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¿Qué ocurrió el 1° de mayo?

Ramón Rocha Monroy

Publicado el: mayo 3, 2005 3 min.

El movimiento de los trabajadores norteamericanos para conseguir la jornada de ocho horas se remonta al año 1829, cuando se solicitó a los legisladores de Nueva York una ley en ese sentido. Antes de ello se prohibía trabajar más de 18 horas, exceptuando el caso de necesidad, de modo que a veces los maquinistas o fogoneros del ferrocarril trabajaban 18 horas y sus patrones sólo estaban penados con una multa de 25 dólares.

Los trabajadores se habían afiliado principalmente a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero se hacía notar más la American Federation of Labor (Federación Estadounidense del Trabajo), de inspiración anarquista. La Federación celebraba su cuarto congreso el 17 de octubre de 1884 y allí se resolvió que desde el 1° de mayo de 1886 debía regir una ley que dispusiera la jornada de 8 horas. En caso de negativa, la Federación declararía una huelga. Los delegados volvieron a sus distritos con la misión de hacer promulgar leyes similares allá donde trabajaban.

La resolución avivó el espíritu combativo de los trabajadores, no tanto por razones de salud y calidad de vida, sino porque automáticamente se ampliaría el número de empleos y habría menos desocupación. Dos años después, el presidente Andrew Jonson promulgó la ley Ingersoll sancionando esa conquista laboral y recibió la respuesta afirmativa de 19 estados que fijaban jornadas máximas de 8 a 10 horas, pero manteniendo la posibilidad de exigir jornadas de 14 a 18 horas en casos especiales. De hecho, los patrones burlaban la ley y las condiciones de vida de los trabajadores eran insoportables, pues debían levantarse a las cuatro de la madrugada y retornar a sus hogares después de las ocho de la noche, sin ver a sus hijos ni mujeres con la luz del día. Dormían en corredores, compartían chozas entre varias familias o simplemente no tenían techo y buscaban alimento en los basureros. Los trabajadores se movilizaron contra la ley Ingersoll aun con los ataques de la prensa que calificaban al movimiento como «indignante e irrespetuoso», «delirio de lunáticos poco patriotas», y una exigencia desmedida, pues era «lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo».

La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo se opuso al movimiento: «Ningún trabajador adherido a esta central debe hacer huelga el 1° de mayo ya que no hemos dado ninguna orden al respecto». Pero se ganaron el repudio de los trabajadores EE.UU. y Canadá, que los declararon traidores al movimiento obrero.

En la víspera de la célebre huelga, la prensa decía advertía sobre las exigencias de los “anarco-socialistas”, a quienes tildaba de locos. El New York Times decía: «Las huelgas para obligar al cumplimiento de las ocho horas pueden hacer mucho para paralizar nuestra industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad de nuestra nación, pero no lograrán su objetivo». El Filadelfia Telegram decía: «El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas». Tal era el estado de cosas antes del movimiento.

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