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Actualizado el 2006-04-25 a horas: 02:48:08
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El cementerio de los elefantes, como lucía hace 30 años

Arturo Von Vacano

En pocos textos debe darse tan dramáticamente la vieja verdad de que "no son todos los que están, ni están todos los que son" como en estos últimos párrafos de la Historia de la Cultura Boliviana de José Fellman Velarde publicada en 1976 y usada por la UMSA, tal vez porque los derechos intelectuales de Fellman se agotaron en 2002.

El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress.

Cada quien deberá enfrentar con una irónica sonrisa el dictamen de un autor que siempre halló modos de incluirse entre los detalles que salvó para la Historia, sin considerar tal vez que la memoria de los pueblos puede ser más cruel.

Lo más seguro es que el lector accidental de estas líneas terminará por preguntarse, entre triste y sorprendido, "¿Qué fue de Mengano o de Zutano, que tanto ruido armó durante sus quince días de gloria?"

Para una buena parte de los ilustres que agrupa esta "Historia", tal vez lo único que fue fue el olvido de propios y extraños. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

He aquí el cementerio de ilustres que pintó Fellman hace 30 años:

"La explosión ocurrida en el campo de las letras y de las artes durante el período comprendido entre la caída de Peñaranda y la ascensión de Siles, se prolongó después, gracias a las condiciones creadas entonces, con una riqueza de calidad y cantidad que ni la generación del Chaco alcanzó en su tiempo.

Bien es cierto que esa generación contribuyó mucho a que así fuera sobre todo en la novela. Céspedes publicó "Trópico Enamorado", un aguafuerte de la vida de los llanos, su coraje, su ingenio y su despreocupación; Guzmán, hizo "Bellacos y Paladines", su novela más lograda; Hernando Sanabria, reveló nuevos recursos en "La Mura ha Vuelto a Florecer"; Jesús Lara, con "Sujnapura", puso bajo un nuevo foco el discurrir provinciano; Luciano Durán Boger sacó al papel el vigoroso y provocativo encanto del Beni con "Inundación" y "En las Tierras de Enin"; Humberto Guzmán Arze apuntó un alto blanco en "Borrasca en el Valle"; Fernando Ortiz Sanz, autor de "La Barricada" y "La Cruz del Sur" discurrió por los caminos de la novela histórica tan bien hollados por Nazario Pardo Valle; Oscar Alborta Velasco puso un raro amor a su oficio en las obras que tiene escritas y Yolanda Bedregal trasladó a la prosa: "Bajo el Oscuro Sol", algunas de las excelencias que la habían hecho relevante en la poesía.

De la generación novelística surgida entre 1943 y 1956, José Fellmann Velarde publicó "La Montaña de los Angeles", "Requiem para una Rebeldía" y "Prohibido ser Feliz", al mismo tiempo que una serie de escritores más jóvenes, igualmente señalados por un solo denominador común, la búsqueda de nuevas formas en el tratamiento de sus temas. Rosa Melgar de lpiña hizo "Maura" y "La Ciudad Crece", donde del diálogo, mejor que la narrativa misma, se encarga de dar vida a los personajes; Oscar Barben enhebró en "Zapata", "El Reto" y "El Hombre que Soñaba" una peculiar dosis de tensión interior que difumina sus errores en la disposición del material; Oscar Uzin entregó un primer trabajo: "El Ocaso de Orión", que promete otros mejores y Ted Córdova, con "Cita en Tierra Coraje", condimentó de humor medido un plato naturalmente fuerte. Pero hubo cinco novelistas entre los jóvenes que meritúan mención especial: Renato Prada, autor de "Los Fundadores del Alba", violento en el lenguaje, distinto en el armado del tema, reciamente humano en la construcción de los personajes: Arturo Von Vacano, padre de "Sombra de Exilio" y "El Apocalipsis de Antón", donde se percibe una disposición rabelaisaria, tan densa y viva como la de un campesino viejo; Marcelo Ouiroga Santa Cruz que, en "Los Deshabitados", usa el idioma a modo de bisturí para penetrar en la trama; Fernando Medina Ferrada, el firmante de "Los Muertos Están Cada Día Más Indóciles", donde la emocionalidad contenida sirve para ejercer sobre el lector una suerte de hipnótica y exasperante atracción y Julio de la Vega que, aunque se halla todavía flexionando los músculos en el ejercicio del género, apunta cualidades fuera de lo común tanto en el escogimiento de sus argumentos cuanto en la manera de desarrollarlos.

