El 15 de septiembre del año 2000 se puso en marcha, desde el Kilómetro O de la Plaza Murillo de la Ciudad de La Paz, la primera versión de este emprendimiento que bautizamos como Expedición Madidi.

Ese día, una compacta caravana de vagonetas ?donde se abigarraban periodistas nacionales y extranjeros, funcionarios del gobierno, el equipo logístico de apoyo y los propios expedicionarios- inició su recorrido con destino final hasta la localidad de Pelechuco, en el corazón de la cordillera de Apolobamba, desde donde se iniciaría tres días después la caminata.

Ese día, como hoy en el altiplano y las altas montañas, el clima signó la travesía y los sobrecogidos viajeros cruzaron la imponente apacheta del Katantika, el cerro tutelar de los pobladores de Pelechuco y sus comunidades originarias, en medio de una espectacular nevada.

Recuerdo los rostros alucinados de los participantes, esa noche en los brindis de bienvenida, tras haber cruzado ese paso a casi cinco mil metros de altura ?ese portal que, en la cartografía, nos introducía a la selva más vasta del planeta Tierra. Y sin embargo: era así, la selva estaba ahí, intacta e invencible, derramándose del otro lado de la montaña (que cobijaba en su seno, los glaciares que nutren el cauce del emblemático río Tuichi) donde nevaba y nevaba.

Al otro día, coronados por un sol esperanzador que hacía brillar la nieve que lo cubría todo, volvimos a trepar hasta el paso del Katantika para empezar oficialmente la expedición en el territorio y hacer lo que todo hombre bien nacido debe hacer si quiere acceder a alguno: pedimos licencia y protección a la Santa Madre Tierra, a la Pachamama. Lo hicimos ofreciendo una wilancha ?el sacrificio ritual de una llama. La ofrenda estuvo a cargo del mallku y los jilakatas, las máximas autoridades originarias de la región. Bebimos la sangre del animal y yo pedí permiso para ch´allarme las rodillas. Necesitaba bendecir mis piernas porque sabía, el Katantika me lo estaba diciendo, la tierra me lo estaba diciendo, que lo nuestro era caminar, caminar y caminar y que si le metíamos voluntad y amor a la causa que nos propusimos desde un principio, llegaríamos lejos, tal vez donde nunca habíamos pensado que podíamos llegar.

Así empezó esta historia que ya cumple un lustro. Los periodistas se retornaron y nosotros ?los miembros del primer grupo expedicionario: el guardaparque de origen Leco Radamir Sevillanos, el guardaparque de origen tacana Benito Cuili, el director de video José Miranda, el fotógrafo Yuri Román y quien escribe- nos quedamos solos recuperándonos de la emoción y de la fiesta en la montañesa Pelechuco.

¿Por qué habíamos llegado hasta allí? ¿Cuáles eran los motivos, cuál la causa? Con un grupo de análisis y de apoyo ?donde debo mencionar a Gonzalo “Dólar” Guzmán, Felipe Hartmann, el orureño Ricardo Solís (futuro expedicionario y núcleo de acero de la Expedición Madidi) y varios más- concluimos que la única manera de promover una toma de conciencia acerca de la necesidad de integrar la totalidad del territorio boliviano, especialmente sus zonas fronterizas y sus regiones más aisladas, era interviniendo en ellas, darlas a conocer, mostrarlas, más allá de los obstáculos (por algo, en pleno siglo XXI, siguen siendo aisladas), más allá de los riesgos personales que estas acciones podían acarrearnos. Tuvimos en la mente, desde un inicio, una frase que coronó un informe sobre otra expedición encabezada esta vez por el propio coronel José Manuel Pando ?un explorador boliviano, cuyas huellas íbamos a seguir cien años después: “Es inútil que le hable de todos mis padecimientos y fatigas; solo se debe recordar el objeto al cual nos consagramos y el fruto que reportará el país de nuestro esfuerzo” (José Manuel Pando. Carta a Manuel Vicente Ballivián, Tumupasa, 10 de octubre de 1897).

Por ello, sobre nuestra ansía de exploración geográfica, de investigación etnográfica y arqueológica, de nuestro espíritu humanitario de solidaridad y compromiso con los pueblos indígenas y la gente de esos extremos de nuestro territorio, pusimos siempre una premisa que guió nuestros pasos y nuestras acciones: Bolivia.

Sencillamente, cinco años después, a todos quienes han participado y participan de este esfuerzo de estudio, imaginación, logística y búsqueda permanente de concreción en resultados visibles, nos queda claro que sólo lo hacemos por eso: por Bolivia y por esa su gente que afirma día a día su soberanía y su razón de ser allí donde la Patria son sólo ellos y este sentimiento, allí donde la Patria son sólo los moradores de Puina, de Cocos, de Puerto San Fermín, por ellos caminamos, por ellos actuamos, con ellos nos comprometemos y nadie lo dude: lo seguiremos haciendo.

Tal vez por eso, la Cámara de Diputados de la República, declaró dos veces a la Expedición Madidi como “de Interés Nacional”, el 2001 y recién, el 8 de septiembre del presente año, cuando de manera lamentable nos vemos involucrados en un caso de plagio de las propias expediciones por parte de una escritora española y una editorial que han hecho millones de dólares con nuestra historia y la historia de esos habitantes de la selva profunda.

Tal vez por eso, el 2003, incorporamos a nuestras filas ?por primera vez y esperemos no sea la última- a un propio diputado de la nación, el Dr. José Luis Ríos Cambeses, representante joven de este nuestro departamento de La Paz, quien valientemente atravesó varias veces, yendo y viniendo, la cordillera de Apolobamba, arribando al Hito 26 Ichocorpa donde hicimos flamear la bandera boliviana.

Esa vez bautizamos la expedición también en homenaje al héroe leco de la Guerra de la Independencia, Santos Pariamo. Fue la Expedición Madidi 3/ Santos Pariamo. Queríamos honrar al indomable guerrero de la republiqueta de Larecaja, a aquel que nunca se rindió frente al enemigo, a aquel que prefirió inmolarse a entregarse vivo, a aquel que sintetiza el valor de los hombres y mujeres de ese Norte fuerte, de ese Norte bravío, de ese Norte tenaz, de ese Norte que es nuestro Norte: el Norte de La Paz, el Norte amazónico, el Norte del presente de la expedición pero también de un futuro distinto para todos.

Porque, de una cosa estamos convencidos -y aquí quiero honrar a nuestro entrañable asesor etnográfico, el Lic. Álvaro Díez Astete, otro de los miembros emblema de la expedición y con quien estudiamos a fondo estos temas- cuando volvamos a juntar las tierras altas con las tierras bajas, cuando volvamos a reconocernos en esa historia compartida entre las culturas de los Andes y las culturas de la Amazonía, cuando se produzca el tinku, el encuentro, en un taipy de una energía arrasadora, seremos mejores, seremos más dignos, seremos más justos.

Ojalá que sigamos abriendo los corazones a esa verdad escrita en el hielo de los cerros y en el verde ardoroso de la foresta: Bolivia es una sola, América es una sola, cada habitante de las pampas, de la manigua, de la altiplanicie lleva en su piel y en sus entrañas la marca de una patria de hermanos, de compañeros, de seres tan puros y tan generosos que no miento cuando afirmo que en Puina, que en Mojos, que en San Fermín, no sólo está mi Patria sino también están mi casa, mi río, mis amigos. ¡Volveremos carajo! Siempre volveremos.