Fausto Triana *
París.- Reclinado ante un “Magret de Canard a la orange” y con la sensación de estar en compañía de fantasmas célebres en el restaurante Le Procope, París me pareció la fiesta que Hemingway describía en su precioso texto. Entonces el otoño se hacía dueño del boulevard de Saint Germain y de toda la Ciudad Luz, con un frío agradable que el exquisito filete de pato a la naranja lograba mitigar a la perfección. Luego un vino francés, rojo y Bordeaux, rebasaba las expectativas.
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Había pasado momentos antes por Le Deux Magots, el famoso café donde se deleitaron alguna vez el propio Hemingway, Pablo Picasso, Jean Paul Sartre, Ernesto Sábato, Simone de Beauvoir, Elsa Triolet y Fernand Léger, bajo la sombrilla de André Breton.
A unos 300 metros, marcando distancias entre surrealistas, plásticos, feministas, cubistas y literatos, Le Procope, fundado en 1686 por el siciliano Francesco Procopio Dei Coitelli, es otra de las glorias máximas de París. Allí estuvieron latinoamericanos ineludibles en la historia como Simón Bolívar, Francisco de Miranda y José Martí, y en su esplendor, el autor de Rayuela, Julio Cortázar.
Le Procope fue también cuartel general de los románticos de distintas épocas, como Víctor Hugo, Georges Sand y Alfred de Musset. Un punto de concurrencia para Oscar Wilde, Honoré de Balzac, Benjamín Franklin y Napoleón Bonaparte.
¿Moliére? En el número 12 de la calle l’Ancienne-Comédie están sus huellas. Desde 1690 se convirtió en el espacio predilecto de reunión de los actores de la Comédie Française, la cual se había inaugurado un año antes en la misma zona. Sin embargo, la incidencia mayor fue de los filósofos, en "Las charlas del café" y los entretelones de la Revolución Francesa.
Voltaire, Danton, Robespierre, Marat, Corot, Camille Desmoulins, Diderot y Rousseau dejaron sus sellos pensadores en las paredes de Le Procope. Era el refugio para discutir las ideas revolucionarias que más adelante hicieron estremecer los fundamentos de la monarquía. El propio Luis XVI, inicialmente admirador del Procope, recelaba del recinto poco después.
París no se acaba nunca, decía con buen tino el autor de El viejo y el mar. Aún en medio de las crisis económicas, las espléndidas luminarias en Les Champs Elysee, adornan los 400 árboles de la “plus belle” avenida del mundo.
Como siempre, la Torre Eiffel recibió con fuegos de artificio el 2012 y las majestuosas riberas del Sena atesoran espacios de encuentros por doquier en virtud de una temporada invernal de momento generosa.
Bien vale una misa, lo sabemos sin necesidad de evocar a Enrique IV.
* Editor Jefe de las Redacciones Especializadas de Prensa Latina, ex corresponsal en Francia.
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