Fervor de hielo y viento

abril 1, 2004Publicado el: 7 min. + -

Julio Popper Fervor de hielo y viento Pablo Cingolani Allí donde todos, salvo los ingleses, veían frío, vacío, tempestades, al sur del sur del sur, Julio Popper quiso construir un imperio. Casi lo logra.

Julio Popper

Fervor de hielo y viento

Pablo Cingolani

Allí donde todos, salvo los ingleses, veían frío, vacío, tempestades, al sur del sur del sur, Julio Popper quiso construir un imperio. Casi lo logra.

A Adolfo Aramayo,

porque disfruta de estas historias extremas.

Este fragmento de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud lo sintetiza como un espejo epocal: "He cumplido mi jornada; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me curtirán los climas perdidos. Nadar, pisotear hierba, cazar, sobre todo fumar; beber licores como metal hirviente, a semejanza de aquellos queridos antepasados alrededor de los fuegos. Regresaré con miembros de hierro, la piel ensombrecida, la mirada furiosa: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces lisiados que regresan de las tierras cálidas. Intervendré en política. Salvado."

El sueño imperial -el mismo que teorizó Lenin- no puede estar mejor descripto que en la profecia poética de uno que lo buscaría en los eriales etíopes; en el caso del enfant terrible de la poesía francesa abruma ya que murió gangrenado de una herida atroz -el arte anticipa e inventa una realidad alucinante-; nuestro personaje, al igual que Rimbaud, tampoco se salvó y trocó las tierras calientes por las más frías del planeta pero cazó, fumó, bebió, intervino en política y tuvo oro, mucho oro, tanto que fue su perdición.

Julio Popper, había nacido en Bucarest en 1857, los años que Rumania estaba cuajando como nación. Su sangre era febril y tal vez esa fue la herencia de su padre, Neftalí, director del único periódico en idish de los Cárpatos. El también fue periodista, como el Kurtz de El corazón de las tinieblas de Conrad, otro espejo donde mirarlo. "La suya era una oscuridad impenetrable", contaba Marlow, y de Popper se puede decir lo mismo. Estudió ingeniería y se volvió masón en París, luego se marchó de Europa -"A mis espaldas no hay nada" sentenció Burton- y tras recorrer Estambul, Alejandria, Bombay, Calcuta, Madrás, Shangai, Nagasaki -la secuencia de Lord Jim-, desembarcó en América: trabajó en Nueva Orleans, visitó México, diseñó la ciudad de La Habana, construyó un puente perdido en la selva amazónica; en 1885 arribó al puerto de Buenos Aires, la capital de uno de los países más opulentos del orbe en esos años de euforia imperialista: Argentina, el país que hacía llorar a la familia ucraniana y triguera de Trotsky. El 6 de junio de 1893 sería hallado muerto en un cuarto de hotel. Envenenado.

No todo lo que brilla es oro

La urbe era esplendorosa y culta pero quería más: era una hembra que abría sin pudores sus piernas al capitalismo inglés. Veinte años atrás, el puerto había arrasado con las montoneras mestizas del norte andino sin ahorrar sangre de gaucho como ordenó Sarmiento y tan sólo hacia seis, un general retacón y moreno -con una amante tucumana como él mismo, la genial escultora Lola Mora- encabezó la pomposa "campaña del desierto". Roca no hizo otra otra cosa que masacrar indios e incorporar a la Patagonia a la "civilización" y al "progreso".

"Mongolia- Patagonia, Xanadú...", anotó Chatwin en su libro-brújula, tierra de mitos, colosos y proezas: Popper se enteró que allí había oro y no dudó en partir al sur del sur a certificarlo. Cuando llegó al Estrecho de Magallanes, vió a hombres andrajosos matándose por unas pepitas pero advirtió una cosa: el oro venía del mar, las arenas eran auríferas. Como deseaba Erdosain en Los siete locos y Arlt en la triste realidad, Popper sí inventó un artefacto para hacerse rico: la cosechadora de oro. Una bomba centrífuga, activada por el océano que chupaba el agua salada y la mandaba a un pozo 7 metros debajo el nivel de las mareas donde una amalgamadora dejaba correr la arena pero atrapaba todo el oro. No recogía gramos, cosechaba kilos de metal. Pero no se conformó: su meta no era volverse rico, beber champagne en los salones, casarse con una dama del puerto. Su objetivo era crear un imperio, su imperio. Para eso estaba la Tierra del Fuego.

