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Aunque la veracidad literal de esta célebre sentencia que se le atribuye se ponga a veces en duda, su espíritu nadie lo discute. Postrado en cama atacado por una neumonía, el anterior primer ministro australiano, Jon Howard, forzó su salida del lecho hospitalario para prestar obediencia al hombre al que tenía que agradecer tantos cubos vacíos de mierda. Su sucesor, Kevin Rudd, acudió a toda leche a una reunión con Murdoch en Nueva York antes de su elección. Una pauta de alcance planetario. Antes de asumir el poder, Tony Blair voló a una isla aledaña de Queensland para participar en una reunión de la News Corporation y jurar por el thatcherismo y las desregulación del sector de los medios de comunicación ante la jocunda figura situada en la fila de enfrente. Al día siguiente, el diario sensacionalista Sun alababa a Blair como un hombre "con visión y que habla nuestro lenguaje en lo tocante a moralidad y vida familiar".
Murdoch conoce lo poco que separa a los partidos políticos principales en Australia, Gran Bretaña y los EEUU. Y elige a su hombre. En 1972, respaldó en Australia a Gough Whitlam, que se reveló un reformista radical que amenazaba incluso con denunciar las bases de espionaje norteamericano. Un Murdoch enfurecido lanzó a sus diarios contra Whitlam con historias tan ultrajantemente distorsionadas, que un grupo de periodistas rebeldes en The Australian quemaron su propio periódico en la calle. Nunca más se ha repetido algo semejante.
Los temas dominantes en la murdocracia australiana, aparte del deporte y el cotilleo de celebridades, son la promoción de la guerra y la xenofobia, de la política exterior norteamericana, de Israel y del paternalismo en relación con los aborígenes, la población más depauperada entre los pueblos indígenas, según la ONU. Este anticuado belicismo frío no es, por supuesto, monopolio de la prensa de Murdoch, pero él marca el guión. Cuando el tirano indonesio Suharto estaba a punto de ser derrocado por su propio pueblo, el director de The Australian, Paul Kelly, envió a una delegación de directores del grueso de los principales periódicos australianos a Yakarta. Con Kelly a su lado, el asesino en masa que los periódicos de Murdoch promovían como un "moderado", aceptó el tributo que venía a rendirle la crema de los gacetilleros australianos.
El siervo más desvergonzado, aun si entretenido, de Murdoch es Greg Sheridan, jefe de la sección de exteriores del Australian. En uno de esos viajes que le encantan a los EEUU, sede del cuartel general de Murdoch, Sheridan escribió: "Los EEUU constituyen el mejor argumento posible a favor de la desregulación de los medios de comunicación. Cada mañana, voy de la Fox, a la CNN y a la MSNBC mientras desayuno mis cereales... ¿Por qué estamos tardando tanto en Australia en tener televisión de pago?". Como guiado por el instinto, se estaba refiriendo a la empresa de televisión de pago propiedad de su amo, Foxtel. En lo tocante al terrorismo, Sheridan responsabiliza al ·"chomskysmo pilgerista" de "dar combustible a los secuaces de Osama bin Lenin, perdón, Laden".
Una de las campañas más eficaces de la murdocracia australiana ha sido un blanqueo del sangriento pasado colonial que ha incluido ataques en serie al distinguido estudioso y cronista del genocidio aborigen Henry Reynolds y al director del National Museum australiano, Dawn Casey, por haber osado presentar la verdad sobre el sufrimiento indígena. El gran historiador inconformista australiano Manning Clark fue tachado por el correo de Murdoch como un agente rojo, y luego como un fraude, con un estilo muy parecido a la campaña difamatoria emprendida por el London Sunday Times, asimismo propiedad de Murdoch, contra el diputado laborista británico Michael Foot, tachado de agente soviético.
