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Actualizado el 2012-11-06 a horas: 23:29:19

Historia y valoración cultural y patrimonial de un emblemático barrio paceño

Obrajes: De barrio de telares a zona residencial

(OMC/GAMLP).- La historia del barrio paceño de Obrajes comienza años posteriores a la Fundación de la ciudad de La Paz, cuando los españoles notaron que sus prendas envejecían y debían ser repuestas a precios accesibles. Ellos pensaban que las telas fabricadas por aymaras y quechuas del valle eran inapropiadas para emplearlas en la confección de sus vestiduras de uso diario y usanza europea, según una publicación editada por la Oficialía Mayor de Culturas a través de la Dirección de Patrimonio Cultural y Natural.

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Como parte de la Campaña “Mira, Vive, Siente tu patrimonio” encarada por el municipio paceño, este miércoles 7 será presentada una edición que recoge la historia del barrio de Obrajes, uno de los primeros asentamientos urbanos de la zona sur. El documento menciona a Juan de Rivas y Hernando Chirinos, como dos ciudadanos emprendedores que, a raíz de la demanda de los españoles, deciden establecer una fábrica de paños, lienzos y bayetas.

El Cabildo les otorgó los terrenos baldíos de Saillamilla, a una legua de la cuidad. Era una cañada, cubierta de árboles, arbustos y matorrales, con ligera planicie sobre el margen izquierdo al río Choqueyapu y un manantial de aguas termales. Con la ayuda de los indígenas mitayos de las proximidades de La Paz se aparejó el terreno y levantó la primera industria textil de la ciudad.

Las telas manufacturadas sufrían de algunas deficiencias que fueron superándose hasta alcanzar la calidad requerida. Las telas se hicieron tan populares que Hernando Chirinos instaló un almacén para su expendio en lo que hoy es la calle Potosí. Este local inicialmente llevó su nombre, después fue cambiado por Saillamilla y, finalmente Obrajes.

Con parte de las ganancias de la venta de las telas se pagaban las capellanías, censos y rentas eclesiásticas. Los religiosos de San Francisco, La Merced, Santo Domingo y la Compañía de Jesús, cobraban anualmente por adoctrinar a los mitayos aymaras y quechuas que trabajaban en los telares. El virrey Francisco de Toledo promulgó la Ordenanza de Obrajes o Batanes en 1577, que reglamentó el funcionamiento de estas manufacturas. De igual forma, dictó una Ordenanza que prohibió el uso del traje incaico y el remplazo de éste por los usados en las serranías de España (Vidal de Milla, 1983:36, en Calvo y Jorques, 1998:577).

De los telares de este sector de la ciudad salieron las vestiduras para el mayor consumo de los españoles pobres, criollos y mestizos. De la misma forma, a través de los corregidores, los aymaras y quechuas de la región fueron obligados a consumir este tipo de telas, abandonando su tradicional Unku, camiseta de lana que cubría desde los hombros hasta las rodillas (se diferenciaba en cada etnia por los colores y diagramas); LLakolla o llakota (manta), que servía para cubrir la espalda y se componía de dos piezas rectangulares cosidas por el centro, que llegaba hasta las rodillas; Llautu, una trenza de colores envuelta en la cabeza por la frente a manera de corona; Chuccu, atuendo que utilizaban en la cabeza las diferentes etnias, cuyas formas y colores tipificaban a cada uno de los ayllus; Chuspa y Wiscus o ujutas.

A la muerte de Rivas y Chirinos, la propiedad de Obrajes y su manufactura pasan a Enrique y Juan de Salazar, y en 1711, figuran como propietarios Bernardino Salazar y su hermana Laura de Salazar. A la muerte de los propietarios, se inició un largo pleito entre la Compañía de Jesús, luego de algunos años de litigio, los jesuitas ganaron en definitiva el juicio.

