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Actualizado el 2007-02-03 a horas: 01:08:45
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La novela de Ramón Rocha Monroy

El muerto insomne

Alfonso Gumucio D.

Hay dos clases de narradores, aquellos que necesitan una disciplina de hierro para escribir una página diaria, como es el caso de Vargas Llosa, y aquellos que tienen un “duende” que hace que las palabras fluyan de sus manos como un río, con poesía y con vigor. A esta última categoría pertenecen seres privilegiados como García Márquez o Augusto Céspedes, y también Ramón Rocha Monroy, que nos ha regalado hace poco una biografía novelada de Antonio José de Sucre.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron 

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress.

No quiero decir que a los narradores de esta categoría les sea muy fácil escribir.  Ya sabemos que el arte en general es 10% de inspiración y 90% de transpiración. Ellos también necesitan disciplina, concentración y esfuerzo, pero escriben como si fuera fácil porque tienen a las palabras enamoradas de ellos y las manejan “como a su chola”, para usar una expresión popular (y muy machista, reconozco). Cualquier tema es bueno para estos narradores del cuño de Ramón Rocha, quien escribe sobre picantes o sobre historia con la misma alegría, esa “alegría estética” que Sartre le atribuía al arte en su relación con el espectador (o el lector, en este caso).

Ramón ha publicado varias novelas antes, y aunque su capacidad y su facilidad para escribir “de una sentada” siempre fueron evidentes, ahora se adentra en temas que hacen de sus novelas más trascendentes en el tiempo. Lo hizo con “Potosí 1600” y a partir de allí, a la sombra del Cerro Rico, encontró la veta que dio nacimiento a “¡Qué solos se quedan los muertos!” (aunque en la tapa del libro el primer signo de admiración del título aparece patas arriba).

Esta es una novela mayor, además de un aporte a nuestras percepciones sobre la historia. Se ha dicho muchas veces que la novela describe mejor la historia que los libros de historiadores.  En este caso parece confirmarse, porque el lector llega a través de sus páginas a amar o a odiar a los personajes, y a vivir la historia como un testigo presencial. Que los historiadores pongan sus precisiones y manifiesten sus acuerdos y desacuerdos… Para mi, como lector, esta es la versión que quiero asumir.  He tardado más de lo habitual en leer las 541 páginas porque he querido disfrutar cada página, y a veces volver sobre ella golosamente.

La magia de empezar una novela con un muerto que ya cumplió 70 años de muerto y enterrado, y devolverlo a la vida en su máximo esplendor, envuelve al lector que se deja seducir por los personajes. El autor, que se identifica frecuentemente como “uno” (es decir, “uno” que es también el lector), dialoga con Sucre, lo interroga en medio de su largo sueño.

Se mete Ramón Rocha debajo de esa losa en la Iglesia del Carmen Bajo, en Quito,  se acomoda junto a los huesos del Gran Mariscal, para desentrañar los misterios de una vida y de una personalidad, pero también de una historia, la nuestra, la de los países andinos y latinoamericanos, productos de partos difíciles, de contradicciones tan difíciles de resolver.

Hay mucha historia, datos y documentos en la novela de Ramón, pero el vehículo son siempre los propios personajes, no un narrador ajeno y neutro. Las voces de los más fieles a Sucre son las que lo narran, además de él mismo, y al hacerlo nos cautivan con todos esos detalles rescatados por el novelista, que tantas veces la Historia con “hache” mayúscula desprecia o esconde. Y al final, son esos “detalles” los que determinan el curso de los grandes acontecimientos. Los celos de Santa Cruz o de Santander, la hipocresía de Gamarra y Olañeta, el cariño de Bolívar por Sucre, la lealtad de Caicedo y Crespo…Y ese personaje difícil de clasificar que es Manuela Rojas,  quizás una Mata Hari de la independencia que merecería una novela por sí misma… (¿Fueron realmente los ocho hijos que parió producto de su relación con los hombres que ella decía, o ello le convenía para otros fines?)

