarios de Puina, están atacando a los que pasan hambre, están atacando a los que hoy ven renacer la esperanza. Siguiendo el hilo de este artículo: por todo ello, hay que terminar de confinar a la derecha, allí donde se merece. No en Puina, es decir en esos confines donde está la Patria, sino en los confines de la historia, de la decencia y de la vergüenza para que rindan cuenta de los agravios.

En Puina y en la vecina Keara, en los confines de la verdad y la dignidad, los compañeros están contentos: ya no se sienten solos y abandonados como antes. “Dígale al compañero Evo que venga a visitarnos que aquí lo queremos abrazar”-me dice Carolina, la esposa del Sebas. Todo nuestro apoyo espiritual, escríbalo –me enternece un dirigente. Ellos, los que no han perdido amarras con la tierra, con la piedra y con el árbol; ellos, los custodios del Inkarrí, la retaguardia cósmica, la tienen clara porque la sienten profunda. Son parte de un proceso de cambio revolucionario por sangre, piel, tradición, sufrimiento, sacrificio, historia.

Sólo resta anotar: el 2007 que viene, de la periferia al centro, del campo a la ciudad, desde los confines: más pasión, más esperanza, más revolución.