A raíz de un artículo que publiqué sobre una genuina bebida boliviana que merece denominación de origen, me llegó una lluvia de cartas; entre ellas, la de Joaquín Rolón, residente en Chile, que extraña el singani y la amistad de nuestro finado más querido, Sebastián Morales, el Zappa, que debe andar bloqueando las vías del Cielo pidiendo como santo y seña lo que pedía en la tierra: una sonrisa.

Me escribió también Miguel Aillón, editor del suplemento Puño y Letra, de Correo del Sur, donde reprodujo el bendito artículo que mereció un apunte valioso enviado por don Sergio Villa Urioste, a quien le envío un saludo cordial y mi gratitud por su gentileza.

La carta de don Sergio aclara los orígenes del singani en estos términos: “Leí su artículo publicado en la página literaria PUÑO Y LETRA de Correo del Sur. Ahí usted nos dice que se desconoce el origen de la palabra “singani”.

Al respecto, le informo que en 1903 la Sociedad Geográfica Sucre publicó un DICCIONARIO GEOGRÁFICO del Departamento de Chuquisaca. En la página 290, entre otras, menciona la palabra “singani” indicando a qué corresponden: “SINGANI: Viñedo ubicado en el Cantón San Lucas, de la Provincia Cinti. Finca de la comprensión del Cantón y Provincia anteriores, colindante con el viñedo del mismo nombre. Está situada al norte del pueblo y a 45 kilómetros de distancia; estas dos propiedades son las que han dado su nombre al licor conocido como aquél. SINGANI, PAMPA DE: Viñedo de la jurisdicción de San Lucas, Cantón de la Provincia Cinti.”

En alguna oportunidad leí algo relativo a estas propiedades, y ahí me enteré que en la época de la Colonia pertenecieron a unos sacerdotes. Hace ya tanto tiempo que leí esto último, que ya no recuerdo de qué agrupación religiosa eran y también decían que ellos iniciaron esta producción del singani. Espero que esto sirva de algo para sus investigaciones. Le quedo muy agradecido, como chuquisaqueño, por su publicación. Muy atentamente, Sergio Villa Urioste.

Con estas puntualizaciones podemos sentirnos orgullosos del linaje de este legítimo heredero del orujo gallego, a cuyo sabor aterciopelado somos adictos bolivianos de todas las latitudes, pisos ecológicos y climas. Recuerdo, al respecto, la ansiedad con que los bolivianos residentes en México esperábamos la buena voluntad de nuestros familiares, expresada en una botella de buen singani que, de inmediato, compartíamos con los amigos aunque nos tacara a un tapazo por mocha. Tampoco voy a olvidar aquel memorable 1986 en el que inventamos el Tapazo al Paso en la más grande Feria de la Cocina Regional que se haya celebrado jamás en Cochabamba. La gentileza de mis amigos Alberto Gasser y Bola Salinas se tradujo en unas buenas botellas de singani Guadalquivir, en su mejor cosecha, que sirvieron para apoyar la iniciativa de mi carnal Alfredo Medrano en la referida Feria. Mi propósito original era preparar unos cocteles en el stand que me fue asignado, pero me decidí por el tapazo, que quedó grabado en la memoria de los asistentes. En la víspera, recorrí los boliches conocidos para pedir como contribución la vajilla que necesitaba, es decir, las tapas que habían desechado junto con las botellas vacías. Así me aposté con un morral repleto de tapas y una botella de Guadalquivir en las manos, y serví a diestra y siniestra, al precio promocional de 50 centavos el tapazo, a beneficio de la Huérfana Virginia. No faltó el cliente generoso que me dijo: “Si es a beneficio de las huérfanas, quédese con el cambio”. Allí hice buena parte de los mejores amigos que tengo, gente de grata memoria que no olvida el tapazo al paso del mejor singani.