Es subjetivo en extremo pretender aplicar ciertos modos de producción, por ejemplo la comunal en sus variadas formas, simplemente porque es mejor o porque conviene a la gente. Todo depende de la forma de propiedad imperante (privada o social, pequeña o grande) en un determinado sistema social. El basamento material de toda sociedad es la forma de propiedad que determina la manera cómo se relacionan los hombres para producir, su estructura social, la forma de sus instituciones: el Estado, la educación, las organizaciones políticas, la religión, la cultura en general.

Bolivia es un país complejo donde coexisten variadas formas de propiedad y, consecuentemente, formas de producción; por eso se le caracteriza como un país capitalista atrasado. Sustenta la parte más importante de su economía la gran propiedad privada (capitalista) de los medios de producción que, a su vez, impone formas de producción estrictamente capitalistas (producción social donde el obrero vende al dueño de la empresa su fuerza de trabajo a cambio de un salario).

Este modo de producción, a pesar de que demográficamente es insignificante (minería, hidrocarburos y pequeñas industrias en los centros urbanos), determina la suerte del país porque lo vincula al mercado mundial, permite el ingreso de divisas y de tecnología de punta, etc. Las otras formas de producción, la individual familiar predominante y las pequeñas de la producción comunitaria, son economías de subsistencia, si así podríamos llamarlas, porque, lejos de tener excedentes que les permita acudir a un mercado, su producción generalmente no alcanza para cubrir las necesidades vitales de los campesinos.

Las formas de propiedad y de producción precapitalistas en el campo, lejos de ser un factor que impulse el crecimiento de la economía, constituyen un peso muerto que nos ancla en el atraso, en el pasado que tanto añoran los indigenistas.

En Bolivia, las formas de la propiedad comunal de la tierra han sido sistemáticamente destruidas por el despojo durante toda la colonia y la república, arrinconadas y restringidas a los sectores más improductivos. Allí donde los latifundistas no tenían interés de despojar tierras a los indígenas, la minería se ha encargado de destruir las comunidades y de envenenar sus tierras y aguas.

Sería otra forma de subjetivismo el sostener que la propiedad comunal de la tierra ha sido borrada definitivamente en el agro. No, sobreviven en algunos sectores, justamente en aquellos donde no ha llegado el despojo por ser poco atractivas para la angurria de los gamonales.

Encontramos estas formas de propiedad, por ejemplo, en las zonas altas del norte de Potosí donde sobreviven nacionalidades en permanente pugna matándose por un pedazo de tierra como los jucomanis, laimes, chullpas, chayantacas, kakachacas, etc.

Estas pugnas ancestrales se deben precisamente a la drástica reducción de las tierras de comunidad que ya no satisfacen las necesidades humanas, todo esto agravado por la miserable producción debido a la infertilidad, la falta de agua, de abonos, etc. Es sorprendente que la sobrevivencia de la propiedad comunal se refleje hasta en las manifestaciones culturales. El tinku es una expresión de las luchas de las comunidades en tono a la tierra.

La reforma agraria movimientista, lejos de retornar a las formas de la propiedad comunal de la tierra, ha parcelado la gran hacienda productiva y ha convertido al campesinos en pequeño propietario improductivo. Esta forma de propiedad, de manera natural, ha desarrollado formas de producción individual -familiares en el campo- que desde hace medio siglo desarrolla una cultura individualista. Todos los vestigios de la producción comunal y de una cultura comunitaria aparecen deformados por el tremendo peso de la gran propiedad capitalista y de la pequeña propiedad precapitalista.

En este contexto socioeconómico, el documento educativo del gobierno nos habla de una educación “productiva comunitaria”. Este es uno de los ejes fundamentales de la propuesta indigenista. Se trata, pues, de un postulado subjetivo en extremo.

Al chocar con la realidad, la educación productiva comunitaria no pasará de ser un enunciado impracticable. No es posible que, desde la educación, se pueda transformar la estructura económica del país; lo que corresponde primero es acabar con la pequeña propiedad parcelaria en el agro y con la gran propiedad privada capitalista que son la negación de las formas de producción comunal. El gobierno del MAS está lejos de cumplir este objetivo porque es defensor de la propiedad privada en todas sus formas.

