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Esteticas urbanas ¿víctimas de la guerra? /

La decadencia quejumbrosa, por Alvaro García Linera

Publicado el: 13 julio, 2017 8 min. + -

“No solo el Estado o la economía son escenarios de lucha social por la imposición del orden legítimo; también lo es la cultura, y en ella, la propia geografía estética de las ciudades”. (Foto: última chullpa sobreviviente de los primeros aymaras en la ciudad de La Paz, c. 1200, abandonada por los gobiernos nacional y muncipal, en Chijipata-Kellumani, Achumani, zona sur).

 

En el entorno de la estética urbana como víctima de la guerra y lucha de las clases sociales -la que subsiste resistiendo y la que se impone avasallando- el vicepresidente García Linera considera que el nuevo bloque social articulado en torno a los movimientos sociales indígenas y plebeyos desde el año 2006 debe reorganizar el espacio simbólico, y por tanto, arquitectónico y estético de las ciudades.

La base, refiere, son “las transformaciones estéticas que inevitablemente producen nuevos sujetos sociales portadores de otras estructuras culturales convertidas, ahora, en socialmente dirigentes o hegemónicas”.

El resultado es que un desborde económico de sectores indígenas en oficios y actividades laborales anteriormente reservadas para las clases medias tradicionales, ” incursión social ascendente” acompañada de nuevos parámetros estéticos en los “cholets”, ocupación festiva de las calles, nueva narrativa cívica y otros habitus culturales de clases sociales indígenas urbanas.

Su cuestionamiento remonta , según el Vicepresidente en polémica con el expresidente Carlos Mesa,  a “descalificaciones típicas de las clases sociales decadentes” ante la pérdida de sus antiguos capitales (político y económico)

“Cada verdadera revolución supone un tipo de revisionismo histórico que rearme la identidad nacional en torno a la trayectoria del nuevo bloque social hegemónico, igualmente, toda revolución conlleva a una inevitable renovación de la organización del trabajo estatal, de los usos territoriales y de los esquemas estéticos legítimos”, alega.

En referencia a una “resistencia de un ethos colonizado que aún se niega a morir”, García Linera sostiene que si bien el patrimonio colonial- republicano “se levantó destruyendo una geografía arquitectónica indígena prevaleciente, los nuevos edificos de estilo neotiwanacota que se erigen como gigantes sobre la plaza mayor de la ciudad de La Paz son obras “capaces de articularse, de coexistir, con las precedentes, lo que justamente no hizo la urbanización republicana decimonónica y del siglo XX”. Pareciera ser que detrás de cada “belleza” se esconde también un crimen, comentó en una réplica a Mesa que también se reprodujo en Bolpress. Bolpress.http://www.bolpress.com/2017/07/10/por-que-se-construye-la-casa-del-pueblo/

 

La decadencia quejumbrosa

Álvaro García Linera·

Pensar que una persona que escribe una novela está más capacitada que otra que escribe sobre economía o filosofía, para hablar de estética, es un pseudo argumento que carece de lógica y tan solo se rinde ante prejuicios infantiles sobre las diferentes formas de conocer el mundo.

Se entiende que la literatura destaca distintas sensibilidades a las que requieren las ciencias políticas o la sociología, pero el debate sobre la pertinencia o no de nuevos estilos culturales, en este caso arquitectónicos, no refieren a la sensibilidad subjetiva que pueda tener un observador parado a la vereda de la historia, sino a las transformaciones estéticas que inevitablemente producen nuevos sujetos sociales portadores de otras estructuras culturales convertidas, ahora, en socialmente dirigentes o hegemónicas.

No hay que olvidar que si bien Aristóteles o, más recientemente, Kant, Adorno, Benjamín o Lukács no escribieron novela alguna, pero sí reflexionaron sobre lo bello, lo sublime, la perfección, el arte y el gusto con tal solidez argumental que hoy es imposible debatir sobre estética sin tomarlos como referentes obligatorios.

Igualmente, ponerse a debatir sobre quién fue el primer arquitecto o diseñador que rescató la simbología andina es un juego ocioso.

Los colonizadores españoles, y luego los hacendados republicanos utilizaron herramientas, conocimientos, saberes y expresiones culturales andinas para imponer la mita, el tributo y el sometimiento imperial.

