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Actualizado el 2010-05-27 a horas: 16:22:36

El discurso de la “cosmovisión andina”

Jorge Luis Soza Soruco

Hablar de una cosmovisión implica hablar de una manera de ver el mundo, una manera de pensar y explicar la realidad; según los estudiosos de los Andes la cosmovisión andina es no sólo una forma de saber, sino una manera de sentir propia del “hombre andino” que se explica a partir de una relación vivencial con el entorno.

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Se trata de un sentimiento y una visión de la vida y la realidad marcada por elementos míticos que surgen de una sociedad agraria pre-capitalista, la misma que – a decir de los apologistas de la “lógica andina” - aún perdura en los Andes; donde todo incluido el hombre, los animales y las rocas tienen calidad de sagrado; un mundo mágico y simbólico producto de una sociedad influida por elementos colectivistas, cuyo legado tiene un origen anterior incluso, al régimen autocrático de los Incas.

En concepto de antropólogos y filósofos de la cultura, en las comunidades andinas el legado cultural ancestral persiste y se transmite oralmente de generación en generación. Fundamentalmente a través de las actividades productivas basadas en una “economía de reciprocidad” y a través de elementos simbólicos como sus bordados, aguayos y sus ritos; elementos todos, que prefiguran un mundo cultural con un profundo sentido ecologista, el mismo que pese al bombardeo ideológico de la civilización capitalista persiste. Casi todos los investigadores resaltan el carácter mítico y pre-conceptual del saber andino, se trata de un mundo marcado por lo ritual, lo simbólico donde la presencia del mito juega un papel importante en la explicación del mundo andino.

Hablar de una cosmovisión implica a su vez, hablar de una lógica y una epísteme distinta a la occidental. La “lógica andina” – dicen estos autores - implica una dialéctica basada en “los contrarios que se complementan” donde no existe la contradicción antagónica; para estos estudiosos del mundo andino la “lógica occidental” se basa en la racionalidad griega inaugurada por Sócrates y la lógica formal aristotélica, la misma que durante siglos (durante todo el Medio evo prácticamente) sirvió a la tradición judeo-cristiana para sustentar los dogmas religiosos y hoy persiste en la manera de pensar de las clases dominantes de occidente; manera de pensar metafísica, formal, expresión falsa de la realidad que se ha transpuesto masivamente por generaciones en la mente de las masas urbanas y rurales de la sociedad burguesa; de ahí que Marx llamó a esta lógica formal la lógica del sentido común.

Sin embargo, el “pensamiento occidental” no se reduce a esta lógica, tampoco es homogéneo, mucho menos es “pura creación occidental”, sino que constituye una síntesis que incorpora elementos provenientes de las culturas árabe, egipcia, hindú, etc. etc. Piénsese sólo en los primeros filósofos griegos: Tales de Mileto, por ejemplo, recorrió el mundo conocido entonces y extrajo lo mejor del desarrollo de las culturas egipcia y oriental, abrió con dichos aportes al conocimiento científico las matemáticas; similar es el caso de Pitágoras.

El racionalismo cartesiano emergente en la época del renacimiento sumado a los principios socio políticos de los ilustrados franceses, constituirían los supuestos lógicos modernos de una manera de ver la naturaleza y la sociedad, cuyo influjo sentó presencia más allá de los albores de la revolución industrial, influjo que hoy –a decir de los divulgadores de la lógica andina- habría entrado en una crisis profunda.

