
Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.
Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).
Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Carlos es de origen guatemalteco, nacido en Pajapita (que suena a palíndromo sin serlo) pero ha vivido 27 años en México y jamás cruzó de regreso al vecino país. “Le puse una cruz”, reconoce. Sin entrar en detalles, alude a ese país feudal e injusto que es Guatemala, donde los ladinos desprecian a los indígenas y se avergüenzan de la cultura maya, una de las más importantes en la historia de la humanidad. Guatemala no ha dejado de estar en el corazón, el hígado y la cabeza de Carlos López, quien publica numerosos títulos de autores guatemaltecos, y es capaz él mismo de escribir, hurgando en su memoria de juventud, un diccionario de 618 páginas –cerca de 10 mil referencias- con las “Voses de Guatemala”. Lo de “voses” no es un error o errata, sino que se refiere al “vos” tan en uso en su país natal.
Además de su labor como editor y profesor universitario, Carlos López es autor de varios poemarios, ensayos y libros de palíndromos. Los haiku de “Fuego azul”, por ejemplo, son finos y sensuales. No resisto la tentación de citar un par de ellos. “Larva tu sexo / mariposa dorada; / Dios aletea”, o este otro: “Gotas de nieve / lágrimas congeladas; / mares de espanto”.
Es su enamoramiento por las palabras lo que hace que Carlos sea un experto en palíndromos. Su manera acuciosa de escrutar cada palabra al derecho y al revés se traduce en este ejercicio creativo que se ha concretado en dos libros, “La roca coraL” y “Naves se vaN”, además de medio millar más que guarda inéditos. De los publicados, atraparon mi mirada por su creatividad natural: “Aten al planetA”, “Nada yo soy, AdáN”, “Anita latinA”, “Oren en enerO”, “Anula la lunA”, “Amasó oro OsamA”, “La ruta naturaL”, “A ti no, bonitA”, “Atar la ratA”, “Ateo poetA”, “Adán: somos nadA”, “Amo la palomA”, “Zulema, dame luZ” y en homenaje a su tierra natal, “A ti, PajapitA”.
Ya me dieron ganas de usar uno de sus palíndromos, “Oir a Mario”, para el título de un libro testimonial que tengo en el horno sobre mi amigo Mario Monteforte Toledo.
El humor y el sentido del juego, que es una constante en los libros de Carlos López, está incluso presente en los pies de imprenta, como éste: “Esta primera, y con seguridad única, edición de Naves se vaN fue impresa en los talleres de Editorial Praxis (…) el inexistente treinta de febrero de dos mil tres (30-02-2003), capicúa, que, esperamos, también sea del Señor (…) El cuidado de la edición estuvo a cargo de Carlos López , con la bendición de santa Margarita”.
La misma mirada que escruta con escalpelo las palabras, hace que Carlos López pueda diseccionar implacablemente los errores y las erratas que se cometen en los textos. Su libro “Helarte de la errata” es prueba de ello, pues no se libra de su rigor ni siquiera la real Academia Española. Uno puede pasar por loco al leer este libro en un avión, como me sucedió, porque la risa ataca página tras página con el relato de las erratas y de los errores que cometen estudiantes de primaria o jefes de Estado, por igual.
El “taller” de Carlos López en la calle Doctor Vertiz 185-000, en la Colonia Doctores del Distrito Federal en México es un espacio muy especial, donde los muros están cubiertos de estanterías con libros, y todos los demás espacios con obra gráfica, pintura, dibujo, o grabado. Más que la oficina de una editorial, este es un espacio de arte y cultura muy acogedor.
Llamarse Carlos López no es precisamente un pasaporte a la popularidad. Este López no la busca, por el contrario, desarrolla su trabajo con discreción en su laberinto de prensas y estantes repletos de libros. "Somos invisibles, lo cual no sé si me da gusto o coraje, pero no nacimos para eso, obviamente hacemos nuestro trabajo, ni nos mortifica, ni nos quita el sueño, creo que vamos a seguir siendo invisibles", dice Carlos López en una entrevista.
Si uno busca en Google una foto de Carlos López, probablemente aparezcan antes que él, con el mismo nombre, un jugador de póker, un pintor cubano, un baterista de Los Ángeles, un bateador de béisbol, un fotógrafo que trabaja en Londres, un guionista de televisión en España o uno de los creativos músicos de Les Luthiers… Este López es otra cosa, no aparece fácilmente, hay que buscarlo mucho. Sus amigos pintores, José Antonio Platas o Guillermo Ceniceros lo han dibujado, pero tampoco esos retratos revelan mucho sobre el personaje, no se parecen a él ni tampoco entre sí. Este López se llevaría bien con un tal Lucas, el alter ego de Cortázar.
Su trabajo constante, esa persistencia del que ama lo que hace y hace lo que ama, ha dejado ya una huella importante en la cultura de México y Guatemala.
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