Décadas atrás, cuando recién muchos de nosotros apenas balbuceábamos o algunos ni siquiera habían nacido, el Sr. Zimmerman aullaba en los bares del Soho aquello de que sólo después de la medianoche, los héroes salían a la calle. Para que lo apunten, el Sr. Zimmerman es más conocido como Bob Dylan.

Antes, bastante tiempo atrás, un desgarrado de verdad, en no-me-acuerdo-cual-de-sus-libros, ya estableció esa mirada mundana, no sacra y sentenció que le conmovían más las prostitutas que tiritaban de frío en la calle porque no enganchaban ningún cliente y los cargadores del mercado que se acunaban en alcohol y en hastío, los alucinados que no pegaban un ojo en la noche esperando el Apocalipsis o la buena nueva y los que escribían por convicción; que lo conmovían más, en fin, los parias, los desarreglados y los que nadaban buscando ángel que los santos colgados en las iglesias. Que los nombrados ?habría que agregar a los viajantes, a los inventores, a los fanáticos de toda laya- eran más héroes: que ellos eran los héroes. El blasfemo no podía ser otro que Roberto Arlt.

Borges, su archienemigo literario, escribió su contra versión en Los justos, un poema (juguemos) sin cifra, sin tiempo y sin igual. Héroe es el que cuida un jardín, el que compone esta página, el que lee a Voltaire hasta la madrugada. Hay muchas clases de héroes.

Héroes 1: tal vez el problema de nuestras identidades nacionales se resuelva cuando acabemos con esa desaprensión que hoy tienen los niños para recordar (de memoria, desde ya) esa estúpida versión oficial con que la educación pública canoniza a los “héroes”. Digo, es un decir.

Digamos, por ejemplo, de una vez y para siempre que los niños deberían sentir de memoria que el General José de San Martín era mitad guaraní y que fue esa sangre ?americana, libertaria, portadora de la Tierra sin mal- la que lo llevó hasta Lima, traspasando las cordilleras y los océanos.

Digamos que los héroes, aquí en Bolivia, siguen sin existir por pura negación de un estado y una educación colonial que los niega. Digamos que los héroes en el aula y en la memoria de los niños deberían ser Julian Apaza, su hermana Gregoria, Bartolina Sisa, Cumbay, Walparrimachi, la Juana, Santos Pariamo, todos los Willcas. Digo, es un decir: la historia sigue recordando al Virrey Toledo (irremplazable viendo a todos los fracasados para administrar un otro modelo impuesto) pero no recuerda el nombre de uno solo ?uno solo siquiera de los miles de miles de mitayos que murieron esclavizados por su mita en las minas del Sumaj Orkho. La historia, mi dios, no recuerda un carajo: la historia, lo sabemos, la escriben los que ganan.

Héroes 2: los que trabajan (ahora que se viene el primero de mayo: mi homenaje) pero los que trabajan al sol, a la lluvia, al viento; los que trabajan a pesar (y mejor: contra) este modelo impuesto (no el de Toledo, el neoliberal) que no brinda trabajo, no lo crea, no lo tiene dentro de sus prioridades. Ellos son héroes, signo y a través de los tiempos, y como los héroes del Sr. Zimmerman: hoy, a la medianoche, el que debe trabajar es más héroe que ninguno: esos taxistas, esas barrenderas, esas vendedoras de comida, esos niños que siguen ahí ?injustamente pero que están y son el rostro incomprensible del heroísmo-, esos héroes ?y como anotó Arlt: más conmovedores, más vivos, más auténticos que todos esos íconos antiguos.

Héroes 3: vos, yo, tus amigos, nuestros padres. Decía ese gran incomprendido llamado Nietzsche: no hay por qué arrojar lejos de uno al héroe que llevamos dentro. En estos tiempos cínicos, sólo hace falta que te mires al espejo y que no dudes como los intelectuales. Vos, yo, tus amigos, nuestros padres (me debe estar odiando Jim Morrison pero no me importa): si querés, si queremos, todos somos eso, todos podemos ser eso: todos somos héroes.