Ramón Rocha Monroy
Pocos pueblos hay que sufran el trauma de su nacimiento como el nuestro. Algunos han sufrido purgas, exterminios y holocaustos incluso recientes, pero nosotros arrastramos dos padres excluyentes, uno ninguneado y una madre atribulada que no se da modos para que esos tres padres reconozcan a todos sus hijos. Si digo tres me refiero a la generación indígena de 1780-1781, a la generación criollo mestiza y nacional-popular de 1809-1810, que se diezmó antes de 1825, y a la generación de doctores y ex generales realistas de 1820-1825 que fundó la república a su imagen y semejanza.
Ojo de vidrio: Publicó las novelas: ¡Qué solos se quedan los muertos!-Vida de Antonio José de Sucre
(Ed. El País, 2006), Potosí 1600 (Premio Alfaguara 2001), Ladies Night, La Casilla Vacía, Ando volando bajo (Premio Guttentag 1994),
El run run de la calavera (Premio Guttentag 1983), Allá Lejos (Ed. Los Amigos del Libro, 1978).
Inició su carrera literaria con Pedagogía de la Liberación (Premio Franz Tamayo de Ensayo 1975).
Tiene dos libros de crónica gastronómica: Crítica de la sazón pura, Todos los cominos conducen aroma y La importancia de vivir en Cochabamba.
Es también guionista de cine.
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Esta podría ser la conclusión más importante del Encuentro Internacional de Historiadores, que organizó la Universidad Mayor de San Simón del 9 al 11 de septiembre y culminó con el elogio de los expositores nacionales e internacionales porque Cochabamba tomara esa iniciativa.
En el Bicentenario de La Paz, hubo una discusión agria e inconciliable entre “kataristas” y “murillistas”, unos que recuperaban la memoria de 1780-1781 y otros, el proyecto de 1809, que se extendió con las republiquetas hasta 1825. En Cochabamba, la reunión fue más auspiciosa porque abrió un debate con posiciones divergentes, pero al menos un debate cordial que permitirá volver a reflexionar sobre la historia de nuestra independencia.
Georges Lomné, historiador francés, me confió detalles dramáticos sobre la vida de Bolívar, que se conservan en el archivo del Quai d’Orsay, la cancillería francesa. Cuando el señor Mier, que le brindó su finca de San Pedro Alejandrino, le ofreció Don Quijote, para que leyera, ésa, la última lectura de Bolívar, fue el capítulo cuarto, que narra la aventura de los galeotes. Don Quijote ve unos hombres que arrastran sus cadenas condenados a galeras, se trenza con sus guardias y los libera, pero los galeotes le dan una tunda y vuelven a entregarse a sus carceleros. ¿No es una alegoría de los desvelos de Bolívar por la independencia de nuestros pueblos y el resultado final? Quizá pensaba en la consolidación de una casta oligárquica, que excluiría a los indígenas y mestizos restaurando el orden colonial por más de un siglo, o bien en el neocolonialismo, que aún limita nuestras soberanías, o, por último, en el problema inconciliable de estas nuevas repúblicas, que siguen rumiando sobre el trauma de su nacimiento, porque proviene de tres padres o tres proyectos y una madre atribulada.
Pues bien, hay una mayoría consistente que reivindica con legítimo derecho la figura de Katari y otros líderes indígenas; hay una población que parecería en retirada y defiende a los doctores de Chuquisaca y los generales fundadores de la República en 1825. Pero ¿quién se acuerda de los héroes anónimos que combatieron desde 1810 hasta 1825, muchos de ellos ajusticiados en el camino? El Diario del Tambor Vargas registra 19 oficiales cochabambinos que combatieron en la División de los Valles, que protagonizó la guerrilla de Ayopaya, Inquisivi y los Yungas. ¿Alguien se acuerda de Rafael Copitas, Manuel Saavedra, Silverio Araníbar y Melchor Pacheco (Carasa), de Pío Hermosa (Palca), de Pedro Àlvarez y Manuel Delgadillo (Morochata), de José Manuel Chinchilla y José Mariano Garavito (Tapacarí), de José Domingo Gandarillas, José Manuel Antezana alias El Locoto, José León y Benito Bustamante (Cochabamba) de Luis García Luna y José Manuel Castro (Tarata), de Antonio Pacheco (Arque), de Mariano Mendizábal (Mizque), de Manuel Paredes y Vicente Villarroel (Punata)?
Hay un monumento al Virrey Toledo, otro a la espada, la cruz y al conquistador en la Plaza Gerónimo de Osorio; y en La Paz una calle principal se llama Sánchez Lima, el más duro represor de la guerrilla de Ayopaya. En cambio, no hay ni un callejón meado que lleve el nombre de alguno de esos 19 cochabambinos, entre cientos de patriotas charquinos, salteños, chilenos y peruanos que combatieron en esos escenarios.
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