Sobre el video Expedición Madidi XXI: Buscando a Lars
Un camino, cuatro fronteras
Pablo Cingolani
Un grupo de personas organiza una expedición que partiendo desde la ciudad y tras ascender, cruzar una cordillera y vencer obstáculos de todo tipo, se internan en la inmensidad de la selva para dar con las pistas que ayuden a desentrañar un misterio: el de un hombre que desapareció en esa misma selva cuando a su vez ingresó para obtener evidencias de la existencia de un grupo étnico no contactado y no asimilado a la cultura dominante del país donde se supone que habita.

Sobre el video Expedición Madidi XXI: Buscando a Lars

Un camino, cuatro fronteras

Pablo Cingolani

Cuando el 1º. de agosto de 2001 arrancamos con la segunda versión de la Expedición Madidi, no solo no sabíamos con certeza que nuestro camino cruzaría muchas fronteras reales e imaginarias sino que, hasta ahora, tampoco culminaría. Un documental ?producido por Pablo Cingolani y Fernando Arispe- busca tratar de entender viejas y nuevas encrucijadas.

El territorio se convierte en la escritura que guarda el secreto de nuestros propios destinos. Raúl Prada Alcoreza, Territorialidad

Un grupo de personas organiza una expedición que partiendo desde la ciudad y tras ascender, cruzar una cordillera y vencer obstáculos de todo tipo, se internan en la inmensidad de la selva para dar con las pistas que ayuden a desentrañar un misterio: el de un hombre que desapareció en esa misma selva cuando a su vez ingresó para obtener evidencias de la existencia de un grupo étnico no contactado y no asimilado a la cultura dominante del país donde se supone que habita.

Lo anterior puede ser una buena sinopsis del documental que producimos con Fernando pero no se trata de una ficción sino que refiere hechos reales: la desaparición desde noviembre de 1997 del ciudadano de origen noruego Lars Hafsjkold que ingresó en solitario desde el Perú al sector occidental del Parque Nacional Madidi, en el noroeste de la República de Bolivia.

Según las indagaciones realizadas por el propio Lars, en la zona, más precisamente al interior del valle del río Colorado, habitaría un grupo indígena que se resistiría a establecer contacto con la cultura occidental y el estado nacional boliviano. Su nombre: Toromonas. Lars se internó en el monte con el propósito manifiesto de encontrarlos y, desde esa fecha, se desconoce su suerte.

La expedición que muestra el documental ?realizada en agosto de 2001- se propuso, desde un inicio, ser el intento más serio de encontrar claves que permitan desentrañar lo sucedido con relación al europeo y, en los hechos, se convirtió en la búsqueda que llegó más adentro en el interior de la selva y en la ruta que el noruego se proponía cumplir: unir la desembocadura del río Colorado en el río Tambopata con la comunidad Tacana de San José de Uchupiamonas, en el Madidi oriental, atravesando un inmenso territorio que es considerado, aún en pleno siglo XXI, como “desconocido”.

Tres años después de estos hechos ?tiempo durante el cual se ordenó todo lo investigado y se encontraron nuevas y contundentes revelaciones con relación al tema- nos dispusimos a editar un documental que nos llevó, de manera sorprendente, a volver a vivir como si hubiera sido ayer una historia sobrecogedora, única y conmovedora que ahora también nos tenía como protagonistas.

Lo que sigue es una narración parcial del video y algunas reflexiones a propósito del documental que será presentado en breve en la ciudad de La Paz.

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Vamos y volvemos sobre nuestras heridas, Eduardo Belgrano Rawson: El naufrago de las estrellas

Muchas veces, muchas noches, muchas jornadas caminando por aquí o por allá, me pregunté porqué Lars había hecho lo que hizo.

Después de que compaginamos el documental, no sólo me sigo preguntando lo mismo sino también porqué nosotros hicimos lo que hemos hecho, porqué fuimos detrás de sus pasos en medio de la selva, porqué queremos saber qué pasó o que no pasó con él.

La verdad es que siguen siendo más los interrogantes que las respuestas y, desde el vamos les advierto, hay muchas preguntas que talvez jamás las encuentren. Supongo, y no por obvio, que de eso también se trata.

La vida sin misterio no parece muy atractiva y en este mundo sin dioses, sin ajayu, sin alma, un misterio encontrado paga doble. Te introduce en otro mundo, previo, siempre preliminar, siempre a oscuras, donde no existen los mapas ?o los que hay, no sirven-; un mundo que te precede pero que, a la vez y por lo mismo, por carecer de las coordenadas habituales, se vuelve anticipatorio, un mundo que precipita otros mundos que también ya estaban y que, sin embargo, no existían, no veías o no se expresaban en este planeta del presente: ciego, mediatizado, atrofiado, secuestrado.

