Pablo Cingolani
Hay historias que merecen ser contadas. Digo bien contadas y no solamente escritas. Contadas -imaginándome la complicidad de un fuego en una noche estrellada-, como si se tratase de uno más de esos cuentos y esas leyendas que nutren nuestro acervo, nuestra cultura y nuestra manera de ser y de pensar y que fueron transmitidos así: de persona a persona, rasgando el silencio del tiempo, llenando el espacio de intuiciones certeras y enseñanzas valiosas, desmitificando a la muerte. Ojalá que así sea con esta historia.

Pablo Cingolani

Hay historias que merecen ser contadas. Digo bien contadas y no solamente escritas. Contadas -imaginándome la complicidad de un fuego en una noche estrellada-, como si se tratase de uno más de esos cuentos y esas leyendas que nutren nuestro acervo, nuestra cultura y nuestra manera de ser y de pensar y que fueron transmitidos así: de persona a persona, rasgando el silencio del tiempo, llenando el espacio de intuiciones certeras y enseñanzas valiosas, desmitificando a la muerte. Ojalá que así sea con esta historia.

La historia es sencilla como el pan y terrible como el rayo, por eso está cargada de coraje y esperanza. El 30 de septiembre de 1979 murió Rodolfo Kusch. Sucedió en Buenos Aires, en una ciudad y un país sacudidos como nunca por el terror de Estado. Kusch murió como él mismo, de alguna manera, había vaticinado en sus escritos ?tal vez, la obra filosófica más conmovedora con relación al pensamiento popular americano: como un perseguido, devorado por una enfermedad que es muy probable contrajera por la tristeza por ese clima de horror impuesto y que lo obligó a dejar el sitio que él había elegido para exiliarse: Maimará, una pequeña población indígena situada en el corazón de la quebrada de Humahuaca y de la Argentina andina, coya y olvidada hasta por los verdugos, y donde Kusch se estaba, cumpliendo también, palabra por palabra, con la hondura y el compromiso que propusieron sus reflexiones.

Tuvo que volverse a esa ciudad, a la que amó y aborreció por igual, tan sólo para morirse. Ya su periplo existencial y la coherencia con sus propias visiones, lo había llevado a habitar en ese país profundo que es el norte argentino donde hablar de pueblo es hablar de indio, hasta hoy. Allí, en medio de los avatares y las tensiones del tercer gobierno peronista (el último del General Perón), sintió que los sueños podían volverse realidad, como nunca antes. Pero la historia es cruel y en 1976 sucedió lo inevitable: fue expulsado por subversivo de sus cátedras en la Universidad de Salta.

Su familia y algunos amigos cercanos trataron de convencerlo pero Kusch eligió el amparo de la tierra y de su gente, de “esos hombres pequeños, sucios y tiernos, vencedores del tiempo, hombres de heridas ancestrales, de coplas y de bagualas desgarradas, hombres muy pobres y sencillos”, de la gente que había compartido con él sus saberes y sus memorias a lo largo de tres décadas. Por eso, eligió Maimará y allí, él mismo se volvió “muy pobre y muy sencillo” y para subsistir, vendía sándwiches de milanesa en la estación ferroviaria del pueblo.

“Ucamau mundajja”, “el mundo es así” ?debió pensar Rodolfo, más conciente que nunca que había que intentar abstenerse de explicar las causas ?así fuera el oprobio y la infamia más inaudita que vivió la Argentina en el siglo XX-, tratar de abandonar la impaciencia y aceptar la realidad en su verdadera constitución. Allí, habitando el misterio, le sucedió “el milagro de estar, antes de ser”, un misterio que compartió con los habitantes de las altipampas y los valles milenarios, esa “área no pensada e imposible de pensar. El silencio en suma y detrás del silencio quizá un símbolo: quizá los dedos de la divinidad, la misma que estuvo arrugando los cerros: una vida realmente en común, la mía, la del viejito y la de la puna, y todos en silencio”, como había escrito en un texto precioso que puede encontrarse en Internet. (1)

Kusch había elegido el más transparente y arduo de los caminos: el camino del corazón. El mundo es así. El mundo debería ser así.

* * *

Ese 79 del horror, a cincuenta kilómetros de distancia, un hombre no sabía ?no podía saberlo pero después lo supo- que Kusch se estaba muriendo. Si lo hubiera sabido, de seguro, se hubiese acercado a su amigo y su maestro para darle un abrazo y decirle un hasta luego.

Pero no pudo: estaba preso, esas causas de las cuales es tan difícil abstenerse ?la injusticia y querer remediarla a toda prisa, a los tiros, con pura fe, a ciegas como un guerrero que avanza en medio de la oscuridad y los otros, los que se oponen a ello- lo habían conducido a perder la libertad; los militares argentinos lo habían encarcelado por su militancia revolucionaria en una prisión de la ciudad de La Plata, a un paso de Buenos Aires y tan lejos de todo.

