Si hay un cineasta que desafió todas las reglas y rompió todos los límites, ese cineasta es Werner Herzog. Filmó sus películas en el corazón de la selva amazónica, encima de las cumbres de piedra de la Patagonia, entre los manglares infectos de África. La tiene clara: “Me iría a Marte si fuera para encontrar imágenes puras, ya que en esta tierra no es fácil encontrarlas”.

La primera película que devoré de este alemán indomable fue Aguirre, la ira de Dios: la historia de uno como él, un personaje maldito y estigmatizado por la historia: Lope de Aguirre, “el traidor” (según Herzog, ¡buen nombre para una banda de rock!). Esas imágenes de los soldados españoles y sus obligados acompañantes indios bajando la montaña sumergidos en el bosque de nubes, con la mística música del grupo Popol Vuh acompañándolos, no sólo eran intimidatorias, sino embriagantes, estremecedoras, únicas. Pensé: al fin, alguien hace de la imagen en movimiento, una épica, recuperando la historia y el territorio. Al fin, una película con sangre de verdad, no con ketchup como las que hace Mel Gibson.

Como es lógico suponer, cuando después me aluciné con Fitzcarraldo -basada también en otro personaje real, Isaías Fermín Fitzcarrald, uno de los barones de la época del auge de la explotación del caucho en Sudamérica-, terminé de convencerme de que Herzog, el director de ambas cintas, estaba rematadamente loco y que el arte mayor del siglo XX había encontrado a su Mesías, a su Rimbaud, a su Mao Tse Tung, a un genio. Había encontrado a Herzog.

Una infancia feliz

Nació en Munich, Baviera, el 5 de septiembre de 1942, bajo el signo de la obsesión y en medio de la II Guerra Mundial cuando el astrólogo artliano Adolfo Hitler ya había embarcado a Alemania en una aventura de su mente: conquistar al mundo. En verdad, Alemania ha sido pródiga en brindarnos íconos demoledores, signados por el todo o nada: Schopenhauer, Nietzsche, Wagner, Baader & Meinhof. De todos ellos, sólo queda Herzog. Los demás murieron trastornados, desolados o fusilados.

Cuando tenía apenas dos semanas de edad, la casa de sus padres fue derribada por una bomba y los Herzog tomaron una sana decisión: se fueron a vivir a las montañas (esas mismas donde vive Heidi), uno de los últimos reductos a donde llegaron los norteamericanos cuando “liberaron” a los alemanes del Tercer Reich.

Herzog vio como los soldados nazis huían, se quitaban el uniforme, arrojaban sus armas y corrían a través de los árboles. El propio Werner contó sus recuerdos: “Cuando niños, jugábamos con ametralladoras que encontrábamos en el bosque. En verdad fue peligroso; mi madre vivía atemorizada, pero yo tuve una infancia feliz. Otros niños de mi generación que crecieron en ciudades bombardeadas, también tuvieron una infancia dichosa. Crecieron entre las ruinas. Pandillas de chicos tenían para ellos manzanas enteras de casas totalmente destruidas por las bombas. Ahí establecían sus imperios”.

Ese clima psíquico define bien la marca Herzog: riesgo, ruinas, imperios, felicidad. Es verdad: no hay nada genuino que no nazca del derrumbe. Siempre ha sido así, los conservadores sólo producen una sola cosa: mierda, más de lo mismo, esterilidad.

El adolescente Herzog siguió viviendo en las montañas, aislado, era él mismo su futuro Kaspar Hauser: hasta los doce años, por ejemplo, desconoció la existencia del cinematógrafo, ni nunca había visto alguna de esas máquinas que popularizó Ford. Un año después, conoció esas frutas esféricas llamadas naranjas, pero a los quince años, ya estaba escribiendo su primer guión. Dos años después, hizo su primera llamada telefónica; a los 21, produjo su primera película con el dinero ahorrado trabajando de soldador en una fábrica. Una buena síntesis de esta etapa es su convicción de que los niños son los únicos idealistas y que la sociedad burguesa sólo produce inmovilidad, prejuicio y muerte. El enigma de Kaspar Hauser, uno de sus primeros filmes, trabaja sobre esas coordenadas.