Esos mundos estaban ahí, agazapados: en el camino, en la selva, en esa madeja de símbolos, en esa encrucijada de encrucijadas, en ese horizonte de viajes, de héroes, de renacimientos posibles. Ese mundo estaba ahí, al acecho, pero no para aprisionarte, sumergirte, demolerte sino para tomarte en un abrazo de dicha, comunión y celebración permanentes. De eso, también se trata.

La metáfora del reencuentro del territorio, la poética de tu reencuentro en el territorio, los mensajes de todo aquello que está y lo que no está y se presiente. Sentir que Lars buscaba eso, a su manera buscaba eso.

Algo tan fuerte que pueda desmentir la historia. Algo tan preciso como para abolir el tiempo. Una revolución en la percepción. Un lugar más allá del deseo. Una estética de lo que no se puede nombrar. Una resistencia mística. Ese, de varias maneras, es el espíritu del documental.

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Hay algo oculto. Ve y descúbrelo. Rudyard Kipling: The explorer

Por eso, partimos el 1º. de agosto, fecha marcada (inicio del mes de la Madre Tierra) y lo hicimos desde la Plaza Murillo de La Paz, sede del poder y kilómetro 0, donde la convención dice que empiezan a medirse todas las distancias de todos los caminos de Bolivia.

Fueron de la partida dos médicos voluntarios argentinos, un doctor boliviano, dos guardaparques del Madidi, Fernando y sus cámaras y el núcleo de acero de la anterior expedición: Pedro Aramayo, Ricardo Solís y quien suscribe.

No más arrancar, tras cruzar la ciudad aymara más grande del mundo, nos envolvió la apacheta y su ch´alla. La encrucijada que corona ese conjunto geológico inabarcable que es la cordillera Real de los Andes y se abre al lago sagrado de la cultura andina, el Titikaka, y el tributo y la ofrenda de alcohol y coca necesarias para pedir permiso y proseguir bien el viaje.

De allí, antes de llegar a la primera de las fronteras que cruzaríamos, nos topamos con la presencia brutal del estado en las heridas y las voces de denuncia de un grupo de campesinos que habían sido baleados en recientes enfrentamientos con el ejército. Las declaraciones de un dirigente pasman por lo preciso: “vinieron 800 soldados y nos rodearon por el cerro y por la orilla del lago”.

Fue curarlos y partir rumbo a la primera frontera: la de esos mismos estados, producto de esa división artificiosa entre los pueblos y las banderas de distintos colores, los carteles de salida y de bienvenida, las monedas (y el omnipresente dólar), las oficinas de migración, los pasaportes que suponen limitar, enfrentar, contrastar algo.

De hecho, ese contraste existía, por esa coyuntura brutal: del lado boliviano, esos campesinos no festejaban a su Pachamama como si lo hacían con frenesí del lado peruano en la hoy paradigmática Ilave donde, primera vez, nos friccionamos con la fiesta, con la irrefrenable celebración andina: una multitud danzaba y bebía a morir a orillas del Titicaca. Las bandas musicales con sus ritmos mántricos enardecían aun más el aire cargado de presagios, de ansias, de querer estar y a la vez querer llegar, por eso el video funde a la melancólica versión de Angie de los Rolling Stones, travelling en medio de la noche y las luces de Puno a la distancia que nos invitaban, que nos perturbaban, que nos agasajaban por ese primer día de marcha que ya acababa. Habíamos roto el cerco: ya estábamos en el camino otra vez.

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?hay viajes que son como la vida misma. Rodolfo Kusch: Indios, porteños y dioses

Las ciudades, en esencia, son todas iguales. Por eso, al otro día bye bye Juliaca: debíamos continuar. El bus nos iba limpiando de urbanidad: allí la fiesta continuaba dentro de la cabina al son de las atronadoras Chicas Mañaneras, así como en los pueblos, como en Yanahuaya, perdida entre las montañas abruptas de Carabaya, donde la banda no deseaba dejar de tocar.

El camino se convertía en prueba, los obstáculos se sucedían: piedras, precipicios, barreales, puentes desechos, decadencia, provisionalidad: ruta inverosímil.

