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El informe sobre la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE UU, publicado 10 meses después de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, hacía hincapié en el radical cambio de fisonomía de los enemigos potenciales de América, señalando que si bien durante el siglo XX los Estados Unidos tuvieron que librar batalla contra naciones poderosas, como Alemania, Japón o la Unión Soviética, el reto del siglo XXI son o serán los Estados cuya excesiva debilidad constituye un verdadero peligro para el equilibrio del planeta. Un equilibrio ya de por sí precario, que ha ido disminuyendo tras el final de la "Guerra Fría", la desaparición del mundo bipolar y el abandono de la política de contención llevada a cabo durante décadas por las superpotencias nucleares. Sin olvidar, claro está, la fragilidad y las carencias del proceso de descolonización llevado a cabo en los años 50 y 60 del siglo pasado, que dejó un sinfín de heridas abiertas, de fronteras diseñadas artificialmente, de conflictos tribales, étnicos y religiosos. La lucha por el control de los recursos naturales, por la conquista de las embrionarias estructuras estatales, fomentó el debilitamiento de los jóvenes Estados. El colapso de las instituciones políticas convirtió a los Estados fallidos en un peligro para la seguridad regional. ¿Sólo regional?
Los politólogos norteamericanos estiman que en el mundo hay una veintena de países llamados a "desintegrarse" política o socialmente. Según un estudio elaborado por la ONG estadounidense Fondo por la Paz (Fund for Peace), los Estados que mayor peligro corren son: Costa de Marfil, la República Democrática del Congo, Sudán, Irak, Somalia, Sierra Leona, Chad, Yemen, Liberia, Haití, Afganistán, Ruanda, Corea del Norte, Colombia, Zimbabwe, Guinea, Bangladesh, Burundi, la República Dominicana y la República Centroafricana.
Por su parte, los analistas del Banco Mundial han identificado 30 Estados con "escasos recursos económicos sometidos a presiones de toda índole", mientras que la Agencia Británica para el Desarrollo Internacional considera que el número de países con estructuras "frágiles" asciende a 46. En la lista confeccionada por los expertos ingleses figuran también países como Egipto (38º lugar) y Arabia Saudita (45º).
Rusia ocupa el penúltimo puesto en el elenco de los Estados "inestables" (59º). Le preceden otras naciones que formaban parte de la antigua URSS ? Ucrania, las republicas ex soviéticas del Asia Central ? y algún que otro territorio balcánico. Con todo, se calcula que alrededor de 2.000 millones de seres humanos viven en países que se encuentran al borde del colapso.
Entre los peligros potenciales que plantean los Estados fallidos destacan: el terrorismo, el narcotráfico, el almacenamiento y/o tráfico ilegal de armas.
Para la elaboración de los informes sobre las supuestas amenazas a la comunidad internacional, se han tomado en consideración una serie de indicadores sociales, económicos y políticos, entre los que figuran: la expansión demográfica, las crisis generadas por las migraciones internas, la presencia de refugiados y/o personas desplazadas, los conflictos étnicos, las desigualdades económicas, el deterioro de los servicios públicos, la criminalidad, la violación de los derechos humanos, la impunidad de los servicios de seguridad y? la injerencia de terceros países en los asuntos internos de dichos Estados.
Huelga decir que la injerencia no es un fenómeno reciente. Como tampoco lo es la "preocupación" de los economistas-aprendices de brujo occidentales por el escaso potencial socio-económico del Tercer Mundo. En la década de los 60, causó un gran revuelo la famosa "teoría de la balsa", elaborada por analistas estadounidenses partidarios de abandonar a su suerte a los países "inviables económicamente". Tres lustros más tarde, los ultraconservadores trataban de contrarrestar las políticas de desarrollo llevadas a cabo por la UNCTAD con ataques contra los "países en bancarrota". Los Estados fallidos son, pues, la expresión más reciente de la prepotencia del neocolonialismo. Con la agravante de que hoy en día se justifica sin ambages el concepto de guerra preventiva.
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