En la sociedad primitiva, donde no existía la propiedad privada sino un control colectivo sobre los medios de producción y reproducción de la especie, la mujer no era explotada ni dentro ni fuera del hogar; realidad que contradice la teoría burguesa de que la mujer haya sido oprimida desde mucho antes de irrumpir en la historia la sociedad dividida en clases.

Cierto es que la mujer en el pasado, como en el presente, cumplía diferentes funciones biológicas que el hombre, pero esto no la impedía ser la principal productora y regidora de la comunidad primitiva. Según la antropología social, los rasgos que la diferencian de los hombres se han desarrollado con el transcurso del tiempo, desde cuando tuvo que garantizar su función reproductiva como hembra.

Al evolucionar la sociedad, se profundizaron también las diferencias biológicas; las cuales, en un principio, dieron origen a la división primitiva del trabajo, sobre cuyas bases se estructuró la sociedad clasista, una vez establecida la propiedad privada y el Estado.

Si en la comunidad primitiva compartían indiscriminadamente hombres y mujeres lo producido de manera colectiva, entonces es erróneo considerar que la opresión femenina y la dominación masculina obedezcan a factores congénitos, “naturales”, y no al lugar que se las asignó en la vida social, donde las relaciones humanas se han desarrollado conforme a las relaciones de producción. Asimismo, los antievolucionistas siguen sosteniendo la tesis de que la mujer es un ser dependiente por “naturaleza”, y que las diferencias sociales siempre existieron y existirán, porque corresponden al “orden natural de las cosas”.

Desde un principio, la función biológica de la mujer fue convertida en un destino inexorable, que trasciende cualquier otro aspecto de su personalidad. La maternidad, por ejemplo, ha copado la identidad de la mujer en el mundo circunscrito al ámbito doméstico, y la maternidad la postergó inevitablemente de cualquier anhelo, oficio o carrera que hubiese podido desarrollar. En nombre de la maternidad se le negaron las oportunidades educativas, laborales, políticas y culturales. Las mujeres, que son valoradas y respetadas como madres, han aprendido a sublimar sus renuncias realizándose a través de sus hijos, como si éstos constituyeran el único objetivo de sus vidas.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer sostuvo la reaccionaria concepción de que la mujer no estaba destinada a las empresas grandes. Su característica no es obrar ?decía?, sino sufrir. Paga la deuda a la vida con los dolores del parto, con los cuidados de la infancia y con la sumisión al hombre. Toda su identidad y realización están ligadas a su noble función como esposa, madre y “ama de casa”. La mujer, desde que nace hasta que se casa, está destinada a ser una “niña grande”, un ser intermedio entre el niño y el hombre, que es el único ser completo según los cánones de la tradición patriarcal.

La Iglesia católica, que ejerció un poder omnímodo sobre el mundo feudal y constituyó la única institución educativa hasta los albores del capitalismo, fue la primera en predicar que la opresión de la mujer era algo “natural”, puesto que en el Génesis se dice que tiene que vivir sometida a la autoridad del hombre. Otro ejemplo, los Diez Mandamientos del Antiguo Testamento no se refiere, en realidad, más que al hombre, mencionándose a la mujer solamente en el noveno, confundida con los criados y los animales domésticos.

La mujer, según la religión católica, dependía del hombre no sólo porque fue creada de una de las costillas de éste, sino también porque se hizo “pecadora”, corruptora que trajo los males a la Tierra, sobre cuyas premisas se fundamentaron las doctrinas misantrópicas de la continencia y la negación a la carne. La mujer estaba considerada como apóstol del diablo y como amenaza potencial para los intereses espirituales del hombre. De modo que, durante el auge del romanticismo y la caballerosidad hacia la mujer, se cometieron discriminaciones tan brutales como el uso del cinturón de castidad.

El fatalismo biológico ?basado en la teoría de la inferioridad de la mujer?, tan común en el pasado, sigue vigente en nuestros días, pues independientemente de que la mujer siga siendo, en esta etapa, el eje fundamental de la reproducción familiar y de la crianza de los niños, todavía pesan sobre ella, implacablemente, las tareas del hogar y la discriminación laboral; más todavía, el grado de desarrollo de nuestra sociedad impone este sobreesfuerzo de la mujer, quien no sólo es explotada sino sobreexplotada. Explota con salarios más bajos y explotada en el hogar.

¿Qué hacer para resolver esta situación? No queda otra alternativa que crear un aparato productivo cuya racionalidad no sea la ganancia individual sino colectiva, y que permita a hombres y mujeres realizarse socialmente como seres humanos; en otras palabras, la verdadera emancipación de la mujer y la verdadera justicia social no serán posibles sino cuando la pequeña economía doméstica se transforme en una gran economía colectiva.

A pesar de estas explicaciones, las feministas parten del concepto ideológico de que el enemigo principal de la mujer es el hombre y no el sistema social, y para justificar esta tesis aluden a los “machistas”, a quienes acusan de haber sido los forjadores de la sociedad patriarcal sobre la base de una desigualdad sexista. Según las feministas, todos los hombres, y en todos los niveles sociales, han contribuido decisivamente en el desarrollo y la difusión de la ideología patriarcal. Declaran que jamás habrán píldoras anticonceptivas ni revoluciones que logren abolir las diferencias biológicas, que son “inherentes a la naturaleza”; por cuanto el único camino que les queda a las mujeres es rebelarse contra los hombres y arrebatarles su posición de mando, sin preocuparse por transformar las estructuras socioeconómicas del sistema imperante.

Para las feministas, la mujer está oprimida por el hombre, y no porque la clase dominante haya institucionalizado las desigualdades biológicas y mantenga el estatus quo de las mujeres para salvaguardar sus intereses. Para los marxistas, en cambio, la historia de la opresión de la mujer es la historia de la lucha de clases, pues conforme aparece en los clanes primitivos la división del trabajo y la propiedad privada, aparece también la explotación de la mujer, quien es convertida en máquina reproductora de hijos y en fuerza de trabajo no remunerado.

Con todo, los movimientos revolucionarios coinciden en señalar que la emancipación de las mujeres será obra de ellas mismas, aliadas a la clase trabajadora que, en su programa de reivindicaciones, incluye no sólo la lucha contra la discriminación de la mujer ?dentro y fuera del hogar?, sino también su participación en todos los planos de la vida social en igualdad de condiciones con el hombre.