En Sandía, seguíamos en contacto: la radio seguía conectándonos pero los diálogos empezaban a contaminarse de selva y de la locura de esa selva y de una confesión que hizo nuestro intérprete y coordinador Ricardo Solís: íbamos a bajar el río, la madre de todas las aguas, la mama kocha de esas selvas, el Tambopata, pero para hacerlo “no tenemos bote, nada”.

Por eso, antes de internarnos en la “huella del diablo” como diría Kusch, buscamos al sacerdote de un casi límite: el mítico poblado de San Juan del Oro en la ceja de selva. San Juan del Oro carga una historia singular: primera (y única) fundación española en el oriente de los Andes, por muchas décadas las labores auríferas mantuvieron ocupada a una población que según el sabio Raimondi llegó a las tres mil almas. Luego, el oro se acabó y San Juan desapareció. La misma metáfora de la ausencia forzada: desde el siglo XVIII, ese primer asentamiento ha sido buscado inútilmente y el nuevo, a donde arribamos, no sólo conservaba ese aire de pueblo de frontera (había un bar que, sugestión e ironía, se llamaba “Ron y tabaco”) sino que era el lugar de nuestra primera cita con Lars: el cura, nuestro amigo Gabriel Horn, que había ayudado en la búsqueda de Lars años atrás, confirmó que la foto que exhibíamos era la del noruego y que la meta debía ser el Río Colorado.

El fast motion ayuda a que lleguemos al final de la carretera: Curva Alegre, la aldea-tienda de las comunidades de la selva. Todo lo que no encuentras allí, deberás procurártelo por otros medios: pescarlo, cazarlo, trocarlo o rezándole a Dios. Cuando la abandonamos, dejamos atrás una frontera simbólica pero contundente: la de la “civilización”. Hasta ahí llegaba el mercado (que siempre está un paso adelante que el estado), las inscripciones de los partidos políticos, las antenas de radio, los parlantes con música chicha, los “api” videos con las películas de Rambo. Después de Curva Alegre, empezaba eso que algunos antropólogos conocen como No man´s land o tierra de nadie.

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No podéis discurrir por el camino antes de haberos convertido en el Camino mismo. Buda

La frontera, según Paul Claval, uno de los ideólogos de la geografía cultural, “sirve para multiplicar las experiencias, para predicar otros valores, para imaginar situaciones inéditas de las dificultades a las que el cuerpo social se enfrenta”.

Por allí caminó Lars, por allí caminábamos nosotros viendo eso que parece inevitable: la devastación de la foresta, el arrasamiento de la Amazonia virgen, en esos bordes, en esas transiciones, en esos espacios donde se tensionan los dos mundos: el de la modernidad y el de la tradición, lo nuevo y lo viejo, el espanto y la alegría.

Mientras viajábamos a través del tiempo, nos sumergíamos a la vez en ese espacio futuro e inasible de la destrucción de la biosfera; mientras caminábamos por esa área protegida del Perú que se denomina Tambopata- Candamo (y a la cual habíamos registrado nuestro ingreso en un caserío llamado Putina Punco), suponíamos que en las capitales de nuestras repúblicas deliran y la fascinación de los decretos y de seguir tirando arbitrarias líneas en los mapas (como las bulas de los Papas en el siglo XV) sigue negando lo obvio: atravesábamos un próximo páramo donde la purma, la maleza, el chume, reemplazará al bosque y donde la tierra, agotada por ese complejo perverso que es el que forman los cítricos y el café, seguirá expulsando “pioneros” siempre más allá, siempre destruyendo la biodiversidad y su propio futuro.

Para muchos que administran estos problemas desde sus despachos, la selva es una versión remozada del paraíso terrenal. Para todos los efectos prácticos: la selva sigue siendo un infierno y, en especial, para ese enjambre de campesinos pobres que bajan a sus honduras para quemarla y sobrevivir un día más, una semana más, un año más.

Pero seguimos caminando y entonces el río apareció como una revelación y una bendición: entre los árboles, corría el Jordán, corría el Tambopata. Bajamos a la playa y lo cruzamos: las aguas nos limpiaron cualquier vestigio “civilizado” y al cruzar la frontera líquida nos sumergíamos de lleno en el territorio histórico que andábamos persiguiendo desde el principio: el último asentamiento humano visitado por Lars. Nos hallábamos otra vez dentro de Bolivia ¡Bienvenidos a Puerto San Fermín, bienvenidos a la jungla, bienvenidos al mundo de Lars!