La rebelión de la superestructura contra la estructura económica no es permanente

Es parte de la interpretación materialista de la historia la evidencia de que el aparato superestructural -la educación es uno de sus componentes- refleja el grado de desarrollo material de la sociedad. El desarrollo de las fuerzas productivas y la forma de la propiedad imperante determinan la manera cómo se relacionan los hombres para producir, la naturaleza y posibilidades de las clases sociales, la forma y contenido de la educación, la naturaleza del Estado, las tendencias política, artísticas, filosóficas, etc.

Sin embargo, esta interpretación materialista de la sociedad terminaría como mecanicista y reductivista si no tomara en cuenta que, en determinadas circunstancia de la lucha de clases, la superestructura se rebela contra la base económica para transformarla radicalmente y crear las condiciones de una nueva sociedad cualitativamente diferente a la caduca. En esto consiste, en última instancia, la revolución social; es la lucha entre las clases antagónicas de la sociedad, la política, la educación, el arte, etc., componentes de la superestructura de la sociedad, quienes se van a rebelar contra la forma de propiedad y las relaciones de producción vigentes para transformarlas radicalmente.

En nuestra época, esa rebelión se concreta en la transformación de la gran propiedad privada de los medios de producción en propiedad social, proceso que se ejecutará en manos de los explotados bajo la dirección política del proletariado.

La rebelión, sin embargo, no es permanente. En los períodos de ascenso de las sociedades, períodos que se caracterizan por el crecimiento de las fuerzas productivas, no es posible hablar de esta rebelión. Marx decía que la posibilidad de la revolución aparecía cuando la forma de la propiedad imperante y la manera cómo se relacionan los hombres para producir se convierten en obstáculos para el crecimiento de las fuerzas productivas.

En nuestra época la gran propiedad privada de los medios de producción se ha convertido en el freno del desarrollo de la ciencia, de las máquinas, de la fuerza de trabajo y de la producción en su conjunto, podríamos decir que la posibilidad de la revolución está a la orden del día, aunque esta posibilidad se ve obstaculizada por la debilidad de una dirección revolucionaria mundial que posibilite las revoluciones sociales en cada uno de los países oprimidos por el imperialismo.

Sin embargo, el proceso del desarrollo político no es lineal; por el contrario, las condiciones de la lucha de clases hacen que vivamos períodos de ascenso o de depresión. En los períodos de agudización del ascenso (situación revolucionaria) los explotados se rebelan contra el orden social, aparecen como los protagonistas de las grandes transformaciones políticas, sobrepasando el ordenamiento jurídico vigente imponen sus propios métodos de lucha basados en la acción directa, etc. En las etapas de depresión, los explotados soportan las durísimas condiciones de vida que impone la clase dominante y, en los momentos de derrota física y política retroceden en sus conquistas sociales y políticas.

En el primer caso, incuestionablemente, la educación junto al conjunto del aparato superestructural se rebela contra la base económica de la sociedad, se torna rebelde y se plasma en prácticas y concepciones pedagógicas que terminan cuestionando el orden económico y social. En los períodos de depresión o de estabilidad política el fenómeno educativo no deja de ser un reproductor del sistema social, un instrumento de opresión que cumple el papel de modelar la conciencia de los hombres parea convertirlos en dóciles bestias de carga del sistema.

El defecto del reformismo en todos sus matices radica en considerar que la educación se rebela contra el sistema social en todo momento y circunstancias. Ignorando los cambios cualitativos en el desarrollo de la historia terminan sustentando la concepción de que gradualmente, poco a poco, en un proceso de cambios puramente cuantitativos, es posible la transformación real de la educación en el seno de la sociedad decadente. La estupidez llevada al extremo es considerar que la educación es liberadora y revolucionaria en cualquier momento. Y mayor estupidez es considerar al maestro, así en abstracto, como un revolucionario.

Esta concepción reformista nos conduce inevitablemente a plantear parches a la vieja educación capitalista, abandonando los objetivos estratégicos en materia educativa. Se termina así con maquillajes al currículo, a los métodos de enseñanza, a las formas de la organización y administración escolares, a las formas de la evaluación. En definitiva, el reformismo concluye acomodándose al viejo sistema educativo reproductor del sistema social.