Caminando

Un día de invierno de 1974, un amigo lo llamó por teléfono y le comunicó que Lotte Eisner, una de las fundadoras del cine alemán, estaba postrada y muy enferma y que sin duda iba a morirse en París, donde radicaba. Herzog tomó su mejor chaqueta abrigada y arrancó desde Munich, por la carretera, a pie rumbo a la capital de Francia. Estaba convencido que si llegaba caminando hasta su lecho, y podía verla, la Eisnerin ?apodo con que Bertold Brecha bautizó a Eisner- no se moriría, al menos “no en este momento. El cine alemán no podía prescindir todavía de ella, no debíamos permitir que muriera”. Y se largó al camino en pleno invierno centroeuropeo.

Nieve, nieve, nieve: su diario de marcha lo tituló Del caminar sobre el hielo y es uno de esos papeles salvajes que uno siempre agradece cuando lo tiene delante de los ojos: narra la peripecia ?a través del agua, la bruma, la tormenta feroz, los bares de las autopistas- de un gesto que nos enaltece a todos ya que restituye y otorga plenitud a la condición humana. Caminar para que alguien no muera: magia pura, de esa que sana las heridas de esta modernidad absurda. Cuando entendamos que no debemos hacer otra cosa que lo dicte nuestro corazón, vamos a empezar a reconocernos como seres humanos.

Por eso, caminar y los mapas, sin dudas: pasión herzoniana. Su obra fílmica también puede ser leída así: como una cartografía de los confines, como una travesía hacia los límites que no se acaba nunca.

Filmó Cobra Verde en África ?las escenas con las miles de guerreras desnudas son espeluznantes e invencibles- en base al libro El virrey de Ouidah, escrito por otro gran caminante y otro gran cabrón como era Bruce Chatwin. Su primer viaje a pie lo hizo hasta Albania, cuando estaba gobernada por el inclasificable Enver Hodja y el país se había convertido en una isla maoísta en medio de los Balcanes, aislada incluso de sus vecinos (¿Recuerdan Radio Tirana? La guerra fría, los espías, ¡qué lindo?!): Herzog ingresó al país escabulléndose por las montañas.

Llegó a París ?tras casi un mes de caminata- y fue a ver a la Eisner. La secuencia es así: recordó sus andanzas en la sierra y deseó cueca, arpa peruana, anotó “un alma llena de grasa” (¿una alusión a Viracocha?) y fue a verla. Se sentó junto a ella: tenía las piernas reventadas. Turbado, exclamó: “juntos, coceremos un fuego y detendremos los peces”. Ella lo atravesó con la mirada y le sonrío. Los finales, a veces, no son todos iguales. Le dijo: “abra la ventana, desde hace unos días puedo volar”.

En la edición española del libro, nadie cuenta qué pasó con la Sra. Eisner. Lo leí años después en un reportaje: vivió nueve años más y murió a una edad de 89 o 90 años. Herzog acotó en la entrevista: “Las cosas decisivas siempre las he hecho a pie”. Sé que hay otro diario, el de la filmación de Fitzcarraldo, y que hay fragmentos circulando por ahí. Yo no les he leído. Si alguien los tiene, no dude en fotocopiarlos y enviármelos.

Anti Hollywood

Lo que si halagó mis sentidos es el documental sobre el citado rodaje. Otro alemán de mi vida, mi amigo Lucero Villalba Hagelstange, me obsequió con la joya: una copia en video para computadora que sí tengo conmigo. Sería bueno, organizar una velada para verlo. Es un deleite, en especial para quien conoce la selva, la selva dura y pura, esa que sólo sobrevive en grandes extensiones solamente en nuestro continente y que los gringos, como siempre, quieren apropiársela y, como siempre, a la mala. Allí está toda la crew, empezando por el protagonista del filme, el actor y también germano Klaus Kinski, una especie de alter ego de Herzog: en medio de la nada verde, a orillas de un río sin nombre ?como el río donde mataron al poeta Javier Heraud-, en medio de una “champa” guerra entre las tribus. Herzog trata de interceder entre los antagonistas pero después advierte que, para los indígenas de la Amazonía, guerra es guerra, guerra son flechas volando embraveciendo el aire y guerra son rituales: magia para debilitar al enemigo, hacer retroceder a los guerreros.

