Atravesando las cordilleras y el olvido, llegas a Puina. Allí vive mi amigo Sebastián Durán. Cada vez que uno arriba, aguijoneado por el hambre que te abre la caminata, más o menos reproducimos el siguiente diálogo:

-¿Hay huallpa? (gallina en quechua)

– Mana kanchu (No hay)

-¿Trucha?

– Mana. Hay veda pues…

-¡Entonces comeremos piedras!

-¡Comeremos pues!

Una carcajada nos invade: piedras hay por todos lados.

– Lo que hay es lo que ves, Pablo…

Miras alrededor: un nevado imponente corona la comunidad hacia el oeste; un río de agua de hielo, agua pura de glaciar andino, serpentea, bajando desde los lados donde está Warawarani, la mina con el nombre más lindo de todos (algo así como “lugar de muchas estrellas”, mina del cielo estrellado, casi puedes tocarlo de tan alto que te encuentras…), un río como serpiente que baja para perderse en las honduras de la selva, que está allá abajo, insinuándose en el olor de la niebla que sube desde sus profundidades y lo va cubriendo todo… Miras alrededor: montañas y más montañas, montañas negras y azules, montañas verdes… casas y cercos de piedra, manchones de queñua roja, y cuando el paisaje ruge en tus venas, el Sebastián agrega:

-Pero… ¡todo hay! ¿Acaso no lo ves?

Un acullico –el ámbito de reflexión, comunión y auto conciencia que propicia compartir la hoja de coca- sella la bienvenida. En Puina, a veces no hay comida. Duro es vivir en medio de las montañas, donde sólo puedes cosechar la papa amarga, donde no hay caminos que te acerquen, donde si bajas a querer plantar maíz puede comerte el tigre… Puede no haber comida pero hay todo, ¿acaso no lo ves?

¿Qué dirá hoy mi amigo Sebastián Durán, allá en la perdida Puina? ¿Cómo habrá amanecido? Seguro que está lloviendo. Llueve, llueve y llueve todos los días de todos los veranos y se sufre más en el corazón de los Andes orientales pero también hay alegrías: los pichones de las wallatas siguen a su madre, la altiva hembra del ganso andino. A lo mejor, salió el sol. A lo mejor, no salió pero él, el Sebastián, lo está sintiendo salir, lo está sintiendo latir junto a su corazón. Un sol de esperanza. Un sol de justicia, de justicia histórica y también -¿por qué no?- de justicia para los comunarios de Puina, que estarán allá, en las inmensidades más estremecedoras del planeta, menos solos y más cerca. Cerca de nuestro corazón, cerca de nuestra esperanza, cerca de nuestro propio deseo de justicia.

Mañana en Tiwanaku, el rito signará el inicio de una nueva historia para Sebastián Durán, para los comunarios de Puina, para todos los pueblos indígenas de Bolivia, para los pueblos originarios del mundo entero.

Pasado mañana, en Chuquiago Marka, un indio del ayllu Isallavi del cantón Orinoca, jurará como Presidente de la República de Bolivia.

¿Qué dirá, que estará diciendo, Sebastián? ¿Qué sentirá? Vuelo con mi sentimiento hasta tu casa de piedra y te abrazo, hermano en el alma, y nos abrazamos tanto que ya nadie nunca más podrá separarnos. La historia que empieza mañana debe ser la historia de todos. Que nadie se sienta ajeno. Todos a celebrar con la fe intacta y el compromiso a flor de piel, la toma de mando del compañero presidente. Un indio conduciendo el poder: las montañas se sacudirán mañana, los ríos correrán más fuerte, el viento agitará la memoria y la emoción te dará escalofríos porque soplará a tu oído: Inkarrí, Inkarrí, Inkarrí…