Navegando hacia nuestros sueños…
El barco de Fitzcarraldo
Pablo Cingolani
Si hay un territorio de mitos esa es la selva. Y de todas las selvas: la nuestra, la sudamericana, la selva amazónica es la que mayor cantidad de mitos sigue atesorando en este presente desmitificador. Raro y conmovedor privilegio pero que parece ausente en esta realidad de ajustes económicos, cumbia villera y fútbol. Ni modo porque la selva sigue allí con sus mitos: sólo es cuestión de convocarlos. Eso hizo, en su mejor momento poético, el guerrillero mexicano conocido como Sub Marcos con uno de los mitos más famosos de la Amazonía: el barco de Fitzcarraldo. Cuando habló desde La Realidad en su encuentro intergaláctico, uso a la nave como metáfora del mundo nuevo que soñamos todos. Pero el mítico barco existió. Y lo más conmovedor de todo: existió dos veces. Esta es su historia.

Navegando hacia nuestros sueños…

El barco de Fitzcarraldo

Pablo Cingolani

Si hay un territorio de mitos esa es la selva. Y de todas las selvas: la nuestra, la sudamericana, la selva amazónica es la que mayor cantidad de mitos sigue atesorando en este presente desmitificador. Raro y conmovedor privilegio pero que parece ausente en esta realidad de ajustes económicos, cumbia villera y fútbol. Ni modo porque la selva sigue allí con sus mitos: sólo es cuestión de convocarlos. Eso hizo, en su mejor momento poético, el guerrillero mexicano conocido como Sub Marcos con uno de los mitos más famosos de la Amazonía: el barco de Fitzcarraldo. Cuando habló desde La Realidad en su encuentro intergaláctico, uso a la nave como metáfora del mundo nuevo que soñamos todos. Pero el mítico barco existió. Y lo más conmovedor de todo: existió dos veces. Esta es su historia.

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Los protagonistas son un peruano y un alemán. Uno se llamaba Isaías Fermín Fitzcarrald, el otro se llama Werner Herzog. Uno era empresario; el otro cineasta. En menos de cien años de distancia, acometieron la misma empresa que ?ambas veces-, fue considerada como una locura, un desatino, un imposible. Pero los dos lo lograron: hicieron navegar un barco a través de una montaña en medio de la selva. Lo que sigue son testimonios del mito en versión doble.

Herzog: Un propósito demencial

“Todo empezó, posiblemente, una noche en Karnac (Bretaña), hace ya algunos años. Buscaba un paisaje para El enigma de Kaspar Hauser y me encontré con un montón de menhires y dólmenes gigantescos. Entonces imaginé un propósito demencial: transportar a otra parte aquellas piedras enormes y pesadísimas, cada una de unas 150 toneladas de peso y una altura de doce metros. Una tarea posible, porque sus autores lo habían hecho siglos atrás, de disponer de medios parecidos: unos cuantos miles de obreros y algunos troncos de madera. Y fue así como, poco a poco, la idea de un barco atravesando a brazos una montaña se fue imponiendo en mi imaginación, porque, de pronto, recordé una anécdota que había oído en el Perú, donde un rey del caucho había conseguido una hazaña semejante”, contó Herzog.

Fitzcarrald: La partida desde Iquitos

Junio de 1894, puerto de Iquitos, cientos de personas asisten a “una delirante despedida”: la de un barco, bautizado Contamana, que partirá hacia los ríos desconocidos de la selva para cruzar un istmo en las montañas y reaparecer en Manaos. “Te esperaré allí”- el conductor del barco le advirtió a su esposa. Ella había vendido sus joyas para solventar la empresa. Desde los balcones de su casa, y antes de partir, Fitzcarrald pronunció un discurso ante el alucinado pueblo loretano. Dijo: “Nos hemos reunido hombres de Europa, Asia y América bajo la bandera de la nación peruana, no para emprender una aventura más, sino para ofrecer a la humanidad el presente de tierras ubérrimas, donde puedan encontrar un nuevo hogar los desheredados del mundo? (?) Ciudadanos del Centro, del Norte y del Sur del Perú: me acompañáis en la exploración más grande que se ha hecho en las montañas de nuestra patria en los últimos tiempos; os aseguro que el éxito coronará nuestros esfuerzas y que agregaremos nueves glorias a nuestra bandera? (?) Pueblos de los campas y tribus de los cocamas, capanaguas, mayorumas, remos, cashibos, piros y witotas: os llevo, como un Padre bueno y justiciero, a daros el premio de los montes divinales, que se extiende por donde sale el Sol, donde abundante caza os espera; allí os daré pólvora y balas para que vuestras escopetas abatan a las bestias. Para que llegue el triunfo pronto y seguro necesitamos trabajar sin descanso. ¡Manos a la obra!”. La multitud deliraba de entusiasmo: Fitzcarrald, no el de la película, el de la historia: era un héroe, un patriota, casi un dios para su gente.