Renato Prada, junto con Adolfo Cáceres, publicó un libro de cuentos, verdadero acontecimiento en el panorama literario de la nueva generación.

Cáceres, en los que llevan su firma, revela madurez, integridad y equilibrio, unos rasgos que apuntalan sin constreñir el vigor de su prosa y la densidad de sus cuadros. Los dos, Cáceres y Prada, constituyen alentadoras revelaciones en un género tentado, contemporáneamente, por autores ya casi institucionalizados como Augusto Céspedes y Augusto Guzmán.

"Papeles y Balas" de José Fellmann Velarde fue honrado con una traducción al ruso, Ignacio Callaú Barben' mejoró desde "Tierra Camba" hasta "De Climas a Cimas", Gastón Suárez reafirmó la adelantada posición que había conquistado antes, con "Vigilia por el Ultimo Viaje" y "El Gesto", Oscar Barbery logró estimables aciertos descriptivos en "Su Hora Más Gloriosa", Humberto Guzmán equilibró sus intenciones y sus resultados en "Sumuqul y Otros Cuentos" y Néstor Taboada Terán incorporó su propia inconformidad social al tejido de "Indios en Rebelión".

La prosa poética mantuvo su derecho a la historiación gracias a Mario Guzmán Aspiazu. Es, naturalmente, la catalogación más cabal para la mayor parte de las obras de Diez de Medina, "Mateo Montemayor", por ejemplo. Tristán Maroff interesó al lector en sus odios y en sus amores a través de una autobiografía: "La Novela de un Hombre". Alfonso Prudencio, con el seudónimo de Paulovich, revivió, con finura, el humorismo, tan supuestamente ajeno al alma nacional. Y Renán Estenssoro publicó unos "Relatos Bíblicos" sobriamente elegantes.

Jaime Saenz, incansable, continuó produciendo sus originales desafíos al convencionalismo poético, al mismo tiempo que otros poetas ya conocidos y estimados como Armando Soriano, de larga procura; Oscar Alfaro, cada vez más grande en su modestia; Eduardo Olmedo López, con el mismo empeño pulido en el verso que en la prosa y Beatriz Schulze Arana. Su permanencia, sin embargo, no empañó el surgimiento de otros valores estimables como Ignacio Caballero, Félix Rospigliossi, Jaime Canelas López, Jean Russe, Jorge Claros Lafuente y Matilde Casazola. Entre ellos, Juan José Wayar asomó una voz diferente y Héctor Cossío, fresco, pensante e inquieto, dejó, a su muerte, un cuerpo de trabajos que lo harán recordar largamente. Pedro Shimose abrió nuevas puertas al verso por el decir original, la construcción inesperada y la novedad de sus metáforas, una voz que ha trascendido ya las fronteras. Y Alfonso Gumucio Dagron, el más joven de todos ellos, ha acabado de despuntar, en los pocos versos que se le conocen, como un poeta de hondo pensamiento y bella expresión.

En lo que hace al teatro, fue de lamentar que Raúl Salmón abandonara el tema social. Sus obras históricas apuntan en la dirección correcta pero no se sobreponen totalmente a las dificultades naturales de hacer vivir personajes pasados, de otra mentalidad. Guillermo Francovic y Raúl Botelho no incursionaron ambiciosamente en el campo de la escena. Sergio Suárez Figueroa paternizó el nacimiento del teatro moderno en el país, una aventura feliz que tuvo su más inmediato seguidor en Renato Crespo Paniagua. Guido Calavi se abrió camino en el género con la fresca personalidad de un duende travieso.

La crítica, tan difícil de medir, añadió un nuevo escalón a su importancia con el renovado aporte de Augusto Guzmán, la voz más autorizada del país.