La Compañía de Jesús no satisfecha con los telares que sus antecesores produjeron en la propiedad, decidió mejorar la producción, recibiendo por Cédula Real de 1751 la autorización para construir 80 telares, 18 hornos y fabricar cordellates, pañetas, bayetas y frazadas. De esta manera, se aumentó el número de mitayos obreros y como éstos aún eran insuficientes, se les autorizó emplear a los presidarios de la Audiencia de Charcas, a quienes los clérigos trataban con mucha dureza, motivando denuncias que dieron lugar a que fueran reprendidos. Esta fábrica estaba respaldada por una organización religiosa, que contaba con herrerías, molinos, lavaderos de oro, industria de tabacos, fábrica de paños y otros, que aportaban abundantes réditos económicos. La extensión de sus posesiones comprendió desde el valle de Putu Putu (actual Miraflores) hasta la región de Calacoto.

La mano de obra la proveían yanaconas, aymaras y quechuas que estaban al servicio personal de los españoles, que constituían el personal calificado y permanente; mitayos que servían por un mes solamente y provenían de la encomienda de Obrajes, de las parroquias de San Sebastián, Santa Bárbara y San Pedro, asimismo del altiplano, Wiyacha, Pukarani y Tiahuanaco; presidarios condenados por los corregidores y que fueron transferidos para servir en los telares (quienes trabajaban con grilletes en los pies); peones jornaleros libres, que trabajaban a destajo; finalmente se encontraba la mano de obra infantil, conformada por los hijos de los trabajadores, que se ocupaban de realizar tareas simples. Sin embargo, varios de estos trabajadores no estaban desvinculados de actividades agrícolas, ya que recibían 20 días de permiso al año para la siembra y cosecha.

Con los años, la producción de los jesuitas adquirió mucha demanda. Influenciados por el desarrollo de la indumentaria, merced a la abundancia y bajo costo de los géneros, la gente del pueblo siguió la moda española, que con los años y siglos se fue modificando en el corte de los trajes o por el surgimiento de nuevas prendas.

Cuando la producción de Obrajes se encontraba en su mayor apogeo, en 1767, Carlos III impartió la orden de expulsión de la Compañía de Jesús de las colonias americanas, causando gran consternación en lo que se refiere a los religiosos de La Paz, quienes tenían la dirección de la industria textil. Los jesuitas abandonaron sus colegios en medio del asombro y pesar de los habitantes.

Con su partida, Obrajes pasó al Ramo de las Temporalidades, institución creada por la corona española para administrar los bienes que fueron arrebatados. A 29 años de su expulsión, la producción de telas decayó: primero comenzó la desorganización y después el aniquilamiento no quedando nada que atestiguara su anterior esplendor. Los edificios y terrenos fueron puestos en subasta pública. La Junta de Almonedas fue presidida por Juan José de Segovia, Oidor Honorario de la Real Audiencia de Charcas. La propiedad fue adjudicada el 9 de noviembre de 1796 al Monasterio del Carmen. Un año después, las monjas de esta orden transfirieron la parte alta a José de Landevere. Sin embargo, no se restableció la antigua factoría.

En Obrajes se encontraban los ayllus de Pata Qullana y Mankha Qullana, cuyas tierras pasaron a ser haciendas de cultivo dependientes de la jurisdicción de Obrajes en lo civil y de las parroquias de San Pedro y Santa Bárbara en lo eclesiástico. Existían algunas quintas en el lugar.

Al cabo de algunos años, los gobernadores e intendentes de la ciudad construyeron en Obrajes una casita para reponerse de sus fatigas administrativas, beber leche fresca y pasar días agradables a la sombra de los árboles. Obrajes y Putu Putu (actualmente Miraflores) se fueron convirtiendo en los sitios preferidos de la ciudad para realizar agradables y alegres días de campo, paseos y bailes.

Los días de campo también se realizaban en la época de Cuaresma, en la que abundaban los choclos, frutas y flores. El encuentro se llevaba a cabo merced a la decisión y entusiasmo con que cada uno de los concurrentes ponía la especie o producto que le designaban, contribuían con: vino, pisco, caldo, humintas, ajíes, entre otros, es decir, pagaban su cuota con licores o alimentos. Asimismo, realzaban la diversión entretenidos juegos o bailes.

