Cuando el coronel Pringles -que había nacido en las soledades de la travesía, en un pueblo de bello nombre que remata con un "de la punta de los siete venados", y por eso a los nacidos allí se los denomina como "puntanos", un pueblo pacífico y pastoril donde nadie ni en sueños nunca imaginaba una guerra-; cuando el coronel Pringles peleó en una guerra -una guerra inmensa, que abarcó todo un continente, una guerra popular, de masas, de harapientos, de gentiles armados, una guerra prolongada que duró añares- y cabalgando, cabalgando, cabalgando, en una remota comarca del sur del Perú, en otro desierto como en el que había venido al mundo, cuando allí tuvo a su frente a un enemigo que lo triplicaba en número, lo superaba en armamento, en organización -algunos de los allí presentes habían vencido al propio Napoleón-, cuando tuvo que decidir si huían, si tocaba a retirada, o se sacaba la mugre, alzaba la bandera -la bandera nueva, la insignia de la alborada, la bandera de las flamantes patrias que estaban pugnando por nacer y no morir en los eriales y cordilleras de América- y daba batalla, él la dio, el coronel Pringles se plantó y luego arremetió contra los godos, contra los españoles que sólo querían eternizar por días, por meses, por algunos años más una historia que ya estaba cambiando, un cambio revolucionario que ya estaba en marcha y que sacudía los montes y las selvas de este continente donde -hasta ahora y parece que siempre- sino es patria, es muerte.

Pringles batalló, y como se dice "perdió como en la guerra". Pero no se rindió.

Esta es la parte más bella de la historia: destrozados por la artillería enemiga, mordiendo el polvo, el fragor de los desiertos, envueltos en el dilema de sucumbir, de deshonrar la bandera, de no cumplirle a la patria y a los muertos que esa patria ya había devorado por miles para nacer, para crecer, para volverse fuerte, Pringles no se rindió y a su tropa maltrecha, agotada, sucia, desangrándose, a su tropa de valientes que habían perdido la batalla pero no la honra y menos el amor por la patria, les exigió un sacrificio mayor aún, una demostración suprema de lealtad y compromiso: detrás de ellos, estaba el acantilado, y más allá -cayendo a pico por el despeñadero- el mar, el infinito océano, aquel donde los antiguos creían que iban a parar los difuntos, la "mama kocha", y sus fauces líquidas, su abrazo de algas y sal, su eternidad. Para los vencidos, era también un premio: era la muerte pero también era la gloria. Y ni Pringles ni ninguno de los derrotados y hasta entonces humillados soldados dudó y todos dieron media vuelta y matando caballos, se arrojaron por el barranco. Murieron como lo que siempre fueron: patriotas.

La historia me la contaron cuando todavía era niño y siempre que pasé por San Luis de la Frontera de la Punta de los Siete Venados, un estremeciendo me recorre todo el cuerpo, recordando a Pringles y sus valientes, recordando a los patriotas que prefirieron inmolarse a caer en la deshonra, que prefirieron sacrificarse cayendo al vacío y a la muerte que reconocer su derrota, entregarse y rendirse.

Ciento cincuenta años después, una periodista guerrillera, junto a cinco compañeros de su organización político-militar que no era otra que los Montoneros argentinos, rodeados por varias centenas de efectivos militares y policiales que los habían cagado a tiros y a bazukazos horas enteras y cuando ya no les quedaban municiones y el fin era inevitable y con él la secuela del horror por venir y la deshonra por siempre, antes de llevar la pistola a su sien, como lo hicieron el resto de sus compañeros de lucha y de entrega, frente a los desolados soldaditos que peleaban en una guerra que no era suya y que no comprendían, frente a oficiales genocidas, sedientos de sangre y deseos de vencer y humillar a los jóvenes rebeldes cuyo único afán era construir una patria nueva, sin pobres ni marginados, antes de que el silencio de una dignidad sin fisuras acabe con la detonación de la última bala, sintetizó de la manera más terrible pero a la vez la más bella ese sentimiento de patria, de amor por la causa, de desprendimiento, de honor y de sacrificio y les gritó en su cara: "Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir" -y se voló los sesos. Se llamaba Walsh, "Vicky" Walsh.

Por estos lados de la tierra, se agiganta la figura de Santos Pariamo, el guerrillero de origen Leco que combatió en la guerra de la independencia, en esa guerrilla interminable que fueron las llamadas "republiquetas".

Larecaja, la indómita Larecaja, fue su escenario, allí donde los nevados se derraman en torrente vertiginoso hacia las selvas más vastas del planeta, cuando los Andes convergen y comulgan con la Amazonía. El territorio más fascinante pero también el más escabroso, el más abrupto, el más difícil. Allí peleaba Pariamo que había nacido en la apacible Atén, donde como en San Luis, sus moradores tal vez nunca jamás ni en sueños entrevieron una guerra. Pero la había y era feroz, era hasta aniquilar al otro, era total. Y Pariamo se puso a las órdenes del caudillo de esas montañas profundas que no era otro que el Cura Muñecas, un bravo, otro patriota, que murió como mueren los que no rinden: con las armas en la mano.

Caído Muñecas, las fuerzas larecajeñas comenzaron a ser hostigadas, acorraladas, perseguidas con saña -y tierra arrasada mediante- por los españoles. Buscaban en cada aldea a los cabecillas, cortaban manos y pies como castigo y en señal de amenaza, violaban a las mujeres, segaban a los niños. Buscaron a Pariamo hasta que lo encontraron. Combatieron, lo vencieron, lo rodearon. Pariamo sabía y sentía como la Vicky y como Pringles que entregarse vivo era el escarnio, era el suplicio, y era algo peor: era el deshonor, cautivo o degollado, prisionero o descuartizado en la plaza pública de Sorata por el enemigo vil, era la deshonra, era traicionar los principios, era escaparle a la cita con la patria, con la entrega permanente, con la moral intachable, con el sacrificio supremo y siempre a flor de piel porque la lucha, el compromiso, la guerra, la paz y la patria se sienten o no se sienten: y entonces agarró su puñal, lo tomó con toda su fuerza de guerrero invicto, de alma de guerrero que lleva consigo todas las almas de los combatientes muertos, y desgarrándose la carne, se lo incrustó en el corazón para no darle al enemigo sino lo único que se merece: desprecio.

Anoto todas estas historias y estos recuerdos en catarata, un torrente imparable de palabras surge de mi corazón y acaba en mis dedos que teclean y teclean sin parar, y me pregunto ¿por qué? No dudo el motivo. Quiero con este fluir de patria, con estas historias de patriotas, de valientes, de hombres y mujeres nobles y libres que nunca jamás se rindieron, que lo dieron todo por la patria, rendir un homenaje sincero, un abrazar al hombre en la distancia, y manifestar mi reconocimiento por un boliviano cabal, por un patriota: don Andrés Solís Rada.