Mucho se habla de la crisis de la modernidad y la “racionalidad” que le es inherente, sin embargo, si de crisis se trata, habría que referirse no sólo a “la crisis de la modernidad”; sino a la crisis de la civilización humana y su incapacidad para crear una sociedad con justicia social, sin contradicciones antagónicas a su interior, sin oprimidos ni opresores, acusación de la que no se salva nadie; ni siquiera las tan mentadas sociedades pre coloniales andinas, porque su devenir histórico al igual que la historia de los pueblos de oriente y occidente, es, sin duda alguna; una historia de conquista y violencia de grupos sociales privilegiados, de castas dominantes sobre el resto de la población. Un Imperio y un Estado como el Inca no se edificó en torno del reino mágico de la “armonía social” y “la reciprocidad horizontal”, como pretenden hacernos creer hoy los filósofos de la cultura y antropólogos del “mundo andino”, sino que es el resultado de la generación de un excedente económico, el surgimiento de antagonismos sociales y la emergencia de clases o castas privilegiadas al interior de la sociedad; las mismas que se colocan por encima del pueblo llano y controlan no sólo el Estado, sino que al hacerlo definen el destino del excedente y la vida de sus pueblos.

El llamado “pensamiento andino” es ante todo el fruto del esfuerzo de filósofos de la cultura y antropólogos europeos y sudamericanos que se acercan al mundo andino. Sin embargo, en su “crítica” soslayan una otra forma que asume el pensamiento en la época moderna: el pensamiento dialéctico que surge como respuesta a la racionalidad instrumental capitalista y tiran por la borda las grandes transformaciones del pensamiento que trajeron los adelantos en las ciencias naturales y sociales a lo largo de los siglos XVIII y XIX, los mismos que desplazaron durante el siglo XIX la concepción mecanicista y el método metafísico de ver la naturaleza y la sociedad, dando lugar a la emergencia del pensamiento dialéctico; inicialmente con Hegel que interpretaba el mundo como razón. El mundo, en la concepción hegeliana, estaba maduro para organizar racionalmente la sociedad; las instituciones sociales y políticas alcanzadas por la humanidad constituían la base sobre la que habría de realizarse la razón moderna; Hegel identificaba la razón con el orden social existente (el orden burgués), sin embargo, la dialéctica racional no se reducía a Hegel, y lo demuestra el hecho de que irrumpe posteriormente otro pensamiento dialéctico que constituía su negación; lo evidente es que “mientras que en el sistema racional hegeliano todas las categorías culminan en el orden existente, en Marx se refieren a la negación de este orden”1.

La emergencia del pensamiento dialéctico marxista provocó una revolución teórica sin precedentes en la filosofía y en las ciencias sociales, trajo consigo una nueva explicación de la sociedad y la historia y permitió desvelar la razón abstracta de la filosofía hegeliana como la razón de las clases dominantes bajo el régimen burgués. La existencia del proletariado y de la lucha de clases constituían no sólo la expresión palmaria de la negatividad e irracionalidad del orden social imperante, sino que constituía la reafirmación de la existencia de contradicciones sociales inconciliables; a estas alturas era ya evidente que “la realización de la razón” no pasaba por la crítica filosófica, sino que constituía y constituye aún hoy, una tarea de la práctica socio histórica de las masas trabajadoras oprimidas bajo el capitalismo. Por tanto, la solución no pasa por la elucubración filosófica, como ilusamente piensan algunos diletantes, intelectuales del sistema.

La idea de una “epísteme andina”, que se estaría reconstruyendo como una opción a “la crisis del pensamiento occidental”, constituía hasta hace poco una constante entre los apologistas del mundo andino. Se trata de una epísteme “que parte de los ritos, símbolos y mitos de un pueblo”, cuyos hombres no se colocan frente al mundo con el afán de aprehenderlo ni tienen un afán instrumental, sino que se consideran parte de él, equivalentes a todo lo que lo constituye a las piedras, las plantas, los animales. “Un mundo donde todo es vivir en equilibrio y reciprocidad”, un mundo mágico donde todo tiene la dignidad de lo sagrado, incluido lo inorgánico y lo orgánico, lo animal y lo vegetal, lo humano y lo que está más allá, en la naturaleza, en el cosmos, concebido como “viviente”, por tanto, con sentimientos, afectos y necesidades nutritivas, tal como pensaban los primeros materialistas griegos.