La Atlántida renacida

No era un chiflado como Orllie Antoine, Rey de la Araucania, o como Lebaudy, Emperador del Sahara. No era abstemio como Fawcett, ni genocida como Arana: reyes del caucho o buscadores de Eldorados era lo mismo; Popper, además de apreciar el cognac, admiraba a Napoleón, un hombre de cuna humilde -Córcega era su Rumania- que supo forzar el desenlace del destino.

La península de El Páramo -un delirio geográfico que él mismo bautizó, una lengua de piedra de doce kilómetros de largo que las altamares convierten en una isla- sería su París; su 18 Brumario lo empezaría a forjar con un ejército de mercenarios dálmatas (que desfiló una mañana de brumas por las calles de Punta Arenas), con la acuñación de su moneda (los "Poppers" de oro, hoy joyas de la numismática), con sus propios sellos postales (hoy valiosísimas reliquias filatélicas), con un proyecto de futura capital, Atlanta (por la Atlántida platónica), con una voluntad de superhombre allí donde los demás sólo veían viento, frío y vacío. A los indios, primero los combatió y luego los supuso su pueblo, la población de su imperio. Incluso, tuvo una pareja selknam u ona; alguien la apodó "la mula blanca", me la imagino como Angela Loij a quien de joven fotografió Gusinde y con quien de anciana habló la antropóloga Chapman, antes de que desaparezca su raza de la faz de la Tierra.

Conquistador de la Antártida

1893. Al oeste de sus dominios, se situaba Chile; al sur, la cordillera, el pastor Bridges -el del diccionario yámana, el lenguaje de Dios-, Ushuaia, un destacamento militar donde residía el gobernador argentino y la isla donde Julio Verne ambientó El faro del fin del mundo. Frente a él y todo alrededor, estaba el océano y más al sur del sur del sur, pasando el Cabo de Hornos y el finisterrae, estaba la Antártida, el continente blanco, aún desconocido para la humanidad. Popper se propuso conquistarla. Atlanta sería la capital de un imperio de millones de kilómetros así fueran de hielo. En una carta a Roca, confundiendo islas con tierra firme, le aclaró por si acaso que todas "se hallan completamente despobladas". Pidió un permiso de explotación de sus riquezas: aceite de ballenas, focas, minerales, hielo, tormentas, poder. El 2 de junio, La Prensa, publicó casi su epitafio. Anunciaba la zarpada del vapor Explorador rumbo a la Antártida. Era, como el título del artículo destacaba, "una expedición histórica". Anglofóbico a morir, proclamaba el cese "de la explotación ilegal de los recursos pesqueros en manos de la piratería inglesa y norteamericana". Era demasiado: cuatro días después apareció muerto. Dicen que los británicos. Tenía 35 años.

No perfecto: ferviente

El día de su entierro, Lucio V. López, uno de sus pocos y sinceros amigos argentinos, leyó un requiem: "Hay en la desaparición de este hombre que muere solo, fuera de su hogar y lejos de los suyos, no sé que rasgo característico que enaltece más y más la memoria de su fuerza y de su impulso. En esta tumba no se llora...".

De Popper no quedó nada -ya que hasta su cadaver un día se esfumó-, salvo haber entrado en la memoria de los desiertos: El páramo sigue figurando así en los mapas y los que pueblan hoy la Isla Grande saben que esa es "la península de Popper" y cuentan historias como la que estoy concluyendo. Años después, Saint-Exupéry escribiría: "No inventes un imperio donde todo sea perfecto ... inventa un imperio donde simplemente todo sea ferviente". A su manera, Popper lo hizo. Pero, más que sus quimeras, siempre me conmovió este rasgo: su invencible soledad; allí conoció la victoria, también allí venció a la muerte.

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