Herzog declaró que nadie creía en ese proyecto; lo consideraban irracional. Pero el tipo no se amilanó: “Ya dijeron algo parecido cuando empecé Aguirre? en los mismos escenarios naturales del Perú; y aquella empresa no tenía punto de comparación con ésta, uno de los trabajos más difíciles y desesperados de la historia del cine. A su lado, Apocalypse Now (nota: Francis Ford Coppola, 1979) fue un juego de niños. Me gasté en ello todo mi dinero: un millón de dólares. Me he quedado sin camisa… sin contar las condiciones sumarias de trabajo que hemos tenido que soportar, pasando incluso hambre. Pero he tenido la satisfacción de tener nuevamente conmigo a un actor tan asombroso y completo como Klaus Kinski”. Contigo: pan y cebolla y contigo la guerra, el vino y las rosas.

Desde ya, un samurai como Herzog no podía quedarse mudo ante la imbecilidad por kilómetros de celuloide que vomita el argos del cine: “en cuanto al rodaje de Fitzcarraldo podría haber hecho como en los filmes de Hollywood: mentir y ahorrarme, mediante maquetas y un decorado, los horrores del rodaje en plena selva y el enfrentarme con los problemas reales de semejante empeño. Pero creo que si los espectadores se sienten impresionados por el transporte del barco montaña arriba es porque saben que se trata de algo real y no truqueado. Quiero que los espectadores recobren la confianza en lo que ven sus ojos”. Ya te he dicho: apagá el televisor y dejá de ver esas películas made in USA que lo único que te producen es diarrea en el cerebro. Y la diarrea cerebral, no tiene cura.

Ser o no ser; todo o nada

Con semejantes antecedentes que hemos revisado a vuelo de pájaro ?Herzog merece mucho más. Me acuerdo de El grito de piedra: se me eriza la piel- la filosofía del alemán no podía ser sino un rosario de esas verdades que sólo se aprenden en la calle, en la guerrilla, en la perra vida.

Esto es genial y resume una pedagogía: “No creo en escuelas de cine, no existen escuelas de poesía, he pensado varias veces en fundar una escuela de cine, pero hay que poner en las solicitudes que los alumnos hayan andado a pie una distancia de al menos mil kilómetros. Una escuela tiene que incluir lo evidente, hay que ser ladrón, hay que tener energía criminal, tienen que aprender a falsificar documentos, cómo abrir puertas, cómo robar un coche, hacer algo físico como el boxeo o el fútbol, eso seria una escuela de películas mas adecuada a la situación real de lo que es hacer cine”. Herzog es un autodidacta: su mundo es su invención. Por eso, es arte pero también algo mejor: es pura pasión, el mejor blues, el rock and roll perfecto.

Esto es otra perla, un cross a la mandíbula como quería Roberto: “El cine no es un arte de escolares, sino de iletrados, y la cultura fílmica no es análisis, es agitación de la mente. Las películas nacieron de las ferias de pueblo y de los circos, no del arte y del academicismo.” ¡Gulp!

A ver cómo le encuentro un final a este artículo furioso. Dale.

Uno. Un jueguito boludo al revés. Si un dios perverso, me condenase a vivir en una megapolis ?”Cuando miro aquí afuera, toda esta edificado, las imágenes no tiene espacio?” W.H. dixit-, si eso sucediese y debiese llevar tres libros, listo: me llevaría Moby Dick y las dos películas de Herzog que más quiero: Aguirre y Fitzcarraldo y ¡trampa!, me llevaría todos los libros de Arlt que pudiera, escondidos en una valija, para organizar la resistencia.

Otro final. Como todo buen genio de la cultura occidental, el tipo es un soberbio, ¿y qué? Eso de irse a Marte (se lo dijo a Wim Wenders)? eso de no encontrar imágenes puras? ¡Vení a Bolivia, Werner! ¿No sería fantástico que Herzog desembarcase para hacer una de sus pelis en el salar de Tunupa, en las montañas de Apolobamba, en las selvas de los chunchos, en los desiertos de los Lípez? Si alguien lo encuentra, que le avise que aquí estamos.

No hay dos sin tres: contra la mariconada del mundo, Neruda, John Lennon, los depredadores estilo Bush y los ecologistas; un planeta dionisíaco y salvaje, Arlt, Jimmy Hendrix, el “chueco” Céspedes y Herzog. Simplemente Herzog.