Álvaro Cuadra *
La figura de Bachelet sigue siendo la incógnita de una ecuación política que sigue pendiente. La incertidumbre no se puede resolver hasta que la ex mandataria se pronuncie de manera abierta sobre su intención de participar en las próximas elecciones presidenciales. Sin embargo, se pueden hacer algunas consideraciones ante tal eventualidad que bien debieran ser tenidas en cuenta por sus seguidores y por sus detractores.
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Pareciera indispensable que el nombre Bachelet debiera ser sancionado por elecciones primarias al interior mismo de la Concertación. Con ello se disiparía la sensación de que todo se trata de un arreglo cupular sin el consentimiento explícito de las bases. Una segunda cuestión tiene relación con el emplazamiento de la ex presidenta en el actual panorama político chileno. Las encuestas indican que el desprestigio del actual gobierno de derechas no significa, de buenas a primeras, un fortalecimiento de la oposición.
Desde otro punto de vista, hay dos claras tensiones en la eventual candidatura de la señora Bachelet. La primera puede enunciarse como la dicotomía Bachelet – Concertación. En efecto, la actual funcionaria de la ONU aparece con un apoyo del 42% en los últimos sondeos, pero, es claro que la Concertación de Partidos por la Democracia aparece hoy como un conglomerado dividido, debilitado y de baja convocatoria. En síntesis, la actual Concertación no es, precisamente, una agrupación que dé garantías de gobernabilidad democrática.
La segunda tensión se relaciona con el carácter “rétro” de la gestión concertacionista. De hecho, se puede alegar que muchas de las demandas expresadas por los movimientos sociales hoy no son sino el resultado de aquello que no hizo la Concertación durante veinte años en el gobierno. De este modo, el nombre Bachelet deberá superar la idea de un “retorno al pasado”, con toda su carga de malas prácticas. Este punto es clave si consideramos que en las próximas elecciones se suman varios millones de nuevos electores al padrón electoral.
Después de las movilizaciones sociales del año pasado, se puede afirmar que algo ha cambiado en el ánimo y las expectativas políticas de los chilenos. Aquellas candidaturas que logren mayor empatía con las demandas de cambio expresadas en las calles serán, muy probablemente, las más favorecidas. Si bien las encuestas se focalizan en las figuras de algunos personajes, quizás haya llegado el momento de introducir el primer cambio y volver a los “programas de gobierno”.
Finalmente, los temas en discusión, reformas constitucionales de fondo en los dominios de la educación, la tributación, la salud y la regionalización, entre tantos, no se resuelven, por lo menos no del todo, con la sonrisa maternal de una candidata.
* Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.
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