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Ánimo, querido Coco Manto!

Jorge Mansilla 'Coco Manto'

Jorge Mansilla ‘Coco Manto’ Foto: Franklin Blanco-archivo

 

Se me hizo costumbre ir algunos sábados muy temprano a desayunar con Jorge Mansilla ahora que lo tenía en Cochabamba, y saborear los frijoles, el huevo frito, las tortillas y el buen café que honran la comida mexicana y salían de manos de Martita, la esposa de Coco. Nos embarcábamos en sabrosa plática junto a su hijo Pablo, plática de nunca acabar. Otras veces lo veía a Coco en el café del Prado, atribulado por un disco que se llama Clamor por la vuelta al mar. Doce oleadas sonoras del amartelo boliviano, con textos de él y música de Marco Lavayén, Rolando Malpartida y Julio Alberto Mercado, con el afán infatigable de Gastón Núñez, periodista.

Financiar el disco lo preocupaba demasiado; viajaba a La Paz y así pudo no solo grabarlo sino entregarlo en la Casa Grande del Pueblo días antes del fallo de La Haya.

Coco se había jubilado (por fin) tras 25 años de trabajar en el diario Excélsior, de México, y gozaba del clima templado de mi tierra. Tiene tres marcapasos, dos no quieren funcionar, pero un buen día se internó en la Clínica Belga en terapia intensiva porque había sufrido al parecer dos derrames cerebrales. La cuenta supera los 20.000 dólares y estamos haciendo esfuerzos por contribuir a sus atribulados hijos Mariel y Pablo y a su esposa Martita, que afrontaron el desafío. Coco tiene un pequeño departamento, pero no es hombre de ahorros. Como nació seguramente se irá al Más Alá, pero ese apuro y fanatismo por el trabajo y por quienes trabajan no lo abandonarán nunca. Debía gozar de una jubilación apacible, pero eso es negar la naturaleza de un hombre a quien le dediqué un verso de Neruda acomodado al personaje: Nosotros, los de entonces, siempre fuimos los mismos. Porque Coco nació en un distrito minero, afinó la voz en una emisora minera, fundó Cascabel del Humor Político junto a Pepe Luque, trabajó en el Semanario Aquí, fue exiliado dos veces y fue responsable de noticias del exterior en el Excélsior; pero nunca abandonó la poesía, asistió a varios talleres y, al cabo, mereció el Premio Nacional mexicano de poesía.

Conocer a Coco es una invitación a leer una frase de Thomas Mann: “Existen extraños lugares, así como existen extraños cerebros, extrañas regiones del espíritu, lugares elevados y miserables”. Vi hace poco una elegía al pueblo donde Coco nació y uno no se explica cómo este sitio abandonado de una extraña región pudo parir un extraño cerebro que se hizo conocer en México, país al cual también dedicó unas estampas en verso memorables. Coco era de familia sucrense; su hermano mayor vivía en un barrio minero de la Laguna Alalay donde lo alojó. Tuvo la pésima idea de morirse y de dejarle un dolor profundo, porque Coco decía que él lo había cuidado desde pequeño. Pero Coco se reveló tal cual en México, más que un país un planeta que se anticipa a lo que ocurre en Bolivia pero permite apreciarnos con una lupa de 120 millones de habitantes.

En su largo exilio, el departamento de Coco en El Altillo, un populoso condominio mexicano, era sitio de referencia y reunión para el poblado exilio latinoamericano. Muchos personajes latinos y bolivianos pasaron o se reunieron por allí. La casa de Coco siempre fue más que la Embajada boliviana, porque era hogar de gente valiosa e inteligente, que gozaba de ese humor exquisito y ese constante y cotidiano juego de palabras que arrancaba risas y sonrisas de sus contertulios. Entre ellos, un partenaire ideal para Coco fue Ricardo Pérez Alcalá y con él se enfrascaba en un diálogo sabroso y chispeante, en el cual no se sabía quién era autor de qué genialidad. Eso me pasó con el título de uno de mis libros: Todos los cominos conducen aroma, que atribuí a Ricardo pero al parecer era de Coco. A ellos no les importaba y no se iban a pelear por la autoría.

Coco soportó la muerte de su joven hija y tenía sus cenizas en su departamento; pero le aconsejaron que la enterrara, porque eso lo iba a llenar de tristeza. Raro hablar de ese sentimiento en alguien tan dotado de ingenio y buen humor, pero en el fondo Coco siempre tuvo un poso de tristeza, que le provocaba solidaridad con los necesitados. Se burlaba de las letras tremendas que deprimen a los trabajadores bolivianos y cantaba riendo: “Han matado a mi padre, por qué será”, y gritaba: “Alegría, alegría”. Me hacía recuerdo a Luis Gutiérrez, a quien lo sorprendí una vez tomando sol, le pregunté qué hacía y me contestó: “Aquí endulzando la oca”, frase digna de Coco.

Coco se enfermó y una nube gris se posó en su casita, él que siempre fue el sol de su familia y de sus amigos. Coco era un maquinador de palabras. Nada lo definía mejor que esos versos de Octavio Paz: Dales la vuelta, cógelas del rabo, (chillen, putas), que se refería a las palabras. Cada día nos sorprendía con un juego que alimentaba sus numerosos aforismos que publicó en su libro Mantología y también en Breverías. Mucho nos alegramos de que fuera nombrado Embajador en México, pero eran días aciagos y el gobierno quiso congelarlo; sin embargo, el PRD había ganado el Departamento del Distrito Federal (DDF), que es como la alcaldía de esa gran ciudad, y a ella se aferró Coco para hacer su labor diplomática. Varios años no descansó en cumplir su labor. En todo momento se lo vio infatigable, pese al congelamiento del gobierno mexicano. Por eso el presidente Evo, que lo nombró Embajador, fue el primero en lamentar en Twitter el estado de salud de Coco.

No recibe visitas ya más de un mes y hay que entenderlo. Entenderlo, alentarlo y esperar que recobre su condición de sol y luz de su hogar y de sus amigos. Coco tiene una hermosa familia que se caracteriza por la devoción y la solidaridad que le tienen y tratamos de compartir los numerosos amigos que lo rodeamos.

(Tomado de La Razón (Edición Impresa) / Ramón Rocha Monroy – escritor/ 00:00 / 03 de abril de 2019