Como suele suceder con las novelas sobre temas históricos, la tentación es grande de ofrecer demasiados detalles al lector. Hay quizás demasiadas páginas sobre las batallas, sobre la cantidad de armas, de soldados o de caballos.  Cierto es, sin embargo, que todo esto contribuye a poner en valor la visión estratégica de Bolívar y de Sucre, y su determinación y coraje a la hora de combatir con enemigos mejor pertrechados.

Igualmente detallado, pero apasionante, es el análisis del juego político que se desarrolla en los entretelones de la lucha por la independencia entre Bolívar, Sucre, San Martín, Santa Cruz, Santander y otros personajes de menor calibre. No queda bien pintado Santa Cruz, llevándose todo el ejército peruano a Moquegua y dejando a Sucre solo en Lima. El hábil uso de cartas y documentos para reconstruir los diálogos entre los personajes, es una de las virtudes de la novela.

Uno de los aspectos fascinantes de esta reconstrucción novelada, es la distancia geográfica y el tiempo que tardaban (3 o 4 meses) los mensajeros en llevar cartas de Bogotá a Lima, a Potosí y a otros lugares que transitaban nuestros personajes. ¿Cómo podían tomarse decisiones políticas tan trascendentales en esas condiciones? Un parte de batalla era conocido semanas o meses después, mientras tanto se obraba en base a meras suposiciones.

Quizás el análisis histórico que entre líneas hace “uno” (eco sobre todo del pensamiento de Sucre), sea cuestionado por algunos especialistas e historiadores de gran “H”. Sin embargo, esta es una novela y como novela, es una interpretación legítima.  Pero iré más lejos: también un libro de historia es una interpretación de su autor.  No hay libro de historia neutro, asexuado.  Todos proponen interpretaciones distintas sobre los hechos, y la verdad es que los mismos hechos son a veces cuestionables. La historia se escribe en permanencia, nunca es definitiva, es una suma de relatos sobre el pasado. Siempre aparecen nuevos datos y nuevas interpretaciones que la hacen parecerse a una novela continua, infinita.

Cada capítulo de esta novela está precedido por unos versos de Antonio “Soldado” Terán, uno de los poetas más profundos que ha dado Cochabamba. No solamente los versos están bien escogidos, sino que encierran en sí mismos sabios comentarios, como este: “Que no nos coja / La coja / Desprevenidos”. La muerte, efectivamente, es el hilo conductor de la novela; está presente en todo momento, y se empeña en perseguir a todos los personajes, hasta alcanzarlos. La Dama del Beso Postrero, mujer y novia, la Soberana, es el tema de un hermoso diálogo imaginario entre Bolívar y Sucre (pág. 301).

Parece increíble, al llegar a las últimas páginas de esta epopeya personal, que Sucre haya vivido solamente 35 años… A esa edad la mayoría de los jóvenes de hoy están más despistados que perros en procesión, aprendices de la vida, tratando de orientar sus vidas y con frecuencia dependiendo todavía de sus padres. Sucre, a los 20, a los 25, a los 30, era ya un gigante en la historia, y lo sabía, a pesar de su enorme humildad.

No puede uno evitar durante la lectura de la novela, relacionar hechos y personajes con las circunstancias actuales del país y de América Latina. En el nacimiento de la nueva República de Bolívar, más tarde Bolivia, los ciudadanos muestran un comportamiento que no ha cambiado con el tiempo: todos se creen dignos de muchos derechos y ninguno quiere reconocer sus obligaciones.  A Sucre le angustia encontrar las arcas de Bolivia vacías, y constatar que todos los que clamaron por la independencia hacen todo lo posible para esconder su dinero y negarse a pagar impuestos.

Los traidores solapados son del mismo corte hoy; abundan los demagogos, los conspiradores que actúan en la sombra, los que circulan rumores maliciosos, los que ambicionan el poder a cualquier precio, los que apuñalan por la espalda y esconden la cara… Bolívar, Sucre y otros grandes hombres fueron víctimas de mediocres maquinaciones políticas y terminaron solos y abandonados. Hoy, como ayer, sobran Olañetas, pero faltan hombres grandes, generosos, humildes, leales y dotados de un sentido superior de servicio a la nación.

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