¡Llegaste jilata! ¡Llegaste kullaka! ¡Llegaste hermano! ¡Llegaste hermana! Desde las profundidades insondables de la pacha, has arribado a La Paz; te has convocado a la sede de gobierno, a la cueva donde el poder se atrinchera, una vez más.

Llegas trayendo esos mensajes que sólo aquel que conoce los arcanos del espacio y del tiempo puede brindar. Llegas desde el confín del desierto, helado, sin hierba, aterrador y llegas también desde la memoria de la memoria de la historia, esa que se alteró sin más el día que, tras cruzar el océano, otros llegaron a avasallarte a sangre y fuego.

Llegaste también desde el valle abrigado donde con tus manos produces el alimento que esta ciudad come todos los días y que nunca, jilata, kullaka, nunca te ha agradecido. Aquellos que comen de tus papas, tus verduras, tu maíz te insultan a tu paso pero se olvidan que a los ingredientes del chairo, los cosechas tú, los traes por tus propios medios hasta los mercados, los malvendes a cualquier precio y a veces ni siquiera eso: los cambias por un par de zapatos ajados para que puedan calzarse tus hijos.

Llegaste también del valle cálido donde siempre con tus manos plantas y cosechas la coca, esa compañera leal e irremplazable no sólo para ti sino, y sobre todo, para los pobres de las ciudades que no tienen que comer, que no tienen cómo curarse, que no tienen.

Llegaste una vez más. Llegaste con tus llagas, con tus hijos. Llegaste cargando tu ajtapi y tu ropa ya que has dicho: me quedaré. La última vez que arribaste fue en octubre, hace dos años, y viniste con los mineros, con los vecinos de El Alto, con los maestros: todo cambió para que no cambie nada. Acabas de llegar, la ciudad que siempre te ha temido, tiembla; busca esconder su miedo, alardeando, insultando, acribillándote con esos gases que hacen llorar. Pero llegaste y dijiste: me quedaré. Quien sabe si esta vez?

¡Llegaste jilata! ¡Llegaste kullaka! ¡Kamisaki! ¡Waliki! ¿Cómo estás? ¡Estoy bien!