Publicó dos obras felices: "Antología Colonial de Bolivia" y "Panorama de la Literatura Boliviana del Siglo XX". Armando Soriano acabó por monopolizar la crítica del cuento gracias a sus indudables conocimientos sobre el tema y Jorge Siles Salinas historió desde nuevos ángulos la "Literatura Boliviana de la Guerra del Chaco"

Completan el cuadro de críticos verdaderamente tales, Evelio Echeverría, un estudioso chileno que profundizó en "La Novela Social en Bolivia" y Eduardo Ocampo Moscoso. Juan Quirós permaneció en el anverso de esa medalla y, más aún, contagió su racionalizada esteatopigia y, naturalmente, sus prejuicios, a dos jóvenes, Oscar Rivera Rodas y Carlos Castañón Barrientos, el segundo de los cuales, sin esa desviación, tal vez se hubiera encarrilado más provechosamente.

La vigorosa frutación ocurrida en las letras empezó a ganar al público, fondo del mismo cuadro social y, consiguientemente, solidificó, por lo menos en cierta medida, el trabajo editorial. Werner Guttentag, primero en la brecha, llevó el libro al extranjero con variada fortuna, Jorge Catalano aportó al editorialismo una sólida cultura y un acertado buen gusto, y José Camarlinghi inicié el difícil empeño de popularizar el libro.

Dos construcciones religiosas verdaderamente bellas, ambas levantadas en La Paz, una en el barrio de San Miguel y otra en el de Miraflores, justifican, en materia arquitectónica. la historiación de otros tantos nombres: Hugo López Videla y Mario Galindo.

Los hermanos Raúl, Walter y César Terrazas, amén de Freddy Barbery y Flavio Ayala, hicieron escultura, en piedra y madera indistintamente, homologados todos, pese a sus distintas personalidades, por la disposición a sintetizar las masas y de las líneas. Manuel Callaú experimentó, con buena fortuna, los ismos contemporáneos.

Barrientos ordenó la destrucción de dos de los murales más ambiciosos y representativos de Miguel Alandia Pantoja, una actitud que, si bien tipifica una época de gobierno, no lo hace con la época misma, ya que la pintura y sus derivados, al mismo tiempo, ganaron un conjunto impresionante de devotos y alcanzaron nuevos peldaños de excelencia. Los murales de Lorgio Vaca en Santa Cruz y de Ricardo Pérez Alcalá en la Casa de la Cultura paceña constituyen, por eso, eslabones de una tradición que, sin duda, empieza ya a ser grande.

Excepción hecha de Enrique Aybar. cuya traza se ha perdido y de Zoilo Linares, lastimosamente desaparecido en plena madurez, todos los pintores del periodo precedente continuaron produciendo, experimentando, mejorando, maestros de una nueva generación que nada les desmerece. Entre los jóvenes, la figuratividad ganó a Maria Teresa Berríos, buena dibujante Zulma Tejada, de visible oficio; Francis Mertke, con sentido del color; David Pringle, honesto en el tratado temático y José Asbún, de trazo seguro. La abstractividad, a su vez, atrajo a Beatriz Mendieta, delicada en el tono; Gonzalo Rodríguez Zambrana, un técnico y Herminio Franco, distinguiblemente personal.

Carmen Baptista, con sus collages y añadidos de papier maché; Erasmo Zarzuela, ora abstracto ora figurativo; Domingo Pando y César Jordán en sus trabajos de óptica geométrica; Juan Fernández, que ya ha hallado su personalidad pictórica; Jeremías Bustamante, una rara síntesis del surrealismo y el impresionismo; César Benavente, con un mundo Interior muy personal y Mafalda Córdoba, reveladora de indudables condiciones, ensayaron los diversos caminos por los que la pintura contemporánea está buscando superar el desafío de la hora presente.