Herzog: Se quedó sin camisa

“Nació el proyecto de Fitzcarraldo, mitad desafío a las leyes de la gravitación, mitad desafío a los parámetros de la razón; un proyecto totalmente concebido contra las leyes de la naturaleza. Nadie creía en ello. Me consideraban más loco e irrazonable que el propio protagonista. Ya dijeron algo parecido cuando empecé Aguirre en los mismos escenarios naturales del Perú; y aquella empresa no tenía punto de comparación con la actual, uno de los trabajos más difíciles y desesperados de la historia del cine. A su lado, Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) fue un juego de niños. Me gasté en ello todo mi dinero: un millón de dólares. Me he quedado sin camisa… Pude terminar Fitzcarraldo gracias a las aportaciones de la televisión alemana y otras sociedades de producción”.

Fitzcarrald: El paso del istmo

“Un millar de indios piros y campas y un centenar de blancos, unidos a la voluntad férrea de Fitzcarrald, acometieron la hazaña de hacer rodar el casco de la lancha Contamana por un camino de diez kilómetros de largo, subiendo alturas hasta de 469 metros. Más de dos meses duró el paso del Istmo, y Fitzcarrald, con posteriores reparaciones del camino, gastó cerca de cincuenta mil soles. (?)

Sobre tablas de cedro ruedan los troncos de setico, que con su jabón natural favorece el deslizamiento de la lancha. Hacen largos descensos en los descampados, donde se ha rozado el monte y se han sembrado chácaras de maíz, plátanos y yucas, que están maduros, sirviendo de ración a la gente.

Los indios trabajaban dando gritos de alegría y Fitzcarrald los animaba con sonrisas y amables palabras.

En el informe de 400 páginas que el ingeniero Juan M. Torres presentó a la Junta de Vías Fluviales sobre el Istmo de Fitzcarrald se hace un estudio minucioso sobre este camino, probando las dificultades que tuvo que afrontar Fitzcarrald al trazarlo, y su capacidad de ingeniero pera construirlo sin emplear explosivos.

“El varadero de Fitzcarrald parte de la margen derecha del río Serjali a media vuelta antes de la afluencia de la Huaman-Quebrada, y a los 332 metros sobre el nivel del mar, con rumbo total N. 70° E., para ir a morir en la margen derecha del Caspajali a los 352 metros sobre el nivel del mar, después de ascender hasta el divortium aquarum de las aguas de los ríos, a los 469 m. sobre el nivel del mar, en el kilómetro 7. Su extensión horizontal es de 11 kilómetros. 615 metros aparte de las sinuosidades debidas a la configuración del terreno.

La parte occidental del camino está sobre terreno amarillento y fangoso, y sólo al subir la cumbre se muestra la roca. En la parte oriental el terreno es más consistente y menos fangoso, no habiendo descubierto la roca.”

El camino construido en su parte más ancha tenía cuatro metros, y se angostaba en los pasos donde fueron construidos puentes de madera.

Esta hazaña fue considerada por todos como asombrosa, y no ha sido imitada hasta la fecha.”

El testimonio es de 1942. Faltaba Herzog.

Herzog: No mentir como en Hollywood

“En cuanto al rodaje de Fitzcarraldo podría haber hecho como en los filmes de Hollywood: mentir y ahorrarme, mediante maquetas y un decorado, los horrores del rodaje en plena selva y el enfrentarme con los problemas reales de semejante empeño. Pero creo que si los espectadores se sienten impresionados por el transporte del barco montaña arriba es porque saben que se trata de algo real y no truqueado. Quiero que los espectadores recobren la confianza en lo que ven sus ojos.”

Post Scriptum

Preferí no interferir: creo que los protagonistas de esta singular historia no precisan que yo la cuente. Hay, desde ya, mucho más. Tal vez, un dato relevante es que Fiztcarrald, tras cruzar el istmo, llegó a Bolivia, a la recién fundada Riberalta, más precisamente. Conoció y se asoció con Antonio Vaca Diez y morirían juntos en el río, pocos años después. Herzog había realizado años antes otro filme monumental: Aguirre, la Ira de Dios, también en las selvas del Perú. Lo mejor que podrían hacer es verlos. Con relación a Fitzcarraldo, hay un documental y retazos de un diario de rodaje que andan perdidos por ahí. Escribí un artículo sobre Isaías Fermín que se publicó en El juguete rabioso de La Paz; sobre Herzog y su pasión por caminar, circuló por la red. Diré algo: para quien escribe, esta es una historia sin fin porque es resplandeciente y es invencible. Conocí una historia parecida, otra hazaña que no trascendió porque la gente que la hizo es pobre y anda perdida en la selva. El 2001, los comunarios de San Fermín hicieron navegar un bote de diez metros de largo con su motor desde Asariamas, en el río Tuichi, hasta su propia comunidad, en el río Tambopata. Una semana a través de la selva del Madidi. Me la contó Rolando Sevillanos, mi amigo de San Fermín, y nos cagamos de risa porque el motor se había fregado y la embarcación ?a pesar de tanto esfuerzo- estaba ahí, botada. Si alguno desea volver a cruzar barcos por las montañas, sólo avíseme.

Fuentes

Ernesto Reyna: Carlos F. Fitzcarrald. El Rey del Caucho, Lima, 1942

Werner Herzog. Una retrospectiva, Instituto Goethe, Buenos Aires, 1996