En carnavales, las familias ricas invitaban a un gran número de personas y se sentían honradas con que asistieran a servirse comidas y bebidas. Las familias acaudaladas usaban cucharas de oro, cocinaban chocolate en ollas de plata, servían sucumbé y mistela en copas de considerable costo y las comidas en platos de plata. En esos tiempos abundantes, los vecinos eran de gran porte y orgullosos para compartir los gastos que hacían en sus fiestas.

En años de la Guerra de la Independencia, los frecuentes cobros injustificados de impuestos que los jefes realistas hacían a los vecinos de La Paz, incitó la frecuente realización de excursiones a Obrajes, ya que en este lugar encontraban un refugio de paz y recreación.

En el siglo XIX la zona Sur comprendía Obrajes, Següencoma, Calacoto, Achumani e Irpavi, con propiedades de personas con cuantiosas fortunas. El monasterio del Carmen poseía el 43% de las haciendas de Obrajes.

En 1817 el teniente coronel de Infantería Juan Sánchez Lima, Gobernador de Nuestra Señora de La Paz, ordenó la construcción de un puente de cal y piedra sobre el río Chuquiaguillo. La obra favoreció a doña María del Pilar Cruzado, a quién Sánchez también obsequió la quinta de los corregidores.

En años de la República, el presidente Ballivián, planeó la apertura de un camino carretero a Obrajes y una villa para enfermos y convalecientes y de recreo a los vecinos. De esta manera, mediante Ley de 8 de octubre de 1844, el Congreso decretó la creación de Villa Ingavi en el cantón de Obrajes, obligando a los dueños a enajenar sus propiedades previa indemnización de los terrenos.

La propietaria de Obrajes Alto, en ese entonces, fue Teresa Villaverde, sobrina de José Landevere y tía del Gral. José Ballivián, trató de impedir la Ley mediante las poderosas influencias que le daban su posición social y cuantiosa fortuna. Primero, trató de sobornar al Gral. Ballivián y a los conspiradores.

Doña Teresa consideró a la ley que fundó Villa Ingavi como un ataque a su persona y propiedad. El Gobierno le ofreció una indemnización de tres mil pesos que rechazó. Dicha ley le despojó el camino (actual avenida Hernando Siles), pues la antigua vía pasaba por encima de una hacienda de Obrajes Alto y algunas chacarillas.

En 1880, Narciso Campero, cambió la denominación de Villa Ingavi por la de Villa Alianza y en 1883 embelleció la plaza principal con árboles, piletas y se trató de convertir en un balneario el manantial de aguas termales.

El 20 de octubre de 1889, el presidente Aniceto Arce ordenó a las tropas militares de la guarnición abrir una avenida desde el paseo de la Alameda (actual avenida 16 de Julio) hasta San Jorge, donde empezaba el antiguo camino a Obrajes y en cuyo trayecto se encontraban grandes eucaliptos.

Concluidos los trabajos, la Municipalidad la nominó como avenida Arce. Años más tarde, esta ruta quedó pavimentada provocando el desarrollo de Villa Alianza que a inicios del siglo XX aún presentaba chacras, quintas campestres y apenas un pozo de agua que abastecía a los vecinos y animales (El Siglo Industrial, 22/09/1895). En Villa Alianza se encontraba la ex comunidad Canchi que cancelaba anualmente el impuesto territorial de 338 bolivianos. El censo de 1900 señala a Villa Alianza la siguiente población, 1.893 hombres y 1647 mujeres.

En 1913 la compañía Bolivian Rubber & General Enterprise Co. extendió la línea de San Jorge hasta Villa Alianza, sobre un recorrido de 2.400 m, y a través de un tortuoso camino se colocaron los primeros postes de alumbrado y cables para el tranvía que comenzó a operar en febrero de 1914 con carros mixtos para 35 pasajeros, un recorrido cada media hora y un pasaje de 30 centavos en primera y 15 en segunda clase (El Norte, 09/02/1914).

