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Actualizado el 2012-12-23 a horas: 02:03:34

Un ensayo sobre la liberación, Capítulos II, III y IV

La nueva sensibilidad: Fuerzas subversivas en transición

Herbert Marcuse *

La construcción de una nueva sociedad de acuerdo con una nueva sensibilidad y una nueva conciencia implica el rechazo de falsas políticas de desarrollo destinadas a “alcanzar y seguir el nivel de productividad de los países capitalistas avan­zados”. Lo equivocado en esta fórmula no es el énfasis en el rápido mejoramiento de las condiciones materiales, sino el modelo que guía el mejoramiento del nivel de vida orientado hacia la obscena opulencia y el desperdicio, negando el desarrollo de nuevos modos y fines de producción.

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El gran capitalismo empresarial no es inmune a las crisis económicas. Es así que la absorción del desempleo y el mantenimiento de una ade­cuada tasa de ganancia requerirán el estímulo de la demanda en una escala cada vez mayor, estimulando por tanto el torneo claudicante de la lucha competitiva por la existencia a través de la multiplicación del desperdi­cio, la obsolescencia planificada, los trabajos y servicios parasitarios y estúpidos.

La pro­piedad colectiva, el control y la planificación colectivos de los medios de producción y distribución son el fundamento, una condición necesaria, pero no suficien­te para la construcción de un modelo alternativo que haría posible el uso de todos los recursos disponibles para la abolición de la pobreza, que es el prerrequisito para pasar de la cantidad a la cualidad.

Para ello se precisa también la creación de una realidad de acuerdo con la nueva sensibilidad y la nueva conciencia. Esta meta implica el rechazo de aquellas falsas políticas de reconstrucción que se resumen en la fórmula “alcanzar y seguir el nivel de productividad de los países capitalistas avanzados”, destinada a per­petuar el modelo de las sociedades no libres y de sus necesidades.

Lo equivocado en esta fórmula no es el énfasis en el rápido mejoramiento de las condiciones materiales, sino el modelo que guía el mejoramiento y niega la alternativa, la diferencia cualitativa. Esta última no es, ni puede ser, el resultado del más rápido alcance posible a la productividad capitalista, sino más bien el desarrollo de nuevos modos y fines de producción; “nue­vos” tal vez no con respecto a las innovaciones técnicas y las relaciones de producción, sino con respecto a las diferentes necesidades humanas y las diferentes relaciones humanas en el trabajo por la satisfacción de estas necesidades.

Estas nuevas relaciones serían el resultado de una solidaridad “biológica” en el trabajo y en el propósito, expresiva de una verdadera armonía entre las necesidades y metas sociales e individuales, entre lo ineluctable reconocido y el libre desarro­llo: lo exactamente opuesto de la armonía administrada e impuesta que se organiza en los países capitalistas (¿y socialistas?) avanzados. La nueva sociedad podría alcanzar entonces relativamente aprisa el nivel en el cual la pobreza podría ser abolida. Este nivel podría ser considerablemente más bajo que el de la productividad del capitalismo avanzado, que está orientado hacia la obscena opulencia y el desperdicio.

En seguida el desarrollo podría tender hacia una cultura sensual, en tangible contraste con la grisácea cultura de la sociedad socialista de Europa oriental. La producción sería rediri­gida desafiando toda la racionalidad del Principia de Ejecución; el trabajo socialmente necesario sería desviado hacia la construcción de un medio ambiente estético, mejor que represivo; hacia los parques y jardines, mejor que a las autopistas y los lotes de estacionamiento; hacia la creación de áreas de retiro, mejor que a la diversión y el relajamiento masivo. Tal redistribución del trabajo (tiempo) socialmente necesario, incompatible con cual­quier sociedad gobernada por el Principio de Lucro y Ejecución, alteraría gradualmente a la sociedad en todas sus dimensiones; significaría el ascenso del Principio Estético como Forma del Principio de Realidad: una cultura de receptividad basada en los logros de la civilización industrial y que iniciaría el término de su productividad autopropulsora.

No es la regresión a una etapa previa de la civiliza­ción, sino el retorno a un imaginario temps perdu en la vida real de la humanidad: el progreso hacia una etapa de la civilización en la que el hombre haya aprendido a preguntar en beneficio de quién o de qué organiza él su sociedad; la etapa en la que vigila y aun quizás detiene su incesante lucha por la existencia en una escala más amplia, revisa lo que se ha logrado a través de siglos de miseria y hecatombes de víctimas, y decide que ya basta, y que ha llegado el momento de gozar lo que él tiene y lo que puede reproducirse y refinarse con un mínimo de trabajo enajenado: no es el paro o la disminución del progreso técnico, sino la eliminación de aquellos de sus aspectos que perpetúan la sujeción del hombre al aparato y la intensificación de la lucha por la existencia —traba­jar más duro para obtener más mercancía que debe ser vendida.

En otras palabras, desde luego la electrifica­ción, y todos los mecanismos técnicos que alivian y protegen la vida, toda la mecanización que libera la ener­gía y el tiempo humano, toda la estandarización que prescinde de espurios y parasitarios servicios “personali­zados” en vez de multiplicarlos multiplicando asimismo los adminículos y demás testimonios de la opulencia explotativa. En términos de esta última (y sólo en térmi­nos de esta última), ello sería sin duda una regresión; pero el rescate de la libertad respecto al predominio de la mercancía sobre el hombre es una condición previa de la libertad.

La construcción de una sociedad libre crearía nue­vos incentivos para el trabajo. En las sociedades explota­doras, el llamado instinto del trabajo es en modo principal la introyectada necesidad de actuar productivamente a fin de ganarse la vida. Pero los propios instintos de vida luchan por la unificación y el ensanchamiento de la vida; en la subli­mación no represiva ellos suministran la energía libidinal para trabajar en el desarrollo de una realidad que ya no exige la explotación represiva del Principio del Placer.

Los “incentivos” serían entonces inherentes a la estructu­ra instintiva del hombre. La sensibilidad de éstos regis­traría, como reacciones biológicas, la diferencia entre lo feo y lo hermoso, entre la calma y el ruido, la ternura y la brutalidad, la inteligencia y la estupidez, la alegría y la diversión, y correlacionaría esta distinción con la que existe entre la libertad y la servidumbre.

La última con­cepción teórica de Freud reconoce los instintos eróticos como instintos de trabajo: trabajo para la creación de un medio ambiente sensual. La expresión social del instinto de trabajo liberado es la cooperación, que, cimen­tada en la solidaridad, dirige la organización del reino de la necesidad y el desenvolvimiento del reino de la libertad. Y he allí una respuesta para la pregunta que inquieta las mentes de tantos hombres de buena volun­tad: ¿qué va a hacer la gente en una sociedad libre? La respuesta que, según creo, da en el meollo de la cuestión, fue enunciada por una muchacha negra. Ella dijo: por primera vez en nuestra vida, seremos libres para pensar en lo que vamos a hacer.

* Primera edición en español, junio de 1969; Editorial Joaquín Mortiz, SA. Guaymas 33, México 7, DF. Título original: An Essay on Liberation (Beacon Press, Boston, Mass. EE.UU.) 1969. Traducción directa de Juan García Ponce revisada por JGT.

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