
Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.
Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).
Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Marina Nuñez del Prado, la más importante escultora que ha tenido Bolivia, “la boliviana genial” según Pablo Neruda, falleció en Lima el 9 de septiembre de 1995. Los últimos 23 años de su vida, desde 1972, los pasó en esa ciudad y buena parte –desde 1975- en esa casa del Olivar de San Isidro, en Antero Aspillaga No. 300, un lugar mágico no solamente por lo que encierra entre sus paredes sino porque la casa está en el parque más hermoso de Lima.
La última vez que estuve con Marina Nuñez del Prado a principios de los años 1970s, conversé con ella sobre la historia del cine boliviano, para el libro que publiqué finalmente en 1982. En 1929 ayudó a decorar la escenografía y actuó como “ñusta” (junto a Yolanda Bedregal) en el largometraje Warawara de José María Velasco Maidana. Me dio una buena pista para encontrar (en Houston, en 1975) a nuestro realizador pionero, en un momento en que los bolivianos se habían olvidado de él. Por ello le guardé siempre a Marina mi más profundo agradecimiento.
Marina vivió hasta su muerte con Jorge Falcón, historiador peruano y amigo de Mariátegui, fallecido hacia el año 2004. En marzo del 2001 visité a Falcón acompañado por mi amigo Luis Peirano, director de teatro, vecino también del Olivar de San Isidro y uno de los personajes más conocidos de Lima. Falcón nos mostró personalmente la casa-museo de Marina, y nos habló con nostalgia de la mujer con la que había compartido su vida. Mantenía el museo con pocos recursos, pero con devoción: la obra de Marina estaba en perfecto estado, cuidadosamente expuesta. Desde 1986 la casa se abrió como museo a los visitantes, que podían recorrer los salones que Marina bautizó con nombres sugerentes: la Sala de la Sorpresa, la Sala de la Ternura, la Sala de la Intimidad, la Sala Blanca, etc.
Son innumerables las piezas escultóricas de Marina Núñez del Prado en la casa de San Isidro. Por el jardín que rodea completamente la casa están regadas las piezas más grandes, majestuosas, recortadas contra el cielo azul. Dentro de la residencia-museo, otras piezas medianas y pequeñas, obras en granito, mármol, basalto, bronce o madera. Los temas de Marina se reiteran por doquier: torsos de mujer, aves con las alas desplegadas, figuras maternas, rostros indígenas y otras obras abstractas que sugieren diversas interpretaciones. Como dijo de ella Gabriela Mistral: “Marina cumple su comisión natural y sobrenatural de doblar un rostro, un torso o un cuerpo entero”.
Los torsos de mujer son de extraordinaria sensualidad, la dureza de la piedra no se siente en la suavidad de los vientres y de los pechos; las curvas femeninas adquieren movimiento e invitan a tocarlas. La escultura es volumen, y el volumen no puede apreciarse solamente con la vista, hacen falta las manos.
La piedra cancela la fuerza de gravedad en las esculturas de pájaros que parecen flotar en el aire, amarrados a la tierra solamente por los pesados zócalos sobre los que se yerguen. Los rostros indígenas muestran los pómulos salientes, adustos y duros, silenciosos más allá de la piedra que los revela.
Decir que esa casa-museo es una joya, resulta una perogrullada. Por su contenido, por el lugar privilegiado donde se encuentra, por las memorias que encierra, el Museo Marina Núñez del Prado, que es también sede de la fundación que lleva su nombre, es un espacio único de arte e historia. En la Paz tenemos otra casa-museo de Marina (inaugurada el mismo año de 1986), con una gran riqueza de piezas en su interior (más de mil), pero quizás no con la misma majestuosidad que encontramos en San Isidro. En La Paz los espacios son más íntimos y reducidos, pero el museo es mantenido con mucho esmero. En Lima los techos son altos, el jardín amplio, lo que permiten a las esculturas destacar en el espacio.
De ahí que entristece encontrar en el Parque del Olivar las puertas cerradas. Desde la muerte de Jorge Falcón, el museo no recibe visitantes y la Fundación Marina Núñez del Prado, que preside Rosa Oliva, no ha tenido la capacidad de gestionar fondos de apoyo, ni convenios que puedan mantener la casa-museo con el mínimo de los cuidados que requiere.
En realidad, quien mantiene el lugar limpio y ordenado es Primitiva Mitma, la cuidadora, que lo hace más como una obra de amor a quienes habitaron esa casa y con quienes ella trabajó durante muchos años. Primitiva fue quien me permitió finalmente entrar la última vez que estuve, en diciembre 2006, y visitar de nuevo las obras de Marina y el espacio que compartió con Falcón.
Esto no debe quedar así, sumido en el abandono. Es importante llamar la atención de la Municipalidad de San Isidro para que destine una pequeña partida presupuestaria para mantener el museo, como corresponde. Quizás sea también una buena idea que el gobierno boliviano, a través del Vice-Ministerio de Cultura y la Cancillería, haga una gestión con las autoridades peruanas para que la casa-museo sea preservada como un museo abierto al público, y para garantizar la integridad y la unidad de todas las obras que abriga.
Esas gestiones requieren tacto y diplomacia. No se trata de pedir la repatriación de las obras, ni nada parecido. La voluntad de Marina fue que se quedaran donde están, en Lima. De lo que se trata es de hacer gestiones de cooperación cultural y colaboración binacional, para que ese patrimonio que pertenece a ambos países, pueda ser preservado de la mejor manera.
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(APe).- Alguna vez fue importante el horario de protección al menor. El mundo adulto pensaba que había cierto tipo de imágenes y situaciones (por ejemplo, escenas de tortura y sadismo, o escenas de sexo explícito) que podía tener un impacto negativo o producir efectos no deseados en los niños. Pero eso fue antes de la globalización televisiva (con satélites que trasmiten contenidos simultáneos para distintos husos horarios) y de la llegada de Internet (imperio en donde nunca se pone el sol). Por eso, aunque subsiste cierta letra (muerta) y ciertas (hilarantes) disposiciones sobre horarios de protección al menor, lo concreto es que hoy rige la máxima exposición, para todo el mundo, todo el tiempo. Así es el reinado del capital. Libro de quejas, a disposición del cliente.
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El 17 de marzo de 2009, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), presentó ante la Corte Constitucional para el Período de Transición una demanda de inconstitucionalidad en contra de la Ley de Minería publicada en el registro oficial No. 517 del 29 de enero de 2009. La demanda de la CONAIE contenía objeciones de forma y fondo a la ley, sin embargo fue la falta de consulta prelegislativa a pueblos y nacionalidades indígenas la que levantó más revuelo en los ámbitos jurídico y político del país. De fallar a favor, la Corte Constitucional crearía un precedente importantísimo para el pleno reconocimiento de los derechos de los pueblos y nacionalidades indígenas ya que toda ley posterior que amenazare con afectar sus derechos les debería ser consultada.
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