?Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un
grito que no era más que un suspiro: ´¡Ah, el horror! ¡El horror!´?
Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas

Ruido de motosierras cortando madera; gente transportando madera por el río;
una playa del mismo río llena de tablones de madera aserrados; gente trabajando
en esa misma playa cortando otros tablones de madera; gente navegando el río
llevando combustible para las motosierras que cortan madera; gente que navega el
río y que cuando uno pregunta quienes son, otra gente con naturalidad contesta:
?son tabloneros?, es decir gente que se dedica a hacer tablas de madera;
camiones que atravesaban la selva en medio de la noche transportando madera.

Usando la motosierra

Luego de detectar al grupo de madereros, bajamos a la playa
misma donde estos se hallaban trabajando. Ellos no
advirtieron nuestra presencia y reiniciaron sus labores
frente a nuestras cámaras. La fotografía fue tomada con
teleobjetivo y a una distancia de más o menos cuatrocientos
metros.

Eso estaba pasando en San Fermín. Cuando llegamos allí el 2001, fuimos los
primeros en internarnos más allá de la desembocadura del Colorado, buscando
indicios del noruego. Nadie se atrevía a bajar el río porque, decían, allá
vivían los ?chunchos?, los ?bárbaros?, los ?chamanes?, los Toromonas. San Fermín
era una comunidad pobre, pobrísima pero digna, donde celebramos juntos el 6 de
agosto, el día de la patria, y todos nos esperanzamos de que, algún día, alguien
se acordaría de que eso también era Bolivia. Llevamos médicos, glucantine para
curar a la lepra, un panel solar, una radio, la primera batería, alimentos. A
principios del 2003, ?Pancho? Novak que era el Subprefecto, llevó los juguetes
para los niños que habíamos recogido con Mateo y con la ?Negra? Edith. Todo está
publicado para que nadie pueda dudar de nuestro compromiso: aunque estaba
aislada y sola, la comunidad de San Fermín era parte de nuestros corazones.
Ahora, la aldea perdida se había convertido en un infierno que todos deberían
observar en el mapa: en el corazón del tan mentado ?corredor Vilcabamba-Amboró?,
hay una herida que si no cicatriza pronto, gangrenará los montes y los ríos. Eso
también piensan en el Bahuaja Sonene: si no se para la sangría de la mara, ya
vendrá la orgía de la coca, y sólo tendremos otra linda historia trágica para
contar?
Por eso, y por mucho más, la sorpresa se transformaba en desconfianza en
cuestión de segundos: ¿qué hacen estos cojudos aquí? No estábamos invitados a la
fiesta del saqueo de la mara y el cedro, no éramos una presencia deseable, mas
cuando veníamos ?armados? de Nikons, de decenas de rollos fotográficos y con un
solo objetivo: documentar, buscar evidencias. Queríamos saber de Lars, de sus
huellas, y de las marcas de los antiguos: los Toromonas o quienes sean. Ni modo:
una guerra oculta y de alta intensidad se cruzó entre nuestro deseo y la brutal
realidad de ver al Parque Madidi convertido en un aserradero. Se lo dije al
guardaparque del puesto: te voy a denunciar, y voy a denunciar a tus jefes, al
ministro del área, a quien deba, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Se
llenan la boca con el ?Madidi, patrimonio natural de la humanidad? y Madidi, mis
amigos, en el sector San Fermín, en su rincón más desconocido y más olvidado, es
un espejo sucio donde mirar cómo se manejan las tan controvertidas ?áreas
protegidas?. Dejen de mentirle al mundo, dejen de mentirnos: si quieren
preservar la naturaleza de verdad, dejen a un lado su hipocresía y abran su
billetera para que la gente que vive en la selva tenga ?ni soñar con vuestras
vagonetas, ni vuestras mansiones, ni los miles de dólares en sus cuentas-, pero
al menos la gente de la selva tenga una vida como la dignidad que siempre han
tenido (eso preservó la selva hasta ahora y no ustedes) pero que gracias a
vuestra ceguera burocrática, a su falta de sensibilidad social, están dejando a
un lado para talar árboles y poder comer.
¿Qué hace el estado, el gobierno frente a esto? Lo encubre, se desentiende.
¿San Fermín queda en Perú, Sra. Ministra? ¿Qué hacen las ONGs que prostituyen
monitos bolivianos en casinos norteamericanos? Nada, allí no hay hoteles ni
aeropuertos ni caminos donde llegar en sus fabulosas 4×4. ¿Qué hace la
cooperación internacional financiando un sistema inviable y para colmo,
corrupto? Abran los ojos, señores: vean en lo que han convertido al Madidi. Con
respeto, deberían dejar que sean las propias comunidades indígenas las que
administren ese patrimonio que debería pertenecer a los bolivianos y no a seres
alienados (y a sus chaperones locales) que vienen a hacer el papel de sheriffs
en la jungla cuando no dicen nada de las atrocidades que hace su presidente
George W. Bush en su propio país, en Alaska.
Salimos de San Fermín asqueados y horrorizados pero con las convicciones más
firmes: ahora más que nunca hay que saber si vive o no un grupo indígena aislado
al interior del valle del río Colorado y las cabeceras del Heath. Hay que
probarlo porque la presión sobre el territorio en busca de la mara puede
desembocar en una tragedia: en la masacre y el genocidio de tal vez el último
pueblo amazónico no contactado, sean los legendarios Toromonas o quienes sean.
Es una cuestión de vida o muerte; una cuestión de solidaridad y dignidad: un
asunto que alude a lo más básico. Ni más ni menos que la condición humana.