Algo parecido aguarda a quienes cuestionen la manipulación de la memoria del sangriento sacrificio australiano en el altar del imperialismo, viejo y nuevo. Dirigido a los jóvenes, un lacrimoso "nuevo patriotismo" llega a su clímax anual el 25 de abril, el aniversario del desastre de la I Guerra Mundial en Galípoli conocido como Anzac. El mensaje es un militarismo sin rebozo y la promoción de la invasión de Afganistán e Irak. Y así, el primer ministro Rudd puede absurdamente decir que la vocación australiana más elevada es la militar.
Esas falsas banderas tremolan sin desmayo por Israel en una Australia que cuenta con un nutrido grupo de periodistas patrocinados y pagados por grupos sionistas. El resultado son informaciones apologéticas de acciones mortíferas que no dejan de hurgar en la ingenuidad [ante el expansionismo hitleriano; n.T.] de los grandes pacificadores de los años 30, como Geofrey Dawson, el entonces director del Times de Londres. El debate sobre los crímenes bélicos de Estado no ha conseguido hacer pie en Australia. Que un antiguo primer ministro británico y otro actualmente en el cargo hayan tenido que testificar ante la comisión Chilcot en Londres se ve con perplejidad: nada parecido podría ocurrir aquí. Sin embargo, John Howard, que también invadió Irak, detenta algo parecido a un récord al haber declarado no menos de 30 veces en un discurso que sabía de buena tinta que Saddam Hussein tenía un "programa masivo" de armas de destrucción masiva.
La televisión de ámbito nacional, la Australian Broadcasting Corporation (ABC), viene siendo intimidada desde hace mucho por la prensa de Murdoch de una manera obsesiva que recuerda a la campaña que esa prensa lanzó en Gran Bretaña contra la BBC. Financiada públicamente, la ABC carece completamente de la independencia nominal y de la protección del sistema británico de una televisión concebida como recurso para a emisión pública. El año pasado, se le concedió a HarperCollins, propiedad de Murdoch, una lucrativa "participación" en el sector de publicaciones de la ABC, ABC Books.
En 1983, 50 grandes corporaciones empresariales dominaban el mundo de los medios de comunicación. En 2002, su número se había reducido a 9. Rupert Murdoch dice que terminarán siendo 3, incluyendo la suya. Si le tomamos la palabra, medios de comunicación y control de la información llegarán a ser una y la misma cosa, y todos nosotros seremos súbditos de una murdocracia.
* John Pilger, nacido en 1939 en Australia, es uno de los más prestigiosos documentalistas y corresponsales de guerra del mundo anglosajón. Particularmente renombrados son sus trabajos sobre Vietnam, Birmania y Timor, además de los realizados sobre Camboya, como Year Zero: The Silent Death of Cambodia y Cambodia: The Betrayal. Traducción para www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench.
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Un militar confirma que usaron armas de guerra en la masacre de 2003
El teniente Coronel Moisés Juan Ramírez Regis, responsable de la seguridad de la Planta de Senkata durante la insurrección popular de 2003, confirmó que en las labores de resguardo militar se utilizaban armas reglamentarias: los oficiales portaban pistolas y los soldados fusiles FAL con 20 proyectiles cada uno, los primeros cinco de goma y el resto de metal. Ramírez testificó ante el Tribunal de Sentencia de la Corte Suprema que atiende el caso denominado “Octubre Negro”.
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El 17 de marzo de 2009, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), presentó ante la Corte Constitucional para el Período de Transición una demanda de inconstitucionalidad en contra de la Ley de Minería publicada en el registro oficial No. 517 del 29 de enero de 2009. La demanda de la CONAIE contenía objeciones de forma y fondo a la ley, sin embargo fue la falta de consulta prelegislativa a pueblos y nacionalidades indígenas la que levantó más revuelo en los ámbitos jurídico y político del país. De fallar a favor, la Corte Constitucional crearía un precedente importantísimo para el pleno reconocimiento de los derechos de los pueblos y nacionalidades indígenas ya que toda ley posterior que amenazare con afectar sus derechos les debería ser consultada.
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