Entre todos los pintores de la nueva generación, seis han alcanzado jerarquía internacional, lo que resulta asombroso dada su juventud. Luis Zilvetti, un fulgurativo que trabaja en Francia donde se halla imponiendo su seguro instinto de la línea: Fernando Montes, cuyos cuadros, en algunas instancias, parecen alcanzar profundidad gracias a la acertada distribución de sus masas; Ricardo Pérez Alcalá, que, muchas veces, satisface con plenitud su encomiable ambición temática; Gonzalo Rivero, en cuyos cuadros, los elementos primitivos de su preferencia componen una acertada arquitectura total, Gíldaro Antezana, sensiblemente permeable a las influencias del medio, y, finalmente pero, desde luego, no el último sino todo lo contrario, Rudy Ayoroa, un concreto, maestro indudable en el empleo de materiales mixtos y que ha logrado la rara distinción de que se le confió una sala propia en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Tito Kuramoto combina, en sus grabados, la intensidad social con una composición raramente delicada. Carlos Rimassa, en el dibujo, atrae e impacta con una engañosa facilidad y René Noriega, también dibujante, tiene algunas composiciones donde, con muy pocas líneas, logra bulto, armonía y extensión. Manuel lturri, un pintor que sugiere, en sus cuadros, las raras transferencias marinas, es, al propio tiempo, maestro de la cerámica.

La música, como la arquitectura, se hizo un lugar en la primavera cultural general. Alberto Villalpando, todavía buscando un cauce estilístico definitivo pero tocado ya por la marca del genio, Gustavo Navarre y Jaime Mendoza, volando con alas propias en cielos extranjeros, y Atiliano Auza, constituyeron una distinguida constelación de compositores. Jaime Laredo en el violín. Javier Calderón en la guitarra y Walter Ponce en el piano, compiten, gallardamente, con los mejores maestros internacionales de sus respectivas especializaciones. Carlos Rosso ha demostrado ser un director de orquesta capaz de desenvolverse en cualquier país. Y Carlos Seoane, madurando en el mismo ámbito de la dirección, ha especializado su sensibilidad en la investigación histórica y técnica de la música.

La oratoria, encarrilada ya en el tipo expositivo gracias a la madurez alcanzada por las audiencias, tuvo cuatro buenas expresiones en Ñuflo Chávez Ortiz, Guillermo Lora, Renán Castrillo y Ernesto Ayala Mercado.

La empresa periodística ganó con la aparición de "Presencia", un diario sostenido o, al menos, iniciado por la Iglesia que gana, técnicamente, día a día; de "Hoy", pionero del color y cuyas páginas deportivas resultan fácilmente exportables como modelos de armado atractivo y atrayente presentación, y de "Los Tiempos", en una nueva y menos controvertida fase de su existencia.

El M.N.R., a su caída, pareció haber agotado su capacidad panfletaria, tan importante entre 1946 y 1952. Los partidos comunistas, en cambio, reverdecieron el género, durante todo el periodo y, especialmente, en sus postrimerías. Guillermo Lora y Simón Reyes firmaron algunos de los mejores ejemplos del género.

Oscar Soria le añadió una dimensión social a la cinematografía, especialmente en algunos cortometrajes como "Yahuar Mallcu", premiado en más de un festival, y Jorge Ruiz, su experiencia y sensibilidad, dio lustre a los primeros largometrajes en color producidos en el país.

El folklore nativo, ya muerto, permaneció en la memoria gracias a los trabajos de investigación de Felipe Costas Arguedas, autor de un importante "Diccionario del Folklore Boliviano" con el que coronó sus trabajos anteriores sobre el género, de Antonio Paredes Candia, Julia Elena Fortún y Nicolás Oblitas Poblete. Los numerosos festivales que se realizaron y se realizan aún, no desmienten el diagnóstico. Nada nuevo aparece en ello y, más bien, muchas de las viejas coreografías van siendo desvirtuadas mediante su miseginación incluso con los ritmos caribe y norteamericanos más actuales.

El folklore mestizo va ocupando, poco a poco, el lugar del folklore nativo, hasta el extremo de borrar toda distinción en gran parte del público, lo que, en verdad, lo desmerece una vez puesto en su verdadero lugar. Ha conquistado, por otra parte, un buen grupo de compositores: Percy Avila, con un raro sentido de la melodía; Nilo Soruco que, a pesar de su talento, va perdiendo la frustrante batalla que ha empeñado para conservar los viejos sabores del folklore tarijeño; Renio Cruz, que vivió y murió sus sentidas canciones de protesta y, sobre todo, Pedro Shimose, que lo engalana con una pegajosa alegría tanto en la letra como en la música. César Espada, por su parte, se ha destacado como un ingenioso arreglista.

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