Óscar Gutiérrez (AIS).- “El protocolo de Kioto es destructivo para la ciencia y el medio ambiente, para la salud pública, la seguridad, la economía y la lucha internacional contra el hambre y la pobreza”. Son palabras extraídas de un artículo publicado en Financial Times (14 de noviembre de 2004) por Andrei Illarionov, miembro de la Scientific Alliance, organización británica de científicos escépticos con el cambio climático. Illarionov añade: “El kiotismo es una cortina de humo que como el fascismo y el comunismo ataca las libertades fundamentales del hombre”. Las palabras de Illarionov son un ejemplo no aislado de lo que Bob May, presidente de la Royal Society británica, ha denominado “lobby de escépticos profesionales” y que financiados por las compañías petroleras de Estados Unidos, sobre todo en los años 90, sigue hoy aún “activo”.

Entre las petroleras que señala May está Exxon Mobil, valuarte financiero del Instituto George C. Marshall (al que aportó 90.000 dólares en 2003) y que en su último trabajo minimiza los efectos del calentamiento global. Su colaborador en ese estudio: la Scientific Alliance de Andrei Illarionov.

¿Por qué los lobbistas estadounidenses miran ahora hacia Londres? Porque el primer ministro británico, Tony Blair, lidera el G8 (las siete mayores potencias más Rusia) justo en el momento en el que el protocolo de Kioto ha entrado en vigor para que 30 países empiecen ya a reducir el efecto invernadero de la Tierra. Estados Unidos no está entre ellos. Y esto a pesar de que su anterior presidente, el demócrata Bill Clinton dejó una patata caliente a George W. Bush con la firma de Kioto. Bush se limitó a retirar la firma a principios de 2001. Kioto, ha defendido el actual inquilino de la Casa Blanca, es un protocolo injusto si sólo mira a los países industriales (no exige nada a China), además de que puede causar la pérdida de millones de puestos de trabajo. Y aunque hoy la tasa de desempleo en Estado Unidos se sitúa ligeramente por encima del 5%, en los dos primeros años de su mandato, sin que Kioto tuviera nada que ver, más de tres millones de estadounidenses se quedaron sin trabajo.

Dudas sobre el calentamiento global

Kioto establece que los países firmantes reduzcan sus emisiones contaminantes para el periodo 2008-2012 en una media del 5,2% con respecto a 1990. Estados Unidos, si no se hubiera desvinculado, tendría que reducirlas un 6%. Pero Washington ha elaborado un plan alternativo en el que se ha comprometido a reducir hasta un 12% la ?intensidad? de sus emisiones. Intensidad medida en relación al PIB, en relación a la marcha de su economía y, por tanto, en relación a algo que poco tiene que ver con el medioambiente.

La actual Administración republicana se ha atrevido incluso a poner en entredicho la gravedad del calentamiento de la tierra. Hoy ya pocos lo hacen.

“No hay duda de que el clima del planeta está cambiando”. Dennis Tispak ha sido el presidente de la cita ?Evitar el peligroso cambio climático? celebrada los primeros días de febrero en Exeter (Reino Unido). Entre las conclusiones más alarmantes: nueve de los últimos 12 años han sido los más cálidos desde que hay mediciones de temperatura; se prevé un aumento de la temperatura de entre 1,4 y 5,8 grados centígrados hasta 2100; el 75 % de los glaciares de la península antártica están en regresión; el nivel del mar ha subido entre 1 y 2 milímetros al año el último siglo; la acidez del CO2 en el mar, a unos niveles que no se conocían en 20 millones de años, está acabando con los corales; y plantas y animales aceleran su reproducción.

Pruebas del cambio climático hay muchas, como también hay consecuencias: deshielo, subida del nivel del mar, riadas, sequías, especies en extinción, nomadismo, inundación de poblaciones de bajo litoral, desaparición de cultivos básicos.

El estadounidense, el que más contamina

Incluso en la Agencia de Protección del Medioambiente de Estados Unidos (EPA), que ya en 2002 reconoció que existe calentamiento global gracias a los abusos del hombre en el refino del petróleo, la generación de electricidad y la combustión de los vehículos, se reconoce que la Tierra se calienta. Según sus datos, el estadounidense medio emite cada año 6.6 toneladas de gases de efecto invernadero, una cantidad que no supera el ciudadano de ninguna otra nacionalidad. Como tampoco es superable Estados Unidos como el mayor contaminante mundial con un cuarta parte de las emisiones totales de CO2.

La EPA es la misma agencia a la que los presupuestos que Bush acaba de llevar al Congreso recortan un 6% en detrimento del gasto general en defensa más el extra de la campaña Irak-Afganistán.

Otros indicadores sobre contaminación medioambiental no dejan en tan mal lugar a Estados Unidos. Expertos de las Universidades de Yale y Columbia (EEUU) han presentado el Índice de Sostenibilidad Ambiental 2005, un ranking de 146 países en el que se mide, entre otras cosas, la emisión de gases de efecto invernadero o la calidad del agua. Estados Unidos se encuentra en el puesto 45, no muy mal situado (Reino Unido está en el 66), pero muy lejos de su octavo lugar entre los países más desarrollados según los criterios de Naciones Unidas.

La negativa de Estados Unidos a Kioto, sin embargo, no es unánime. Han sido ya muchas las transnacionales estadounidenses que han guiñado un ojo a la compra-venta de emisiones de efecto invernadero que prevé Kioto para facilitar su cumplimiento (los países que superen su nivel de emisiones tienen la ?oportunidad? de comprar derechos de emisión a otros países menos contaminantes). Y lo han hecho reunidas en torno al programa Intercambio Climático de Chicago en el que participan firmas como Ford, Baxter, Dupont, Motorola o IBM.

El motivo de este guiño es que estas empresas nacen en Estados Unidos, pero negocian con países donde Kioto entra en vigor. Empresas que dan un empujón más al país que más contribuye al efecto invernadero para que el vigor de Kioto, con Estados Unidos de su lado, frene de verdad el calentamiento de la Tierra.