Todos los nombres marcan pero hay algunos que marcan más que otros: mi amigo se llama Juvenal y es así, tal cual: un tipo siempre activo, vital, un concentrado de esa etapa de la vida ?no necesariamente cronológica- pero que siempre sabe a vino, rosas y glorias y dicha, mi eterno Juvenal. Ahora que el correo electrónico puede amplificar tu personalidad y brindarte una segunda identidad, mi amigo eligió rebautizarse en el mundo virtual con otra certera prueba de reafirmación de su identidad: es el ?chuncho? Mercado; es el ?chuncho? Juvenal.

Lo conocí, como no podía ser de otra manera, en una pascana del camino, en la mitad de una travesía ?que es como decir en la mitad de la vida- y allí estaba Juvenal, sentado en la mesa de enfrente y nosotros, cervezas mediante, hablando de lo bueno y lo útil que sería visitar al alcalde de esa población de ensueño, incrustada entre unas montañas temibles que se llaman Vianako, Chichanako y Kapuna, a orillas de ese río bravo conocido como Inambari; de esa población de ensueño, decía, a la cual estábamos emocionados por haber llegado y que figura en los mapas como Sandia.

Sandia: en el límite entre los dos mundos, a caballo entre los Andes que se chorrean, aguas abajo, hacia la Amazonía. Sandia, la otrora gran capital del kurakazgo mayor de los Kallawayas, Hatun Carabaya, cuando estábamos todos unidos y no atrincherados en las costas. Los españoles la condenaron al aislamiento y a la frontera. Sin embargo, Sandia se divertía en grande, en especial cuando llegaban los selvícolas, “los chunchos”, con sus rescates a mercar machetes por guacamayos, hachas por cacao, chalona por el oro que tanto buscaban los europeos. Por allí, Cosme Bueno, por la zona o más adentro, situaba a la desaparecida Villa Imperial de San Juan del Oro: la historia de una urbe quimérica que un día fue devorada por el tiempo y por la selva, al estilo de esas ciudades del Asia tragadas por la arena, como contó, por esos lados, Marco Polo. Desde allí, partió el sabio Raimondi cuando llegó hasta el también mítico confín de Putina Punco? hoy, esos sitios son mojones de una penetracióndesordenada en la llamada Selva Sur de Puno encabezada por los incansables aymaras de Azángaro, de Huancané, de Moho; hoy, en la cartografía del alma, son los lugares donde aguardan nuevos amigos como el inescrutable Emerson, el cura Gabriel? y Juvenal.

Entonces, mientras libábamos unas rubias en Sandia, suponiendo que el desconocido alcalde podría colaborarnos en un nuevo intento de atravesar las selvas, como si alguien hubiese dicho “abracadabra”, de la otra mesa, ese ser que andaba empujándole la cuchara a su cena, se levanta y nos dice:

-Mucho gusto. Soy Juvenal Mercado Vilca, alcalde de Sandia, ¿en qué puedo servirles?- y en los ojos del hombre brillaba la fraternidad universal, ese decoro que sólo ilumina a los justos, a los buenos, a los abundosos de corazón. Tras mirarlo segundos como si se tratase de una aparición, sólo fue arrimar una silla y empezar a compartir nuestros anhelos, nuestros afanes, nuestros sueños.

Quiero anotarlo ya para que se sepa: Juvenal no sólo nos apoyó, un año después, con vituallas, alojamiento y transporte; no sólo hizo que nos facilitasen vacunas del hospital local, vacunas peruanas que fueron a prevenir enfermedades en niños bolivianos de las comunidades limítrofes de San Fermín, Lino y Cocos; no sólo nos brindó refugio y su inestimable compañía sino algo que nunca se debe dejar de agradecer: la certeza que nuestra América es una patria de hermanos; hermanos en las tristezas ?la memoria de las masacres, el dolor por la injusticia- pero sobre todo hermanos en las alegrías ?la del reencuentro, la de la amistad, la de la inevitable dignidad que, si luchamos, más temprano que tarde, algún día llegará.

Pasaron los años y yo, extrañándolo. Un día, gracias a la Internet, volvió a aparecer, antes que quien escribe por la bella Sandia. Ahora, el debe estar dando clases en la escuela y yo, aquí, escribiéndole mientras juntos, como ayer, seguimos tejiendo sueños que nos mancomunen, que nos vuelvan a reunir, que construyan esa patria de todos y para todos.

Lo dejó ahí: podría escribir un libro con las historias de Juvenal. ¿Saben qué? Tiene una casa donde la puerta no se cierra nunca a nadie. Si van por Sandia, pregunten por él y listo. Eso sí: le llevan mis saludos.