Es de noche, acabo de comer mi cena -caliente la comida, caliente la casa- enciendo el computador y empiezo a teclear: los Yuqui se están muriendo.

Los dientes se me alargan como diría Miguel, se eriza mi piel, se está erizando pensando lo fácil que es anotar esas palabras. Tengo todo para hacerlo y ellos no tienen nada y lo peor: se están muriendo, arrasados por un hongo del demonio que los estraga y la tuberculosis (que también mataba a los obreros) que no quiere que vivan más.

Entonces, vuela mi corazón hasta Chimoré, hasta el asentamiento donde otros los forzaron a vivir, a vivir tan mal que ahora se están muriendo: los devasta la enfermedad pero no sólo eso. Los hace sucumbir el desarraigo, el alcohol, la negación de su identidad, el hambre, la imposición que sufrieron.

Si de algo sirven los computadores, poder comer bien, vivir seguro, y todo lo que puede resumirlo como sistema de convivencia ?llamémoslo democracia- es el respeto y el valor que le asignamos a la diversidad. Todos somos iguales en la diferencia. Todos. Y todos somos valiosos, más aún los Yuqui ¡que se están muriendo, carajo!

Vuelo más allá, más atrás, más adentro: cuando los Yuqui eran libres, cuando vivían de acuerdo a sus conocimientos y sus tradiciones, cuando no se estaban muriendo como ahora.

Me los imagino sedientos de fe en sí mismos: por algo algunos han pretendido estigmatizarlos, escribiendo que “no conocían ningún método para encender fuego” para considerarlos uno de los pueblos más “primitivos” del planeta. Eso justificó la acción de los pretendidamente “civilizados”: así los obligaron a vivir contra sus principios ?en nombre de Dios, claro- y vivir en contra de los principios en los cuales uno cree, se sabe, es la forma más trágica de ir muriéndose de a poco.

Eso sucede con los Yuqui: ¿cómo puedes sobrevivir si alguien te roba el alma? El alma Yuqui era la selva y sus espíritus, era el caminar y los dioses que te amparan en la travesía, era la libertad.

Hoy, recluidos en una cárcel virtual pero no menos real, se están muriendo, se están muriendo y yo tecleando en la computadora del dichoso siglo XXI. El asqueroso siglo donde una globalización a cañonazos pretende imponer una cultura única: la de la comida que te mata y la televisión que te anestesia. No más Yuqui, no más irakíes, a menos que se sometan y se traguen Burguer King y se enchufen a la CNN.

Al grano: no debemos permitir que un pueblo entero desaparezca. Arde París y por algo es: no podemos aceptar que un nuevo etnocidio se produzca en pleno siglo XXI. No debemos ni podemos aceptar no sólo la situación actual que padecen los Yuqui sino también la que involucra a otros pueblos que son parte de la Bolivia profunda ?de ese país que no miramos porque no queremos ver- como son los Araona, los Pacaguara, los Yaminagua, los Ayoreo. Si no tomamos conciencia de la gravedad del asunto ?esto es: de la necesidad de preservar la vida y la identidad de muchos de nuestros pueblos originarios- estos desaparecerán de manera irremediable en pocos años.

Esto sería una tragedia sin atenuantes y algo que debería avergonzarnos de antemano. Parafraseando a Drummond, un pueblo son todos los pueblos. Cada vez que un pueblo originario desapareció ?me sacuden la memoria los últimos fueguinos-, la humanidad no sólo perdió una parte sustantiva de su acervo histórico, la experiencia vital de aquellos que ocupaban un determinado territorio desde siempre y por ello conocían sus latidos como ninguno; cuando un grupo humano y su cultura desaparecen para siempre, la especie humana ?un hombre son todos los hombres decía el gran poeta brasileño- no sólo pierde su historia sino su dignidad.

No debe haber pretexto ?ni la crítica situación que padecemos todos en países como el nuestro ?gracias a ese poder hegemónico absurdo que se caga en los matices porque lo suyo es siempre verde, no verde de naturaleza sino del maldito dólar- ni menos la estúpida supervivencia del racismo y de las teorías darwinistas de sobrevivencia social frente al avance de esa pretendida modernidad- que justifique que no se realicen todas las acciones posibles para evitar esta nueva hecatombe étnica en ciernes, para impedir que tengamos que informar que el último yuqui ha muerto.

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Un excepcional reportaje (1) firmado por Guísela López y anunciado en la portada de la edición dominical de El Deber, el periódico más prestigioso de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, nos ha alertado de las terribles enfermedades que se están devorando a la población Yuqui en medio de una pavorosa situación sociocultural que, como siempre, demuestra aquello de que las minorías indígenas son los más pobres entre los pobres del planeta. Son los verdaderos condenados de la tierra.

Si esto que escribo tiene algún valor, es para sumar voluntades y acciones concretas para salvar a los Yuqui de este final anunciado. Sé que ahora hay muchos que ya se están moviendo para que eso no suceda ?son amigos, son funcionarios del gobierno, son seres humanos- pero se precisa más: más acción y más voluntad.

Los Yuqui son nuestra historia, nuestra memoria y son nuestra dignidad. Un pueblo son todos los pueblos, un hombre son todos los hombres. Los Yuqui deberíamos ser todos. Todos somos Yuqui.

La noche es más profunda aún. Los ruidos de la calle han dejado de existir y las estrellas son las únicas que me acompañan. Busco acabar este artículo para luego apagar la computadora e irme a dormir a mi cama. Caliente y segura. Lo único que me animo a escribir es: los Yuqui se están muriendo. Hagamos algo pero hagámoslo ahora antes de que sea demasiado tarde para hacer cualquier cosa. Todos somos Yuqui.

Nota

(1) Ver en www.eldeber.com.bo , las ediciones del domingo 6 y el lunes 7 de Noviembre de 2005