Tesoro de la cartografía: un punto en un mapa. Una montaña perdida en las profundidades de la selva. Incrustada entre coordenadas que nadie recuerda. El mapa tiene fecha: 1949. Me lo regaló Alan Mesili, el guerrero galo de las cordilleras del Sur. El mapa, ajado. Usado y re contra usado. Con la ayuda de una lupa, encontré el topónimo del título: Cerro Chuncho. ¿Quién lo bautizaría así? ¿El valiente cartógrafo militar que confeccionó la carta? ¿La memoria de los pueblos del pie del monte? Causas y azares: no importa. Tratemos de evocarlo. Busquemos relaciones. Dejemos que, aunque sea en un texto que se perderá en el olvido, el Cerro Chuncho vuelva a ser escrito, vuelva a ser nombrado, vuelva a brillar.

A Juvenal Mercado Vilca, por no olvidar.Los amigos del Rey Jaguar”¡Vienen los chunchos! ¡Vienen los chunchos!”: el grito de los poblanos encerraba un miedo visceral: los chunchos, en el imaginario colonial, en el corsé mental republicano, eran los “salvajes”, los “bárbaros”, los “vándalos” (como dicen ahora los presentadores de TV). Término peyorativo, sesgado, reduccionista. Sin matizar, “chuncho” era el habitante de la selva. Los Incas, como todo poder, los identificaron así. Pero, contra la visión impuesta por la cultura occidental, la relación entre andinos y amazónicos no fue de guerra, de discriminación cultural, de subordinación. No había ?como ahora- esa oposición tajante entre “tierras altas” y “tierras bajas”. Existía el Antisuyu, una de las cuatro partes. “La Montaña” de las primeras crónicas. El territorio del Este, del calor, de la fiebre, del misterio, de la esperanza, del amparo cuando llegaron los otros, cruzando el mar. Antisuyu más la edad media europea: escenario del Paititi, la ciudad áurea, las reinas-mujeres, las Amazonas, eledén.Si recordamos a Guamán Poma, no es difícil entender lo que decimos: en la Nueva Crónica? cuenta la historia del Inka-jaguar, amigo de los chunchos e introductor de la coca en los Andes. Era el sexto monarca de la dinastía cuzqueña: el Inca Roca. Lo describe así: “Fue hombre largo y ancho, fuerte y gran hablón y hablaba con trueno, gran jugador y putaniero (?) conquistó todo Ande Suyo. Dicen que se tornaba otorongo él y su hijo. Y así conquistó todo Chuncho.”. Adviertan: aparte de coloso y culero, el hombre era capaz de volverse jaguar o tigre (otorongo). Un Inca revestido de magia. Un chamán. En definitiva: la innegable influencia amazónica en la mentalidad andina. El tigre sigue siendo un símbolo de fuerza y de máximo poder. Cobrar formas animales es cultura totémica pura y dura: ayahuasca y su poética sagrada. La naturaleza indiferenciada de la cultura, como siempre debió ser.La historia sigue y cautiva: “Este dicho Inga comenzó a comer coca y la prendió en los Andes y así le enseñó a otros indios de este reino. (…) Y dicen que en los Chunchos tiene hijos y casta de este dicho Inga porque más del año residía allá. Y otros dicen que no le conquistó, sino que hizo amistad y compañía.” Ven: no hubo sangre en la floresta; sino unión de los cuerpos, parentesco, tinku entre cóndores y jaguares. La coca para sellar el pacto. De origen amazónico pero símbolo de la herencia cultural andina. Animales y plantas ceremoniales y arquetípicas en las alturas nos sumergen en las honduras del bosque. Los chunchos como intermediarios. Como unos druidas del Antisuyu (¿Los Kallawayas?). Los chunchos: ni tan feroces ni tan temidos. Su nombre bautiza una montaña que podemos leer bajo otras miradas. Sigamos.

La montaña mágicaRituales: un topónimo que recuerda un pasado mitológico. No se llama “Orthon” o “Bautista Saavedra”; se llama Chuncho: permite soñarlo como una mole cargada de misticismo, como un hito dentro de un camino de reencuentro de la identidad, una mirada estética sobre el espacio, el territorio.Relaciones: por ahí, sumergido en el imaginario de los Tacanas, por allí está el elusivo Caquiawaca, la montaña sagrada de los adoradores de Jawaway, el rey de los animales. Al Caquiawaca, nunca se puede llegar. Lo ves a la distancia ?te dicen los cumpas por los lados de San José de Uchupiamonas y de Tumupasa- pero cuando avanzas hacia él, siempre se escapa porque está encantado.Los esposos Shoemaker recogieron esta creencia de todos los Ese Ejjas de las selvas: una montaña llamada Bahuajja es la cumbre sagrada para el conjunto de los clanes. Según los misioneros, la traducción del nombre es “frente redonda”, lo que sugiere un peñón carente de vegetación, un faro en medio del mar verde. Bahuajja es un topónimo que sobrevivió en el tiempo: así llaman los Ese Ejjas que habitan en el Perú al Tambopata, el río bravo que baja de las nieves de Carabaya, como bajó Tunupa con su cruz de chonta. La historia es bella: trepando el Bahuajja, se subía al cielo donde viven los dioses. Para bajar, se utilizaba una soga de algodón. Un día, una mujer celosa masticó la cuerda hasta romperla. La soga cayó en la cumbre de la montaña y si bien se perdió el contacto celestial, “los espíritus de toda la gente buena de los Ese Ejjas vuelven al Bahuajja después de morir y allí ellos pasean cómodamente y pueden ser vistos y oídos por los Ese Ejjas que visitan ese lugar” (Jack y Nola Schoemaker y Dean Arnold: Migraciones de los Ese Ejjas, ILV, Riberalta, 1975).¿El cerro Chuncho habrá sido una montaña sagrada para los Araonas que, según la carta del fraile Ojeda, vivían en sus alrededores? ¿La montaña mágica de los Toromonas, la familia más misteriosa de los grupos Araonas? No lo sabemos y tal vez, nunca lo sepamos. Los geógrafos progresistas dicen que nombrar los accidentes del terreno es la primera manera de apropiarse de él. Es símbolo e identidad cultural. “¡Vienen los chunchos! ¡Vienen los chunchos!”: ojalá que vuelvan para recordarnos?