Esta imagen idílica que impulsa a representarse la realidad del mundo como un mundo mágico y homogéneo; reino de la armonía y el respeto entre los hombres entre sí y con los otros seres vivos y la naturaleza, sin contradicciones antagónicas, muy distante sin duda alguna del mundo real cotidiano que vivimos, marcado por profundas y dolorosas contradicciones sociales; dominado por la cosificación de las relaciones humanas y la opresión de hombres y pueblos corresponde, no digamos a tiempos idos, muy remotos, sino a la elucubración de los antropólogos y filósofos del “mundo andino”.

La lógica formal aristotélica, por ejemplo, es una forma de pensar propia de un primer estadio del desarrollo del pensamiento racional, capaz de captar algunos fenómenos simples de la realidad ciertamente, pero incapaz de aprehender la estructura (la esencia) de otros fenómenos mucho más complejos; marcados no sólo por la quietud o el aislamiento como los “ve” el lógico formal o el metafísico, sino que se trata de una realidad en constante cambio; cuyo proceso de desarrollo no proviene del exterior, sino que se trata de un proceso de transformación constante producto de contradicciones internas, inherentes a su propia naturaleza. La quietud en el mundo es la excepción, no existe, todo esta en cambio constante en la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, producto precisamente de contradicciones internas; explicar este permanente devenir a partir de las interacciones recíprocas que se produce en el mundo es la tarea del pensamiento dialéctico.

Lejos de caer en el error de la idílica sujeción a un fetiche: lo andino ancestral y “su lógica” propio de muchos apologistas liberales del “mundo andino” - no sólo aymaras sino de origen extranjero2 –. En lo que sigue sometemos esta “visión” a un análisis crítico; esta “lógica”, contiene algunos elementos dignos de rescatarse, como su conciencia ecologista y algunos resabios colectivistas que aún persisten pero, en lo fundamental, sus soportes ideológicos son claramente identificados con una lógica burguesa de razonar, lo desvela no sólo su punto de partida antropológico, sino el principio de “la complementariedad de opuestos no antagónicos” y la “armonía entre todas las comunidades del cosmos”, es un discurso con evidentes motivos práctico sociales favorables al statu quo burgués.

En el fondo, el “pensamiento andino” constituye una “crítica” con una clara motivación ideológica, aderezada con mucha dosis de misticismo y escaso valor científico, pues, no nos sirve para profundizar en el conocimiento de la vida real de los pueblos y naciones andinas; ni siquiera bajo el Incario, no nos sirve por ejemplo para profundizar la estructura - de clases - del Estado Imperial Inca. De ahí que dista mucho de constituir - como suponen sus divulgadores - la expresión de una hipotética “revolución epistemológica”, es decir, un supuesto nuevo “paradigma científico”, que supera los “obstáculos epistemológicos” precedentes y nos acerca al conocimiento de “la verdad”. No sólo, porque no está en la posibilidad de realizar aporte alguno a esta comprensión, sino porque es una “lógica” que, en lo fundamental, es una creación ideológica reciente que en lugar de coadyuvar a comprender los motivos últimos que explican los procesos históricos de la vida real, los mistifica, en función de preservar los intereses de clase dominantes en la sociedad andina. Un orden social, por cierto, muy lejano de la “armonía cósmica” de la que tanto nos hablan los apologistas de la “lógica andina”; basado en antagonismos sociales inconciliables, cuya explicación última reside en la propiedad privada de los medios de producción, la circulación de mercancías y la acumulación de riqueza.

1 Marcuse, Herbert. Razón y Revolución.

2 Piénsese sólo en las obras de Rodolfo Kusch o Dominique Temple, uno de los investigadores que profundizó bastante acerca de las posibilidades de una dialéctica andina, su obra “Dialéctica del don” constituye la fuente de la que se nutrieron muchos de los apologistas del “mundo andino” en el país.

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