Se habilitó el servicio de teléfonos y construyó el dique en la región del primer puente de Villa Alianza. A mediados del siglo XX, la congestión de los tranvías se hizo intolerable que Villa Alianza u Obrajes empezó a conectarse con la ciudad a través del colectivo. Años después, el Municipio construyó las avenidas Kantutani, Del Poeta, Leones y Costanera.

Valoración cultural y patrimonial

La zona de Obrajes, declarada por el municipio paceño como Patrimonio Arquitectónico y Urbano, posee los siguientes atractivos:

Iglesia del Señor de la Exaltación. El primer templo fue edificado con aportes de Teresa Villaverde, una dama acaudalada de la quinta en Obrajes. De Nuestra Señora de la Asunción pasó a Santa Bárbara y finalmente a la Iglesia del Señor de la Exaltación construida por Hugo López Videla (recuperando un proyecto de 1930).

Casona de Hacienda. Construida a fines del siglo XIX con tipología espacial. Presenta la típica cubierta de teja, ventanales en arco rebajado, muros macizos en tierra y balcones con baranda metálica.

Casona Ibáñez. De estilo ecléctico, bloque central y volúmenes laterales, atrio de ingreso con escalinata y jardín.

Mansión Ernst Rivera. Construida en predios de una antigua hacienda a principios del siglo XX, para la familia del empresario alemán Ludwing Ernst, fundador de la CBN. Es de estilo neocolonial europeo.

Casa Fundación Suyana. Edificación de arquitectura ecléctica de 1900, que conserva una tipología característica del periodo republicano, incorporando elementos ornamentales en su fachada y en el interior.

Casa Gallenius. Neorromántica que insinúa modelos nórdicos, coronada por una torrecilla con cubierta cónica y la clásica ventana dispuesta sobre el tejado.

Casona Sillerico. Inspiración nor europea, expone una fachada donde resalta la esmerada ornamentación con fajones moldurados sobre puertas vidrieras.

Mansión Lorini. De estilo ecléctico retoma elementos decorativos del Medioevo inglés. Se observa al ingreso un arco tipo tudor, ventanales rectos, vitrales, nichos y barandas perforadas.

Subalcaldía. Obra Hugo López Videla, arquitectura historicista de sencilla composición. Jerarquiza un elemento volumétrico que supera la altura de la cubierta.

La imagen del Señor de la Exaltación. En la época colonial, ésta se encontraba en una capilla de la zona de Río Abajo que se derrumbó. Al pasar por Obrajes, rumbo a la ciudad, se tornó tan pesada que los vecinos decidieron levantar una Iglesia ahí donde se quedó.

Plaza 16 de Julio. En 1930 fue denominado como parque Campero; desde 1050 pasó a ser la plaza 16 de julio.

Plaza Néstor Cueto Vidaurre. En homenaje al político y diplomático, el Alcalde Raúl Salmón emplazó un busto realizado por Víctor Zapana.

Plaza Italia. En 1930 fue denominada como parque Colón, pero cambiado debido a la colocación de la escultura de bronce de la Loba Capitolina donada por residentes italianos.

Busto a Guido Capra Jemio. Como un homenaje a Guido Capra (1942-2009), destacado ingeniero, rector de la Universidad Mayor de San Andrés y munícipe.

Festividades

De 1913 a 1930, Villa Alianza celebraba el 16 de julio y 6 de agosto con carreras de coches y caballos, entrada libre de los bailarines, procesión ecuestre con teas y faroles además de fuegos artificiales, repiques de campanas en la parroquia, distribución de fruta a los niños, misa de campaña y retreta en la noche.

Romerías de Semana Santa: Comenzó a principios del siglo XX. Además de la fe y devoción, para muchas personas las caminatas son una tradición familiar que se ha inculcado de generaciones anteriores.

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