Nieves es yatiri. Nieves es una mujerona que irradia una energía especial, mágica, natural. La trajo desde las pampas gélidas, donde el diablo perdió el poncho, cerca de la frontera con Chile, de Achiri, la comunidad aymara donde nació. Allí, donde al agua se la corta en trozos y el sol solito cocina las papas, dos veces le cayó el rayo y no la partió. Era niña, pastora y no sabía nada de dones, menos de los suyos. Ahora, que creció, que es mujer, es yatiri. Es mujer, aymara y yatiri. Warmi yatiri será, warmi yachaj se dice en quechua: mujer sabia, mujer experta. ¿Experta en qué dirán? Experta en algo mucho más importante que programar computadores o dirigir una ONG; Nieves es especialista en comprender a la naturaleza, interpretar sus signos, penetrar sus misterios. Nieves es yatiri.

Para llegar a Achiri no hace falta más que perderse: así lo hicimos una vez nosotros y dormimos en una callejuela del poblacho en silencio porque grave es pernoctar en el descampado, en el mero altiplano: puede aparecer el karisiri ?el devorador de grasa- o el Enorme Toro Negro del que contaba Tizón. Nos congelamos igual ?con Ángel al volante y el “Pepe” Miranda con la cámara- y, al otro día seguimos rumbo a Callapa, a celebrar y grabar en video la fiesta del Tata Santiago, Illapa para los antiguos, el dios más temible del panteón cósmico de los Andes: el rayo, el que si no te parte, te brinda sabiduría, te abre a la percepción. Como le sucedió a Nieves, cuando era niña, en Achiri.

Por estos lados del mundo, las personas que saben no necesitan de los frescos de Miguel Ángel encima de sus cabezas, para sentirse los dueños del mundo. Un yatiri es el dueño del mundo. Pero tan delicada responsabilidad no impide que Nieves la conjugue con su labor de todos los días: vende huevos. Sí, huevos de gallina, esos huevos que sirven para hacer tortillas, esos huevos que le faltan a muchos que se creen los dueños del mundo. Cuando fuimos a buscarla a Villa Fátima, el costado de la ciudad de La Paz que se estira hacia la cumbre y donde ella tiene su negocio de huevos, y hablamos de su Achiri natal, de Pacajes, de esos sitios que parecen tan lejanos, ella me dijo a modo de certificación: “Soy yatiri al estilo de Urcusuyu” y, una vez más, en medio de la noche que brillaba y la confusión de luces de la avenida, caía en cuenta que tenía delante de mí otra prueba que nuestro mapa es el mapa de Guamán Poma ?como quería también Rodolfo Kusch- y no ese torbellino de problemas entre

los cuales vivimos, esas catástrofes anunciadas en cadena que padecemos, esa fragilidad no estimulante que nos rodea: eso que te chorrea en la portada de todos los periódicos: “renunció el presidente de Bolivia”, “quieren cerrar el parlamento”, “las petroleras dicen que no harán más inversiones”. Pura cháchara, vacía y sin sentido para una yatiri del Urcusuyu y para todos los que no han perdido la sensibilidad. Por si acaso, leyendo en la hoja sagrada, aconsejada por la coca, Nieves me dice: “ya se están rebelando y esta bien que se rebelen. Quinientos años han gobernado y hemos visto que no son capaces?”. Hoy, como casi siempre desde que empezó la gran ola levantisca hace ya un lustro, Bolivia arde y la “gente decente” de las ciudades anda exigiendo ?también como siempre- que le paren la mano a esos indios alzados. “Kuti? kuti?” ?repetirá Nieves toda la noche como en un mantra. Cambio, vuelco, vuelco, cambio repetirá toda la noche la reina del Urcusuyu: ¿habrá llegado la hora?

Achiri es Urcusuyu. Urcusuyu es la puna, la región desértica, mineral, con luz potente ?ese sol que raja las piedras-, territorio masculino. Urcusuyu es tal en oposición dinámica con el Umasuyu, es decir el mundo líquido, húmedo, vegetal, oscuro y femenino. Uma y Urco son espacios en torno al eje acuático que forma el Lago Titicaca.

Antes, en el Urcusuyu, vivían los hombres propiamente dichos: los aymaras. Hoy en este país que parece haber perdido el derrotero, hay 6 millones de indios que buscan ser reconocidos por lo que son, no por lo que otros quieren que ellos sean. Hay algunos entre ellos que ya plantean el rediseño del territorio, volviendo a las disposiciones que tenían que ver con un ordenamiento natural y no con esos artificios que son nuestras naciones, divididas entre ellas y segregadas de la naturaleza por imposiciones que vienen de afuera. Volver al Urco y al Uma, “ecologías y ecosistemas de producción interaccionados y complementarios” (mi amigo Simón Yampara dixit) para reencontrar el camino de la vida plena.

Final y digo: ¿qué saben en Washington acerca de Achiri? Pero peor: ¿qué saben, aquí en La Paz, en la plaza mayor, en los ministerios, en esas oficinas tristes, en las oficinas lujosas de las ONGs, qué saben de Achiri, de lo que siente la gente de Achiri? No saben nada pero no importa. Nieves, la reina del Urcusuyu, se ríe y me dice: “No desesperes, Pablo. Si tú la respetas, si tú la quieres, la Pachamama nunca abandona a sus hijos. Ya llegará?”. Ya llegará.