Espíritu navideño en Radio Fides
El acostumbrado anti aymarismo del cura Pérez
Pablo Cingolani
Acabo de escuchar estupefacto el programa El hombre invisible de la fecha (10 de Diciembre de 2004) emitido por Radio Fides donde su conductor, Eduardo Pérez Iribarne, no tuvo empacho de decirle a Simón Yampara Huarachi, uno de los más lúcidos investigadores aymaras, que era un “pseudo intelectual”, entre otras bondades, por que no se respaldaba en fuentes escritas para afirmar lo que decía.

Espíritu navideño en Radio Fides

El acostumbrado anti aymarismo del cura Pérez

Pablo Cingolani

Acabo de escuchar estupefacto el programa El hombre invisible de la fecha (10 de Diciembre de 2004) emitido por Radio Fides donde su conductor, Eduardo Pérez Iribarne, no tuvo empacho de decirle a Simón Yampara Huarachi, uno de los más lúcidos investigadores aymaras, que era un “pseudo intelectual”, entre otras bondades, por que no se respaldaba en fuentes escritas para afirmar lo que decía.

El “pecado” de Yampara fue aludir a la fiesta de la navidad como parte de una estrategia de ventas del capitalismo occidental, que había “mercatilizado” una celebración que ya nada tenía de espiritual. Para coronar y profundizar su posición, Yampara también hizo referencia a las campañas de recolección de juguetes que encabezan el cura Obermaier en El Alto y la propia radio Fides en la ciudad de La Paz, y fue tajante: esas acciones (enmarcadas en el paraguas de la caridad) acostumbran a nuestros niños a la mendicidad. Por eso, agregó, también como país somos mendigos que dependemos de las donaciones y de la cooperación internacional. Yampara propuso, en contrapartida, que el dinero juntado en esas campañas podría ser destinado a la implementación de talleres donde los niños pobres pudiesen recibir aprendizaje y capacitación en oficios técnicos y destrezas manuales.

Pérez Iribarne alzó la voz y, furioso, no pudo evitarse las descalificaciones (incluso volvió con su fobia contra el idioma cuando le dijo a Yampara que mejor hablara en castellano porque, de otra manera, no podría expresar bien sus ideas), el sempiterno reclamo academicista por las fuentes (¿Quién lo afirma? ¿Qué ha leído?, vociferaba el sacerdote mediático. Yampara, a todo esto, le replicaba que no sólo existen las fuentes escritas, que también hay fuentes orales, intangibles, que surgen de los saberes de las propias comunidades) y, con su innata capacidad para manipular los argumentos de su entrevistado (sofisma se llama, ¿no?), quiso rematarla cuando le espetó que su pensamiento estaba retrasado unos cuantos siglos porque esa idea de los talleres lo remitía al trabajo infantil esclavo que fue uno de los componentes del modo de producción capitalista en sus inicios. Desde ya, Yampara no se amilanó. La tensión fue cortada de cuajo por el cura llamando a un corte publicitario.

Luego, el programa prosiguió engarzando las típicas provocaciones intelectuales para las cuales brilla el conductor del programa. Le preguntaba a Yampara y a quemarropa sobre los excedentes económicos en el modo de producción andino o sobre la atomización de las organizaciones ciudadanas en el área rural. Más evidente con relación a su agresividad, fue cuando lo interrogó sobre el significado de la palabra “asimetría”, mientras Yampara hacía referencia a la desigualdad de condiciones existentes para el desenvolvimiento exitoso de las dos culturas genéricas que caracterizan a la sociedad de este estado-nación fragmentado que es Bolivia.

Todo olía a conspiración y a despecho: se precisaba más sangre para el sacrificio ritual de alguien que había osado poner en duda las “sacrosantas” campañas de Pérez. Pero Yampara nunca cayó en la trampa y el sacerdote con micrófono incorporado se despidió diciendo que el conflicto en el debate también era sano porque es dialéctico o algo por el estilo. Si no gana, la empata.

Con sinceridad, Pérez Iribarne debería pensar dos veces cómo seguirá peleando por mantener su posición de liderazgo entre la opinión pública en este país con creciente contaminación ideológica.

Sigo insistiendo que este buen hombre cada vez que la ocasión lo amerita no duda en convertirse en un vulgar Albornoz, en un “extirpador de idolatrías”, en un inquisidor lleno de furia y desprecio por lo que considera sacrílego.

Hay algo más que desnuda el fondo de la cuestión: Pérez no pudo soportar a un indio con opinión propia y, para colmo, divergente con su opinión y, peor, con su trabajo.

El indio está bien, está bonito, cuando ilustra, cuando apunta, cuando expresa opiniones de otros. Allí merece elogios, es “racional”, hasta puede ser considerado inteligente. Cuando sucede lo contrario, es una bestia abominable que no comulga con fuentes que lo autoricen a expresarse, que habla por hablar o habla zonceras, que desvaría.

El cura Pérez no puede soportar que los roles se inviertan: que lo que para él es un intelectual de mierda (por no decir lo otro) venga a “pachakutearle” las cosas y a decir lo que muchas otras personas también creen y piensan. Venga: el cura es el rey de los “opinadores” en un país afónico pero que, de a poco, está recuperando su voz, como la de Yampara.

A propósito, es el propio Yampara el que anotó este interrogante que varios deberían intentar contestar: “¿La realidad tiene que adecuarse a los paradigmas teóricos occidentales o éstos tienen que adecuarse a la realidad e interpretarla?”. Ser o no ser, he ahí la cuestión, Monseñor.