No me explico el origen, pero he cultivado desde muy joven una idea risueña sobre la muerte, como un gesto de vida de alguien que trata de defenderse de su guadaña jugándole bromas de buena leche. Fruto de esa actitud es mi novela El run run de la calavera, que es la amplificación de un sueño que tuve en mis primeros años de matrimonio. Recuerdo que vi a una doncella vestida de blanco vaporoso que llevaba una delicada guadañita para clausurar el escote en la junta de sus senos. Era tan seductora que no pude resistirme a sus encantos y me incorporé para irme con ella. Me iba ya cuando mi compañera despertó, en mis sueños, y la ahuyentó para mi desconsuelo. De algún modo supe que esa flaca seductora era la muerte, y de pura nostalgia de no haberme ido con ella le escribí una novela de humor y no una elegía, porque el carácter no me da para escribir cosas tristes.

Esta es una tendencia que comparto, en especial, con mi hija Camila, que hace poco concibió una idea conmovedora. Dice que le gustaría fabricarse hoy, a sus 19 años, el ataúd que cobijará su cuerpo en el día postrero. Quiere armar una caja de madera barata, sin la pompa fúnebre de esos armatostes de caoba, con tremendos enchapes de metal que son separados de la caja cuando el fúnebre paralelepípedo entra a la última morada. Y su propósito es pintarla de vivos colores, y pegar en sus paredes fotografías, imágenes, flores, estampas, poemas, cartas y objetos queridos que guarden memoria de sus momentos más felices. Dice que lo exhibiría en una habitación de su casa, como una instalación que al final de su vida tendría la misión de conducirla al más allá.

En esa vena, pienso que es demasiado penoso yacer en un condominio del cementerio y que a los cinco años extraigan tus restos para incinerarlos y trasladarlos a un garzonier más pequeño. Ir a los cementerios es una costumbre de la época de Garrick, actor de la Inglaterra, que va perdiéndose con la vida agitada de nuestros días. Es uso de gente solitaria que desdeña la compañía de los vivos y prefiere el diálogo con los muertos. Por eso instruyo desde hoy a mis hijos que cuando estire mis atribulados pies me incineren de inmediato y guarden mis cenizas hasta el primer turbión del río Rocha. Les pido que convoquen de inmediato a los amigos más queridos al puente de Cala Cala, que es el que más he transitado desde niño, y diluyan mis cenizas en el turbión. Es condición de que todos vayan vestidos de rojo o de vivos colores, que son mis preferidos, y que suene música alegre y haya canilla libre y sonrisas frescas para celebrar mi himeneo con aquella doncella de blanco, a quien cariñosamente la llamamos la Ñatita.

Me gustaría que se respetara mi última voluntad no sólo por mi, sino porque me aflige que el río Rocha, mi pariente más antiguo, no tenga apellido materno. Quizá echando mis cenizas, las nuevas generaciones cambien el estribillo del famoso taquirari “Oh, Cochabamba, querida”, y canten: “El río Rocha Monroy / guarda tu hermoso verdor?”