Así, el conocimiento de los idiomas nativos, el uso de las “huayras” en la minería, la recuperación fragmentada de la ritualidad laboral, la utilización del sistema de “quipus” o la adopción de los tubérculos por parte de los colonizadores más que una idílica “argamasa de culturas” fueron mecanismos de legitimación del pillaje colonial. Lo que importa no es lo que se “rescató”, sino cómo se lo hizo; es decir, si la recuperación de la herencia cultural y estética indígena fue como estructura dominante y por tanto irradiante, o si fue subsumida, es decir, como mera recuperación decorativa.

Y es que el tema real que está en debate es saber si el nuevo bloque social articulado en torno a los movimientos sociales indígenas y plebeyos desde el año 2006 debe reorganizar el espacio simbólico, y por tanto, arquitectónico y estético de las ciudades. Debatir si puede es algo extemporáneo, porque en los hechos no solo estamos presenciando un desborde económico de sectores indígenas en oficios y actividades laborales anteriormente reservadas para las clases medias tradicionales; sino que además esta incursión social ascendente viene acompañada de nuevos parámetros estéticos en las construcciones (los cholets), de nuevas simbologías urbanas (ocupación festiva de las calles, nueva narrativa cívica, y demás) correspondientes a los habitus culturales de clases sociales indígenas urbanas.

Es normal que las clases desplazadas o que son objeto de asedio intenten oponerse a esta revocatoria de mandos y prerrogativas asumiendo posiciones conservadoras. Por ello buscarán devaluar o estigmatizar los nuevos parámetros culturales calificándolos de “anti estéticos”, “bodrios”, “engendros” o “vulgares”.

Tal como lo muestra Bourdieu, se trata de descalificaciones típicas de las clases sociales decadentes que ante la pérdida de sus antiguos capitales (político y económico) hacen esfuerzos por mantener aún el monopolio de los estilos de vida que consideran legítimos. Sin embargo, así como cada verdadera revolución supone un tipo de revisionismo histórico que rearme la identidad nacional en torno a la trayectoria del nuevo bloque social hegemónico, igualmente, toda revolución conlleva a una inevitable renovación de la organización del trabajo estatal, de los usos territoriales y de los esquemas estéticos legítimos.

Así, de un Estado neoliberal, decorativo y ocioso, dedicado simplemente a traducir del inglés al castellano las instrucciones gubernamentales que venían de embajadas y organismos internacionales, hoy hay un Estado productivo que ha asumido en sus espaldas el 40 % de la economía nacional y el crecimiento más espectacular del continente.

Ello requiere abandonar los conventillos alquilados que reflejaban en la arquitectura el alma jibarizada de las élites derrotadas por espacios de trabajo dignos y propios de todos los bolivianos.

Que esta lógica laboriosa transforme la territorialidad urbana y ello arrebate la espiritualidad conservadora de las élites derrotadas, en el fondo habla de la resistencia de un ethos colonizado que aún se niega a morir.

La decadencia quejumbrosa de clase que apela a la estética conservadora como último refugio espiritual ante los cambios históricos que están pasado por encima de ellos, olvida que el “patrimonio arquitectónico” colonial-republicano al que se aferra, como escudo moral, en gran parte, se levantó destruyendo una geografía arquitectónica indígena prevaleciente; y que lo que hoy llaman “patrimonio” en ocasiones fue el “engendro” de ayer.

 

Solo recordemos cómo es que las piedras con las que se construyeron los muros de la más importante civilización del continente, Tiwanacota, sirvieron como durmientes de los ferrocarriles o cimientos de iglesias o casas “patrimoniales”. Pareciera ser que detrás de cada “belleza” se esconde también un crimen.

Las obras y construcciones culturales duraderas y que valen la pena reivindicar son aquellas que son capaces de articularse, de coexistir, con las precedentes, lo que justamente no hizo la urbanización republicana decimonónica y del siglo XX. La Casa del Pueblo y el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional han de convivir con los diseños arquitectónicos previos, y no han destruido ningún “bello patrimonio” existente. Se están construyendo en el espacio donde había casas con paredes semiderrumbadas, techos caídos que, como el “patrimonio” que se encuentra al lado de la Asamblea, se asemejaban a casa bombardeada a punto de caerse sobre los transeúntes. Y como dato, el nuevo edificio de la Asamblea se está construyendo con el mismo presupuesto que anteriormente se usaba para pagar salarios y comisiones de vicepresidentes y exparlamentarios que hoy se horrorizan por el gasto en esas construcciones.

Y es que, al final, no solo el Estado o la economía son escenarios de lucha social por la imposición del orden legítimo; también lo es la cultura, y en ella, la propia geografía estética de las ciudades. ¿Será que quienes tienen como soporte filosófico el manual de Carreño lo podrán comprender?

 

 

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