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Sobre todo, uno se pregunta: ¿qué he venido a hacer aquí? ¿Qué espero? ¿Con qué fin? Claude Levy Strauss: Tristes trópicos

¿Qué hacíamos en San Fermín? Intentemos la primera respuesta racional: habíamos arribado con nuestros amigos los médicos para atender a esta población aislada pero que, como después nos confesaron los facultativos, era, en lo esencial, una aldea de gente sana, niños sanos, mujeres sanas. Salvo por la leshmaniasis ?o lepra blanca- que acecha en esos montes (la uta que aterrorizó a los Incas que nunca se animaron a establecerse con firmeza en el Antisuyu) y que puede curarse (lo que no puede curarse, así nomás, es la pobreza), la enfermedad más grave de esos parajes era otra: la falta de comunicación, eso decían los médicos, producto del aislamiento.

Puede que sea: por eso, la trascendencia de la bienvenida y por eso volvimos a repetir nuestra entrada a ritmo de buri porque ellos así lo exigieron. La campaña de salud fue todo un éxito, los médicos se regresaron y nos quedamos solos.

¿Qué hacíamos en San Fermín? Ratifiquemos nuestra convicción desde el principio: habíamos llegado a buscar las huellas, los signos, los testimonios de la presencia de Lars y ¡vaya si los encontramos!

Allí estaba Segundino Chambi, el sabio, el yatiri, el brujo, el más viejo de la comunidad, reconociéndolo en la foto. Allí estaba él mostrándonos las fotos que dejó en su poder el único que había llegado hasta allí para buscarlo: el detective Henrik Hovland, enviado por los padres del desaparecido desde Oslo. Allí estaba en un contraste alucinante, en una confusión de espacios y tiempos demoledora, la vida de Lars en fotografías: sus padres, su novia (?), sus amigos, su corbata, sus cenas, su Noruega.

Al frente, estaba el otro lado de su vida: la casa de barro y techo de palma donde se alojó, la capilla que ayudó a construir con sus propias manos, sus amigos de la selva. Hasta allí había llegado Hovland y allí estábamos. El policía salió diciendo que Lars podía estar cautivo de los Toromonas; Segundino repitió lo mismo frente a la cámara en su única lengua, el quechua: “Lars está vivo: lo están criando los Toromonas”.

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Hay un destino que no tiene pruebas por eso, esta historia, Gustavo Napoli: La razón que te demora

Ahora debíamos cruzar la última frontera: esa confusión donde se mezclan los sueños y el misterio más acosador; ese límite donde dejaríamos atrás la mayoría de las razones para embarcarnos detrás de un sentimiento.

Sólo eso, no había más porque, como dijo Solís, no teníamos nada: unos neumáticos para lanzarnos a las aguas bravas, algo de tapeque (comida de viaje), y nuestras ilusiones intactas.

El medio era el río, el temible y majestuoso Tambopata, y nuestro guía sería René Ortiz, el mismo hombre que condujo a Lars en su balsa hasta las puertas de una cita con su destino todavía insondable: la desembocadura del Río Colorado.

Pero René se resistía: quería resguardarse porqué más allá ?nosotros deseábamos ir más allá del lugar donde René había visto a Lars por última vez con vida-, “más allá” estaban los “chamanes, salvajes, gente del monte”, según su propio testimonio ante la cámara. Le insistimos, le damos garantías y nos lanzamos.

Navegar es preciso pero las aguas se cobraron tributo: un naufragio en un remolino puso en riesgo la vida de tres de nosotros y acabó con un equipo completo de video. El río nos advertía y esa noche, la ch´alla tuvo olor a sangre, a silencio y a sepulcro pero también a esperanza. Si el río bramaba un alerta, era que estábamos en el camino correcto.

Proseguimos y, al fin, llegamos: el Río Colorado era un imposible, incapaz de soñarse, sólo podías verlo, yawar mayu: parecía sangre y el silencio y la muerte te rondaban pero, ¿qué hacíamos allí?

Ya no era tiempo de hacernos preguntas, si no de seguir adelante. Así lo hicimos hasta arribar donde nadie había llegado jamás buscando a Lars. Allí encontramos certezas definitivas que nos impulsan a seguir adelante pero, a la vez, nos fuimos de ese territorio sintiendo que sólo habíamos olido algunos de sus secretos.

Por eso el documental que presentamos. Para conjurarlo y conjurarnos. Anoté en mi bitácora: “Mientras tanto, el misterio seguirá envolviendo al valle del río Colorado”.

NOTA FINAL: El documental está listo. Precisamos apoyo para presentarlo. Desde ya, gracias.