Aislado de manera absoluta, Jorge Rulli no sabía ?no podía saber- que sucedía afuera, que sucedía en un país que se desangraba a sangre y fuego y con él, todos los compañeros.

Pero, a veces sucede, ese es parte del milagro del estar siendo: un carcelero dejó caer una hoja de periódico en las profundidades de las mazmorras y fue recogerla y leer que Kusch estaba muerto.

Años después, el mismo Rulli rememoró sus sentimientos: “Me enteré de su muerte por los diarios, en el penal de La Plata, donde desde hacía un año, en tres metros cuadrados sin ventana y con meadero incluido, convivía yo con un compañero salteño totalmente extraviado. No tuve con quien llorar mi dolor ese día sino con el pobre loco que se balanceaba murmurando sonsonetes indescifrables. Había llegado yo a lo hondo de esa indigencia del existir de que Kusch me hablara tantas veces. Había conocido todos los horrores y los espantos del Poder desnudo, que no es sino la otra cara del racionalismo europeo transplantado. En la miseria sin límites de mi pobre condición humana, en mi cuerpo torturado y en la ropa hedionda a sudor y a vómitos que vestía, había hecho ese periplo atroz del indio americano, desde la incertidumbre y el desasosiego total de la existencia hacia la propia conciencia, hacía el sí mismo, hacia la luz y el redescubrimiento de los dioses que desde lo alto guían los caminos de América”. (2)

Rulli permaneció cautivo más de una década y sobrevivió para contarlo. 30.000 argentinos no lo lograron: fueron aniquilados.

* * *

Ya han pasado 25 y más años de esta historia: la de Kusch, la de Rulli, la de los pueblos indígenas, la de nuestros pueblos, la de todos nosotros. Tal vez, lo más importante hoy es preguntarse ?en homenaje a esta memoria- si está vigente como horizonte, como “ese amanecer americano tan ansiado”; si lo indagado y si lo compartido por un hombre excepcional como Kusch; si esos saberes de la cultura andina pueden servir de referentes viables en el presente, no sólo como parte de la definición de un proyecto colectivo sino como parte medular de las definiciones de proyectos de vida para cada uno de nosotros.

Viendo descarnadamente la terrible experiencia del pasado ?una juventud inmolada, “arrebatada por los grandes sueños, pero éstos se cubrían de ropajes ´occidentalizados´ que terminaron encegueciéndonos, porque dejamos de ser nosotros mismos”, y viendo la paulatina y apremiante destrucción de la biosfera por parte de un poder hegemónico irresponsable y de una crueldad que creíamos desconocida (pensemos, tan solo, en Hiroshima o en Irak), la respuesta es, más que nunca: Sí.

Sí, porque como jamás en la historia humana, es preciso aunar esfuerzos por volver a reencantar al mundo, a la vida, a nuestras relaciones con el cosmos y con la comunidad que, para los saberes andinos, son lo mismo.

La brega es por un nuevo paradigma que haga de la diversidad, la base de una reconstrucción nacional renovada, posible y necesaria para cada uno de nuestros países, y de la dimensión lúdica y festiva de la existencia, el perrequisito inevitable de nuestras vidas: esa es la opción, la única, de los que deseen hacer una elección definitiva por América, por nuestro hogar común, por nuestro lugar en el mundo, y por nuestros pueblos.

Veinte años de instrumentación e imposición abierta o encubierta del neoliberalismo en este continente han conducido al agotamiento del capitalismo como razón de ser excluyente de nuestra organización social. Se ha demostrado insostenible no por motivos ideológicos sino prácticos: es un fracaso sin mengua que, cada vez, nos lleva más cerca a nuevos abismos de la existencia, a mayor dolor y a mayores desgracias sociales.

Como contrapartida y signo de los tiempos ?y esa es la luz al final del túnel, al decir de Kusch, de nuestra impaciencia ciudadana- existe un vigoroso movimiento indígena que sacude los Andes, con el mismo espíritu y las mismas esencias del Taqi Onkoy, la Sublevación General del siglo XVIII o la rebelión de los Willcas.

Esos son hoy los caminos de América, esos que empiezan “cuando se viaja desde Abra Pampa hacia el Oeste”, o hacia cualquier dirección desde la apacheta porque la América profunda ?india, negra, mestiza, popular- es una sola, allí donde se encuentre.

Ese camino es el camino del corazón, ese que eligió ese pensador insobornable que fue Rodolfo Kusch cuando eligió Maimará, su puna, su gente y su silencio.

Notas

(1) El texto se titula Cuando se viaja desde Abra Pampa y fue un artículo publicado por primera vez en San Salvador de Jujuy, el 25 de junio de 1988, en edición supervisada por Salma Haidar.

(2) Jorge Rulli: En memoria. S/e, s/f. Las demás citas pertenecen al mismo texto, salvo la última que es de Kusch, op.cit.