En materia de sabores, el recuerdo más antiguo que tengo es el aroma de un trozo de marraqueta fresca sopado en café yungueño. Me lo ofrecía mi padre, muy temprano porque era militar, y como resultado de ello hasta hoy conservo inalterable la memoria de ese instante feliz y la costumbre de madrugar.

No entiendo cómo los hoteles de lujo se afanan en hornear panecillos insípidos, tal vez cocidos al vapor como ese engendro, el pan de hamburguesa, o inflados con bromato, para volvernos ácida la mañana más alcalina. Me tocó alguna vez llegar de visita a La Paz y huir muy temprano del comedor rumbo a la vieja Estación, donde se bebe café yungueño en jarro de fierro enlosado, con marraqueta fresca y tajadas de queso paceño.

La marraqueta y el café yungueño están asociados también con los frecuentes viajes que hacíamos en tren, porque siempre hemos tenido parientes dispersos entre La Paz y Cochabamba. Una vez más había que madrugar, conseguir un taxi, volar a la Estación y compartir con maquinistas y guardagujas ese delicioso desayuno de altura. No sé cómo se consuelan los niños de hoy de la ausencia del tren, en particular de las viejas locomotoras a vapor que ingresaban a la estación resoplando como dragones hervidos. El agudo ruido del jet que perfora los tímpanos, no se compara con ese viejo ruido que hoy sólo podemos disfrutar en el cine. Y los desayunos de aeropuerto son desastrosos.

Yo nací en Cochabamba como producto del confinamiento que sufrió mi familia tras la caída del Presidente Villarroel; pero no bien nací me devolvieron a La Paz y allí pude estar presente en el viejo 9 de abril de 1952, que para mí fue nada más que tres días sin marraqueta ni café. Los Monroy éramos una familia de conspiradores, y la dueña de la tienda “no vendía nada a movimientistas”. Durante tres días tuve que vivir y llorar de arroz con leche, único alimento gracias a los víveres que recibía el viejo. Por eso pienso que mi primera pena de amor fue por una marraqueta ausente.

Si fuera pintor, pintaría un paisaje de La Paz con una marraqueta humeante en lugar del Illimani. Quizá ambas criaturas tienen el mismo espíritu, la más pequeña de mineral en bruto y la enormísima de cristal. Es maravilloso disfrutar del desayuno paceño echando vapor por la boca y contemplando el Illimani al amanecer. Es una reconciliación con el alma y el cuerpo, body and soul –la conjunción del viejo blues.

Y no es que no haya marraquetas en otras latitudes, aun en Madrid, donde hay una vieja hogaza cuyo ADN tal vez sea el mismo. Para no hablar de la baguette, que es más bien un marraquetón travesti. Pero el frío, la altura y la atmósfera seca de La Paz le dan a la marraqueta paceña un ingrediente cósmico que la hace crocante, perfumada y propicia para agolpar nuestra memoria más entrañable y empujarnos muy temprano, cada uno con su cruz, a ganarnos la marraqueta de cada día.

Es bueno conservar el ser y los nombres de nuestros panes: la sarna, la colisa, la kauca, el cuernito, el chamillo, la ch‘ama o el pan de Toco; pero entre todos reina, omnipotente y soberana, la marraqueta paceña.